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viernes, 10 de abril de 2020

Fashion #todoirabien #loscuentosdeflora



¡Bienvenidos de nuevo!

"Los días van pasando, van pasando los meses, las flores  y los pájaros han vuelto,y tu no vuelves…"   (Gerardo Diego.)

Eso mismo pensamos refiriéndonos a la vida cotidiana que dejamos atrás.  Seguimos confinados. Pero no queda otra que prorrogar la paciencia y sacar la creatividad de los rincones de nuestro cerebro, donde está adormecida por la apatía.  Nada mejor que movernos, hacer algún tipo de ejercicio en casa. Quizás lo mejor sea  bailar, ya que el espacio en el hogar suele ser reducido y la música tiene unos efectos beneficiosos y hay mil estilos de baile en los que solo necesitamos una o dos baldosas... El secreto está en escoger músicas adecuadas para cada momento, a un volumen idóneo.
¿A qué esperáis?

El  fragmento del relato que hoy comparto con vosotros también lo amenizo con la música con que se anuncia el mismo en mi audiolibro de EntreTRENimientos.  Una historia que retrata los giros con que nos sorprende la vida, cuando menos lo esperamos...


Puedes escuchar la música, mientras lees.  O no. Tu eliges. (Imagen de Pixabay



                                   Firefly.  Quincas Moreira / Youtube music  free library



FASHION  (Fragmento)

