El título de hoy obedece a un flash de emociones ante el triste suceso de ayer, con el incendio de Nôtre Dame, en París. Siglos de historia devorados por las llamas. La gárgola, pétrea y pensativa contempla la ciudad en su duelo. Parece que su expresión nos dijera: ¡Otra vez! ¡Cuantos sucesos, historias y leyendas habrá contemplado o escuchado desde su pedestal!
Victor Hugo se enamoró de ella, de la catedral, de su historia. Y Quasimodo también. Nos quedan sus libros, sus manuscritos, los planos, los documentos digitales, las fotos, los vídeos, la música y incluso un musical, que transmite una de tantas historias de amor que ha inspirado esta emblemática y bella catedral. Seguramente disponen de un valioso arsenal de datos que posibilitarán su reconstrucción. Un recurso con que paliar la pérdida.
Afortunadamente la piedra, mas resistente, aguantó el embate. No obstante algunos lienzos, retablos y libros habrán sucumbido al fuego, al igual que vigas, ornamentos y la sillería de madera noble tallada. Los libros, enciclopedias y manuscritos diseminados por el mundo, junto al soporte digital posibilitarán su recuerdo de manera mas entrañable y personalizada.
Hace años contemplé sobrecogida otros incendios—esta vez en de la mano de la ficción—, que constituían parte de la trama de dos buenas películas: Hypatia y El Nombre de la Rosa, donde se quemaban libros y manuscritos, tesoros del pasado. Y aún así, aquellas imágenes me sobrecogieron.
Sería bueno que, ahora que disponemos de muchos medios, cualquier bien cultural e histórico, y todo lo que signifique Historia con mayúsculas, se dote de sofisticados y eficientes sistemas anti-incendios, mejores si cabe, que los que disponen los grandes bancos y edificios gubernamentales. No quiero imaginarme el trance emotivo por el cual han pasado los bomberos de París, mas allá de las dimensiones del descomunal incendio y de que uno de sus compañeros lamentablemente resultara herido. Afortunadamente las puertas se habían cerrado ya y el destino, buena suerte, o como queráis llamarlo, evitó lo que pudo haber sido una tragedia humana con numerosas víctimas.
Mas allá de esta reflexión las cosas, los objetos, se pueden rehacer y edificar de nuevo, aunque se perderán el glamour y los matices: la esencia y el arte intrínseco de sus constructores y autores. Posiblemente los que la reconstruyan querrán dejar su propia huella,porque cada ser humano es irrepetible ya sea en la escultura, en la pintura, o en la arquitectura. Y también lo son los que se ahogan en el mar… Ojalá que Europa se una para todo. Ojalá se impregne del espíritu de Quasimodo.
No hay mas que añadir en un día en que la consternación por lo ocurrido reina en la vieja Europa y mas allá. El duelo por esta pérdida histórica cultural y artística, es y será especialmente duro para los franceses, mas allá de su opción religiosa. Es una pérdida para todos.
La historia es un tanto cruel, y nos envuelve en un halo misterioso en el cual tenemos la percepción que tenemos tiempo para todo y que todo es para siempre. Sucesos como el de ayer, nos recuerdan que la vida es efímera. Y que la historia material se puede borrar en un plumazo. Escribir, transmitir conocimientos de boca a oreja, enseñar y reeditar oficios que se extinguen, editar los conocimientos en cualquier tipo de soporte se hace imprescindible para comunicar experiencias y cultura. Canteros, ebanistas… Transmitir a las nuevas generaciones lo aprendido ancestralmente, es esencial para el arte y la cultura.
A modo de homenaje, acabo esta entrada con un fragmento del musical
"Nôtre Dame de Paris: Le temps des Cathédrales".
Esperemos que Quasimodo haya hallado un buen refugio.
Esta noche celebraremos la castañada tradicional en nuestro país, acompañada con boniatos, panellets y dulces en forma de hueso, elaborados con almendra molida, patata y piñones, un manjar que quizás regaremos los adultos con un vino dulce, seguramente un moscatel. Los niños esperan este día ansiosos, ya sea en La Cocina de casa o en el colegio, para pringarse los dedos con la masa con que les enseñamos a preparar los dulces, a los que darán forma con sus manitas, recubriéndolos con piñones. Luego mirarán expectantes nuestras caras en busca de la expresión: hmmm, ¡que bueno!