Toc Toc
—Niñaaas… ¿Todavía estáis en el baño? ¡Por Dios, la de horas que lleváis ahí metidas!
En el cuarto de baño, Menchu y Daniela acababan de hacerse un depilado brasileño. También se habían maquillado y colocado unas pestañas postizas. La una a la otra se habían encrespado convenientemente el cabello, que ahora cubrían con esmero con unos mechones planchados, recogiéndolos en un moño de última generación, del que colgaban cuatro greñas californianas. El fino pincel delineador, que manejaba Menchu con destreza, ya había pintado de negro los bordes de los párpados de su amiga, que, acabados con forma de punta fina, pugnaban con las perfiladas y enarcadas cejas por alcanzar las sienes. Menchu sacaba la lengua de refilón hacia la comisura de los labios, con la boca entreabierta, y Daniela —más neófita en estos menesteres— procuraba no mover los ojos, cuyas pestañas temblonas más parecían unos abanicos que otra cosa.
—Estate quieta, ¡coño! —dijo Menchu con evidente fastidio.
—Jolín. Si no me muevo. Es que te chocas con las pestañas.
—¡Exagerada!
—¿Falta mucho?dijo impaciente Daniela, ya que era su primera salida a la discoteca de moda y su primera noche fuera de casa. ¡Toda la noche! Pues hoy había cumplido los dieciocho años.
—Ya está. Te faltan los labios.
—Deja, que ya me los pinto yo. ¿Me has traído los tejanos de Choni?
—Sííí, están encima de la cama… ¡pesada!
—Los de la talla treinta y dos… esos con agujeros deshilachados.
—¡Que sí!
—¡Ah!, mira, pues me queda bien el rojo pasión con brillo —dijo Daniela, mirándose al espejo.
Seguidamente, refregó los labios uno contra el otro, y con un lápiz resiguió el contorno; luego abrió la boca y, estirando los labios, enarcó las cejas, con esa pose tan característica de las que se maquillan.
—Ahh.
Menchu, sentada en la tapa del váter, se puso las espumillas entre los dedos de los pies para dar una segunda capa de esmalte turquesa a sus uñas, y le dijo:
—Ve poniéndote los tejanos, que Fonsi me llamará de un momento a otro.
—¿Estoy bien? ¿Crees que le gustará? Me he puesto los guanderbrá. ¿Se nota? —dijo con cierta preocupación por si no daba la talla.
—Pues claro, nena. Ahora se te ven un poco más… ¿cómo diría?.... ¡busconas!, eso es, ja, ja. Anda, quítate la toallita de las axilas y déjate caer el top por el hombro derecho, así, como torcido. Es lo que se lleva. A ver… ¡vale!, así. ¡Estás muy guay! ¡Qué fashion, nena! —dijo su amiga entusiasmada.
—¡Menos mal que  has venido pronto! Estoy supermeganerviosa. ¡Gracias, chumina! Muaaks —le dijo, poniendo morritos, mientras se pulverizaba por todo el cuerpo con el último perfume del Kavim Kain para woman.
—¡Mamaaá! Ayúdanos, que no me entran los tejanos.
—Ya te dije que necesitabas la treinta y cuatro —dijo su madre, añadiendo—: pero ¡qué tozuda eres!
—¡Qué va! Anda, estira tú por este lado… ¡Aaaarrg!
—Que no te entra, Daniela…
—¡Menchuuuu, ven!, que solas no podemos.
—¡Voy p’allá! —dijo su amiga, contoneándose como un pato, pues andaba con los talones para no estropearse el esmalte de las uñas de los pies. Y, de paso, cogió un gel lubricante que llevaba en su bolsa.
—¿Qué haces?
—Anda, trae. Bájate el pantalón y déjame a mí.
Dicho esto, Menchu le pringó los muslos, las caderas, las nalgas y la barriga con el lubricante, que era de sabor fresa. Seguidamente, le dijo:
—No respires y esconde la barriga.
Entre la madre de Daniela y Menchu consiguieron subirle los pantalones pitillo.
—¿Ves? Ji, ji, ji. Ahora todavía se te ve más el pecho —dijo Menchu, riendo satisfecha, pero sin cerrar los ojos, ya que tuvo que hacer una grotesca mueca para que no se le corriera el rímel, pues se había puesto tanto que todavía no se había secado.
—Uff —casi que no puedo respirar —dijo Daniela con una voz entrecortada.
—Tranquila, dentro de un rato se te ensancharán.
—Lo que hay que ver, hija. ¡Si tu abuela levantara la cabeza! —dijo su madre, moviendo la cabeza con desaprobación—. Anda daos prisa, que mejor que tu padre no te vea así —dijo entre dientes la madre, meneando la cabeza con cierta inquietud, mientras rezaba porque su marido llegara tarde. La que se iba a liar… ¡Sería gorda!
Menchu se calzó unos zapatos rojos de plataforma altísimos. Haciendo equilibrios, se miró al espejo del recibidor, donde la esperaba su amiga, que llevaba los mismos zapatos, pero en azul eléctrico, y que también estaba ya arreglada. Entonces, Daniela se colgó unos pendientes de aro con cadenitas colgantes en color fucsia, cogió su bolso de Lakahgolin Eguéga y una cazadora punk de cuero negro con chapitas plateadas y azul eléctrico, de formas desiguales.
—¡Mamaaá! ¿Me das suelto?—pidió Daniela a su madre—. Anda, que tenemos prisa —añadió muy nerviosa—. Volveremos tarde. Quita la llave de la puerta, no vaya a pasar como la otra noche —dijo, recordándole los vericuetos que pasaron para que no se despertara su padre.
—Descuida, hija. ¿Adónde vais al final?
—Nos han invitado Quiko y Fonsi a una fiesta. Dicen que es en el polígono El Mogollón, creo que en el pub Esquizo’s tripper. En las afueras de Peñazo.
—Pasadlo bien y vigilad, ¿eh? ¡Que hay mucho peligro por ahí! Porque vais tú y tu novio, Menchu, que se le ve muy formal, que si no…—dijo la madre sin que le llegara la ropa al cuerpo—. Y no vengáis demasiado tarde, que el lunes tenéis examen de diseño. Mañana tendríais que estudiar.
—Descuide, Dulce, se la traeremos entera. El domingo clavamos codos. Un sobresaliente vamos a sacar —dijo riendo Menchu—. Adiós.
—Andad con cuidado, que hay mucho malaje suelto. Y no corráis con el coche.
—Adiós, mamá. Que ya me lo has dichooo tropezientas veces.
—Y vigila tu vaso niña, que la droga… —advirtió la madre, intentando enumerar todos los peligros habidos y por haber…
—Que sí, mamaaaá —dijo Daniela con una cantinela—. ¡No me rayes! —expresó con su habitual tono de estar harta mientras cerraba la puerta con ganas.
—Menchu… ¿Has cogido los Putex?
—Claro. ¿Y tú?
—Llevo uno.
—¿Sólo uno? Pues te podías haber quitado las uñas de porcelana, que resultaría más seguro. Ya te digo. Cuando no tienes experiencia, has de extremar las precauciones. Anda, coge este otro y ándate con cuidado con esas cosas. Siempre hay que llevar al menos uno de repuesto.
—Ya. Ya tendré cuidado.
—Bueno, entonces te recogemos Quico y yo a la salida del Stripper, ¿o qué?
—Mejor dame un toque con el wtsp cuando volváis de todas maneras, por si no hay cobertura o me quedo sin batería; quedamos sobre las seis en la puerta de mi casa —dijo Daniela.
—Mira, ahí tienes a tu Fonsi. ¿Ahora tiene un Mini vintage?
—Se ve que sí. No sabía. Chao, Menchu. Pasadlo bien.
—Nos vemos, Daniela. Muak —dijo, poniendo morritos.
—Hola, nena, ¿subes?
—¿Es nuevo, Fonsi?
—¿No lo ves que sí? Agárrate, ¡que vas a ver lo bien que tira! Quiero ponerle un alerón y unos asientos de piel roja, y un equipo de música conectado a unos neones.
—¡Mooola! ¡Qué Guay!
—Pero tunearlo me costará una pasta. Y tengo que acabar de pagarlo todavía. O sea que a pocas fiestas voy a ir.
—¡Qué chulo quedará! ¡Ostia, parece que esté sentada en el suelo! Pero, ¡no corras tanto, Fonsi!