La globalización y el marketing, han introducido la palabra Halloween en nuestro país como sustituta de la denominación de nuestra fiesta, de La Castañada , los panellets y los dulces regionales por la bolsa de caramelos y el truco-trato foráneo; una actividad que a los niños les encanta, porque además se disfrazan. Es lo que ha de ser, que se lo pasen bien. Además. Y lo digo porque no me gustan las sustituciones o suplantaciones culturales, que sí los complementos y la diversidad
Me gusta ver a la castañera en la calle, llenando un cucurucho hecho con papel de periódico un montón de castañas asadas y tiznadas, con la cáscara resquebrajada; me gusta ver que algunos niños cogen con sus manos enguatadas el cucurucho, mientras otros llevan una calabaza vaciada y esculpida con una sonrisa junto a una bolsa repleta de caramelos mientras se dirigen a casa de su amigo o de la familia. Me gusta que se disfracen de fantasmas y que paren a la gente que sonríe con indulgencia mientras los niños cantan para recibir algunas monedas o alguna compensación por el dulce trato.
Lo que no me gusta es pasear por Las Ramblas de Barcelona o la calle de cualquier barrio y no encontrar aquella emblemática parada humeante. Lo que no me gusta es encontrar los hogares familiares con perfume a lavanda sentations plus ultrapower, en vez del cálido aroma que desprenden los boniatos y dulces recién sacados del horno.
Quiero seguir oliendo el sabroso aroma que la castañera reparte hasta entrada la noche, mientras los grupos de gente esperan pacientemente haciendo cola, frotándose las manos mientras un halo de vaho escapa de sus bocas, bailando con los pies para que no se les queden helados...
Y además es día de todos Los Santos y luego de los difuntos. ¡Qué paradoja! 364 días de tabú y uno de fiesta. ¡Vaya tema el de los muertos!, esos de los cuales alejamos a los niños en los paises desarrollados, para que no entren en contacto con la muerte, cuando es inevitable por la cercanía; para que no lloren, ni nos vean llorar cuando, paradójicamente nuestros niños, en el día a día, ven cientos de muertos en la tele… y a todo color. Ven muertos reales, aunque asépticos, en las noticias, en las películas, en los cines, en los videojuegos, en el ordenador, en el móvil, en los periódicos . El caso es que ven diariamente y con "normalidad" como las personas se matan unas a otras. Y ahí no ponemos barreras. Por el contrario, en los países subdesarrollados o que sufren un conflicto bélico, 364 días viven con la muerte y acaso algún día al año, cesa el horror. ¿Qué deben pensar unos y otros niños? ¡Que abismo tan grande los separa, en experiencias vividas y también culturalmente!
Hemos elevado la muerte a la categoría de ficción. Y aunque la vemos — insisto, asépticamente y a diario— , la paradoja es que en nuestra sociedad incluso ya es costumbre tirar compulsiva mente a la basura la mascota del niño: aquel pequeño hámster o pajarito que se ha muerto, diciéndoles que se ha escapado. Para que no sufran. Para que no la conozcan. Con ello les privamos que aprendan a gestionar el duelo y la pérdida. Un duelo del que deberían descansar los niños de los países en guerra.
Y por otra parte, una vez al año, nosotros —para no recordarla demasiado a menudo—, pretendemos mofarnos de ella. Todo son disfraces y caracterizaciones macabras, cuchillos clavados en la espalda, Frankesteins diversos, muertos vivientes, fantasmas, brujas, sangre, maquillajes, tumbas y horror. ¡Como si no hubiera horror suficiente en el mundo! La verdad que a veces me resulta un tanto obsceno.
En fin, que tampoco pretendía fastidiaros la fiesta con mis elucubraciones. Dejaremos la guadaña tras la puerta y rezaremos para que su dueña tarde mucho en visitarnos. Y que cada cual lo celebre como quiera. Yo por el momento me voy a preparar los dulces y las castañas para esta noche, que nos juntaremos un montón de gente. ¡Ah! y ya tengo una calabaza con una vela dentro, para que presida la mesa.
Pero antes quiero compartir un fragmento de uno de mis relatos, a propósito de la temática de hoy:
Piel de oveja, diente de lobo
(…)
Debían de ser cerca de las doce de la
noche. Una noche fría en la que por el callejón, se olía el aroma de boniatos y
castañas asadas. Días grises de soledad. Días de muertos. Ricardo, desde una
posición apartada quizás para no inmiscuirse en aquel embrollo, instó a su amigo:
—¡Déjala Nacho! Estás muy nervioso y sabes
que pierdes los papeles. Hay muchas como ella. ¡Olvídate!