Unos cuantos kilómetros después, en el arcén de la carretera, el Mini se había empotrado contra la mediana, y, aunque sus ocupantes salieron ilesos, el coche ardía en medio de una columna de humo imponente. Fonsi despotricaba, dándole puntapiés a un árbol cercano y gritando:
—¡Maldita sea! ¡Mierda, mierda y mierda!
En eso llegaron los bomberos, que echaron un buen chorro de espuma sobre aquel pequeño montón de chatarra, y le dijeron:
—Ahora viene la policía a hacer el atestado. La grúa no tardará. Dad gracias que habéis salido a tiempo del coche, chavales.
—Pues sí—dijo Fonsi, sin acabar de creer lo que le acababa de pasar, contemplando el coche carbonizado.
Daniela daba vueltas sin parar, sollozando asustada, diciendo en voz alta:
—Pues a mí, mi padre me mata. A ver cómo le explico yo que íbamos a Peñazo a estas horas. Si no me deja ni salir del barrio. ¿Cuánto has dicho que tardaremos en irnos? Tengo que estar a las seis en la puerta de mi casa.
—¿Solo te preocupa eso? ¡Pues vete con viento fresco! Yo tengo para un rato. Maldita sea, si no te hubieras empeñado en venir a Peñazo, a lo mejor… ¡Me he quedado sin coche! —repetía el chaval desconsolado—. ¡Y me quedan dos años para acabar de pagarlo! ¡Mierda, mierda y mierda!
—No, si encima tendré yo la culpa de que conduzcas como un loco… ¡Idiota! Nos podíamos haber matado.
Los dos jóvenes se enzarzaron en una discusión hasta que se interpuso uno de los bomberos, justo cuando Daniela tiraba el bolso contra el suelo; luego pisó en un agujero del arcén, y el tacón de uno de sus zapatos se quedó clavado allí y se rompió.
—¡Chicos, chicos! Eh, lo importante es que estáis bien.
Nino… ninoo… ninooo…
Iuuu, iuuuu, iuuuuu
Un soberbio alboroto de sirenas anunció la llegada de una ambulancia y del coche de la policía. Comprobaron que los jóvenes no tenían daño ninguno; la prueba del alcohol y de drogas dio negativo. Más que nada, porque a Fonsi no le había dado tiempo a fumarse un canutillo todavía. Y la ambulancia regresó de vacío, afortunadamente. Al instante llegó la grúa. Daniela estaba muy nerviosa, y Fonsi y ella no paraban de discutir. Él, hablando del coche y ella de la bronca de su padre. Como estaban enconados, Daniela decidió abrirse de aquel marrón y se puso a hacer auto-stop. Al poco, paró un coche de alta gama, a una distancia prudencial del siniestro, cuyo conductor —un elegante joven vestido con ropas caras y con ademanes muy educados—, preguntó a Daniela:
—Hola, buenas noches, ¿puedo ayudaros en algo?
—Pues sí, querría irme de aquí lo antes posible— dijo sollozando Daniela, con un aspecto deplorable, pues andaba coja a causa del tacón roto, despeinada y con la cara tiznada a causa del rímel que se había corrido con las lágrimas.
Se acercó de inmediato uno de los policías y le dijo a la muchacha:
—Ya te acercamos nosotros a tu casa, no te preocupes.
—¿Qué no me preocupe? ¿Sabe usted lo que pasará si me lleva la policía a casa? ¡Ni se lo imagina! ¡Usted no conoce a mi padre! Y a mi madre la mato del susto… No, señor.
—Voy hacia el aeropuerto, si vive cerca de mi trayecto puedo acercarla yo.
—Sería mejor que no te fueras —argumentó el policía.
—Ya he cumplido los dieciocho, o sea que soy mayor de edad, ¿no? —dijo, mostrándole el carnet de identidad al agente. Pues prefiero irme con él —dijo señalando a Alan, que esperaba pacientemente en su coche, mientras observaba a Fonsi, que estaba pendiente de lo que quedaba de su coche, atendía mil y una llamadas de teléfono… ( …)



                                                                                 *****


¿Que nos deparará la vida?   ¿¡Quien lo sabe!?

¡Por el momento, a bailar! Os dejo con una canción  muy pegajosa de Alaska y los Dinarama, para que os ayude a marcar el paso.




¡Hasta la próxima entrada!

miércoles, 5 de abril de 2017

¡CARPE DIEM !


¡Bienvenidos!

Fue el año 1986 cuando muchos de nosotros pudimos contemplar el cometa Halley en  su efímero viaje por el firmamento. 

El concepto de efímero determina una apreciación   sobre un lapso de tiempo breve. Pero…¿como medimos el tiempo?  Al cometa no lo veremos durante ese  lapso de tiempo que tardará en volver a pasar cerca de la tierra, pero  sigue su viaje y se desplazará durante todos estos años por el universo, aunque no seamos conscientes de ello.  Se verá de nuevo según ocurre cada 76 años, en el 2.062.  Y eso implica que mi generación y yo, ya habremos dejado de navegar por este mar de vida.


Y ello me hace pensar en la muerte y en el transcurso del tiempo. Muchos jóvenes  que alardean de su  manera de vivir a tope,  han puesto de moda la frase Carpe Diem como bandera a los cuatro vientos., como un sinónimo de disfrute y desenfreno ¡Es lo que les toca! A modo de conjuro algunos de nosotros, los maduros y carrozas, solemos decirla también, incluso con mayor énfasis, porque a partir de una cierta edad medimos el hipotético  poco tiempo que nos queda y ya tenemos más presente que no hay que desperdiciarlo.  Pero esta frase también se refiere a la otra parte de la vida, a la tristeza, al duelo, al esfuerzo, al reto.  Vivir  significa aceptar lo que venga. ¡Todo! 

  ¡Carpe Diem! (Vive el momento)   

En esta entrada de hoy, me gustaría que me acompañarais en esta reflexión  sobre el significado  y el contexto en que muchas veces repetimos  ritualmente estas palabras,  que en realidad inician la frase formulada por  el conocido seguidor de la filosofía de los epicúreos, Horacio ( 68 a. a  de C) y que dice así:   [Carpe diem quam  mínimim crédula postero].  (Aprovecha el día de hoy y confía lo menos posible en el mañana)


Mi apreciación sobre ella,  además de vivir con intensidad el aquí y ahora, —esa frase que pregonan muchas terapias contemporáneas para tratar la ansiedad y la angustia,  a las que nos precipita nuestra  acelerada forma de vivir—,  es que  Carpe Diem  no implica  que nos desentendamos del mañana y de las consecuencias de nuestras acciones. Interpreto yo, que no implica impunidad ni despreocupación absoluta,  o pasar de todo, como muchas veces es interpretado, quizás erróneamente. No implica solo que debemos saciar nuestros deseos de forma inminente y compulsiva, mirando solo nuestro ombligo.  De lo que sí nos advierte es que el tiempo  que pasa, ya no vuelve. O al menos eso hemos creído hasta ahora, con permiso de Einstein.  Carpe Diem nos hace reflexionar que, sobre lo que pueda acontecer mañana,  no tenemos que preocuparnos pues no todo es predecible.  Ya se verá.


Pero Carpe diem  nos invita a  que  no nos dejemos vencer por  la procrastinación; que no  posterguemos y  no dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy, porque el mañana es incierto. Esta frase se ha repetido desde hace siglos,  pero hoy quiero hacer especial mención de ella en la escena en que  el profesor Keating, -en  "El club de los poetas muertos", (Peter Weir)-,  hace algunas propuestas a sus alienados alumnos, mientras se sube al pupitre.

La creatividad y el cambio de posicionamiento  en la forma en que observamos el mundo que nos rodea, — aunque sea subidos a una tarima— ,  provoca cambios en nosotros.

¡Que diferente se ve el mar  buceando, o a vista de pájaro desde un avión!  El mar es el mismo. 
Cambia nuestra realidad. La realidad del observador en relación a lo observado. El observarlo desde diferentes ángulos  abre nuevos enfoques  y dimensiones en la percepción y  en la mente del individuo.  Para ello los espejos son muy útiles.

¡Volvamos al pupitre del Sr. Keating! 
Cuestionarnos como postula su personaje  el porqué  son así las cosas y no de otra manera, supone  abrir  y ejercitar nuestra mente. Esto posibilita  a su vez un cambio en nuestra actitud, no siempre fácil.  Con ello se forja un  mecanismo  mental que favorece  la decisión y  que promueve conductas activas.  El Porquesí y el porqueno  quedan desterrados y esta nueva forma de ver el mundo puede resultarnos  útil para vivir  de acuerdo a nuestras propias inquietudes y decisiones, esas que nos posibilitarán descubrir nuevos horizontes hasta entonces impensables, pero que estaban allí.  

La plasticidad de la mente -y también físicamente del cerebro, como ocurre a navegantes, músicos, taxistas y arquitectos, además de los científicos-,  es  inherente al ser humano y  nos permite descubrir y modificar lo que está establecido a través de la curiosidad, del razonamiento y de  nuevas experiencias, si desbancamos los prejuicios y las ideas preconcebidas que nuestra  educación nos ha transmitido.   Los genios  lo  son porque se permitieron la licencia de preguntárselo todo a si mismos. Y estuvieron expectantes  y abiertos a  todas las respuestas. 

Esto me hace pensar en Einstein, que  siempre fue un estudiante controvertido. Se aburría en las clases.  Quizás con  sus novillos hurtó el tiempo necesario para  imaginar un mundo donde  el espacio, la aceleración y la masa estaban relacionados.   Desconozco si  Einstein alguna vez se subió a algún pupitre en sus clases, pero de lo que no hay duda es de que traspasó muchos umbrales impensables y que  transgredió numerosas normas y costumbres.  Su curiosidad y su convicción fueron su mejor brújula.  Descubrirse y confiar en si mismo y en su instinto, fue su mejor odisea: un viaje en el tiempo.


¡Que fascinante es el concepto del tiempo!  
¿Os he dicho ya que suelo perderme en él...? Por si acaso, dejaré las elucubraciones de sus dimensiones para los científicos, que bastante tarea tengo  hoy para acabar esta entrada al blog.

Pero el tiempo tal y como lo medimos en nuestra vida cotidiana, no es como creemos que es. Yo me enteré hace algunos años, de forma casual, en un cursillo: 
El tiempo en el que vivimos es aparente. Cada día no tiene veinticuatro horas siempre. Ni cada año tiene trescientos sesenta y cinco días;  por ello existen los años bisiestos.  Todo es cuestión de cálculos y de ajustes matemáticos para que el transcurso del tiempo —tan variable de un lugar a otro de nuestro planeta— , haga que los pobladores del mundo funcionemos a una, al menos por zonas geográficas y políticas. Por ello  inventaron los husos horarios. 

La medición del tiempo para los humanos de a pie, es rutinaria. No solemos prestarle atención cuando vivimos de forma sedentaria y cómoda dentro de nuestro huso horario. Sin embargo, tanto los pilotos que realizan vuelos de largas distancias, como los navegantes transoceánicos, saben de la importancia de los desfases horarios, pues incluso legalmente tiene repercusiones el cambio de fecha. Por ello la distancia y la velocidad, influyen en  el tiempo que transcurre entre el lugar de partida y el destino, que  es relevante para las personas,  para mercancías y trámites legales. Y para la salud, pues no hay que menospreciar el Jet Lag. Algo que no ocurre  a bordo de un velero…

El  gran volumen de la actividad diaria mercante y en la movilidad de viajeros intercontinentales, ha promovido que la velocidad   y la frecuencia de los transportes marítimos y aéreos hayan ido en aumento desorbitadamente. Y  esto está íntimamente ligado con la rentabilidad. La velocidad y la masificación serán la droga del siglo XXII, que ya  hemos comenzado a padecer. Todo está inventado y optimizado para una mayor rentabilidad y  en una mayor comodidad para favorecer  el consumo de los  miles de millones de habitantes del planeta,  de manera que  repercuta en los pocos sistemas financieros y políticos que gobiernan  todo el mundo:  "Just in time"  

¡Todo a su tiempo! El caso es que no hace tantos años que se inventó el reloj de pulsera, ese artilugio  que contribuía cual carcelero a controlarnos la vida  al minuto. No hace tantos años, repito,  en que cada día teníamos que dar cuerda al reloj, ya fuera el de pulsera y también el de pared, que  antaño solía presidir el salón o el comedor de casa. Desahuciados están ya los campanarios, que marcaban los cuartos y las medias horas, amen de las campanadas horarias de rigor en  todos los pueblos y ciudades. No hace tantos siglos que los navegantes volteaban el reloj de arena  para  contar el tiempo…

Hoy día todo ha cambiado y es muy diferente. Y quiero puntualizar que las palabras cambio y diferente no son sinónimo de negativo por si mismas. Aunque en este caso si les confiero ese matíz, pues  la realidad es que vamos siempre corriendo y muy  acelerados.  No hay tiempo para pensar.
Todo corre prisa. la frase del siglo: Era para ayer….  ¡Demasiada celeridad! 

Incluso coloquialmente nos estamos acostumbrando a hablar en años luz,  cuando nos referimos a las  frecuentes incursiones espaciales de cohetes, naves y satélites, que cotidianamente vemos a través del televisor.  Muy pronto, el hombre (como entidad), colonizará  el espacio científica y turísticamente y  a lo grande —a costa de lo que sea— ,  como hizo con otras tierras allende los mares hace algunos siglos. Con la carrera del té, con las metas que se pone a si mismo. Lo importante es llegar  primero. Y me temo que lo hará de igual manera:   ¡A contrarreloj! 

Esto da que pensar. La pregunta es: ¿Quedará  obsoleta la frase Carpe Diem en un futuro, si el tiempo compatible con nuestra vida, fuera variable?   ¡Menudo dilema!

Me gusta imaginar a Horacio sentado y charlando sosegado con sus alumnos.  Pero no me lo imagino  saliendo de la terminal del aeropuerto cada día, mientras come un perrito caliente y un caffelate…, para acudir de su casa a la la Universidad en avión,  porque está a 300 millas de distancia, la verdad. 

¿Carpe Diem es compatible con tal aceleración  y con tanta  hipermovilidad y frenesí?  

Ahí dejo la pregunta...

A veces pienso que la velocidad  en que transcurren las acciones del hombre y sus consecuencias,  es  de gran relevancia  para la vida de los habitantes de este planeta,  en que el espacio intuimos que es finito, aunque  el tiempo sea relativo. Quizás también para la futura vida interplanetaria. No se que pensaría Einstein sobre todo esto… 

Hoy en el espacio ya es mañana, ¡o vete tu a saber que año!….  pero podría también ser ayer, según la teoría de los mundos paralelos u otras teorías que hay sobre la mesa. ¿¡Quién sabe si a través de los agujeros de gusano, el  concepto del tiempo cobrará una nueva dimensión!?  ¿Donde está el límite pues, si lo hay?  

Lástima que  también a Einstein  le faltó tiempo, pues seguro que tendría alguna respuesta más que ofrecernos… [¡En que era tan fascinante vivimos!] Esta frase me sumerge de lleno en una película sin parangón:  

"Master & Commander: Al otro lado del mundo".  


En ella se evidencia de la importancia de la medición del tiempo, para los cálculos de navegación. Y para la vida a bordo. Cada cosa y cada acción a bordo de aquellos navíos tenía un tiempo prefijado. Quien tenía la certeza (relativa) de que era mediodía, eran los navegantes, en este caso de la Surprise, con los cálculos que hacían  de la altura del sol, -medición que  hacían con el sextante, el octante o la ballestilla-, no recuerdo bien. También los alumnos del buque escuela  Albatros, de la película Tormenta blanca,  aprendieron que el transcurso del tiempo es relevante en todas sus dimensiones.



Disfruté  de estas  magníficas películas y  también escribiendo la entrada  de  hoy  -que más ha sido un ensayo que otra cosa-, por  el que considero que  hoy  no he perdido el tiempo. 




¡Disfrutadlo!