—¡No! ¡Se va a enterar esa puta! Se va a
enterar de quien manda aquí. Por mis cojones que…
En ese instante, se encendió la tenue luz de
la portería. La ventana que había al fondo reflejaba la puerta del ascensor y una
muchacha rubia, que calzaba unas zapatillas azules, salió de él, atolondrada. Se
oyeron los tres cuartos del campanario de la iglesia de la plaza de San Blas,
que estaba al final del oscuro callejón. La muchacha miró fijamente a Nacho
tras los cristales de la puerta de hierro forjada, y contuvo el aliento ante la
feroz expresión del que ella había pretendido que fuera, antaño, también algo
más —además de su cliente habitual—. Aún así, abrió la puerta dispuesta a
enfrentarse a él. Y con una voz resuelta, le dijo:
—Nacho, ¿Tú crees son horas de venir? Uf,
¡apestas! Al menos podías haberte duchado al salir del trabajo.
—Óyeme bien, puta. He sido el hazmerreir
en el trabajo. ¿Cómo te has atrevido a colgar los vídeos de nuestras fantasías
de rol en YouTube?... ¿Sabes la vergüenza que he pasado? ¡Esto no te lo
perdono!
—¿Qué yo? Si acaso los habrás colgado tú,
cabronazo, si tan siquiera sé… Y no es para tanto; tampoco se veía nada
escandaloso —dijo ella levantando la voz—, para demostrarle que no se amilanaba.
—A mi no me levantes la voz, zorra —dijo
con un ademán malintencionado.
— ¡Oye! ¿Me estás amenazando con ese
garfio? Que no me das miedo ¿te enteras? ¡Asqueroso machista!
—Déjame tranquila, que no quiero verte más
—añadió Vera a voz en grito. Y tú, no te escondas, que te he visto!...
Ricardo salió entonces de un recoveco de
la fachada, cobijado por las sombras del callejón, diciendo:
—Lo siento Vera, pero no he podido
convencerlo —dijo mirándola con lascivia.
—No disimules —que mucho empeño seguro que
no le has puesto. ¡Cobarde! Que ya nos conocemos.
—¿Qué no quieres verme más? ¡A mí no me
deja nadie! ¿Entendido? —gritó Nacho.
y cogiéndola por los hombros la zarandeó
como un trapo, obligándola a respirar su pestilente aliento mientras le
sujetaba la cara.
—¡Suelta! —gritó Vera zafándose de él
bruscamente. Pues que te enteres que me voy a un concurso y me disfrazaré de
Cenicienta para la pole dance en el
festival de strippers de Macabrus. Eso sí que es un juego de rol elegante.
—No quiero que vayas a esa fiesta. Sólo
vas a estar conmigo, cómo y cuando yo quiera —dijo Nacho tajantemente. ¡Ven
aquí!
—Ya. ¡Porque tú lo digas! Pues no vas por
buen camino. ¡Quita imbécil! ¡Que te zurzan!
Y déjame pasar, que me espera mi
acompañante.
—¿Tu qué?
—¿Acaso no me has oído?¡Claro que no! Tú a lo tuyo, a piñón fijo. Pues sí. Nos vamos con la asociación de gays y
lesbianas de Madrid. Nos han preparado una carroza preciosa tirada por tres
caballos, para recogernos a todas las que concursamos.
—Esto no se va a quedar así —masculló
Nacho en un arrebato de ira, golpeando con el garfio el cristal de la puerta,
que estalló en pedazos; y añadió: dile a tu acompañante que si es un hombre,
que baje aquí ahora mismo. ¡O subo yo!
¡Ja, ja!…, —Pues no va a bajar si es por
eso. ¡Uiií! Mira por donde, ¡aquí viene! —dijo Vera con un talante desafiante.
Nacho hizo una mueca de fastidio, que en
un instante se tornó en perplejidad. Por las escaleras bajaba "La Elo",
la íntima amiga de Vera, con un impecable y escaso atuendo de Príncipe. Cuando
llegó hasta el umbral de la puerta, Elo miró a Nacho con descaro y abrazando a
Vera delante de él, la besó en la boca. Diez segundos. Veinte segundos y sus
labios seguían deslizándose, húmedos, delante de sus narices; torturándolo con
aquel placer ajeno que él no podría, ni disfrutar, ni poseer.
—Te espero arriba.Date prisa que llegamos
tarde —dijo Elo. Despáchalo pronto, que solo te ha dado malvivir —insistió,
mirándolo de arriba a abajo despectivamente.
Nacho crispó los puños y se hizo un
silencio sepulcral.
Proveniente del final del callejón, se escuchó el resonar
de los cascos de unos caballos que se acercaban al trote, seguidos por unas
sombras fantasmagóricas que recorrían las paredes, deslizándose también por la
calzada adoquinada de aquel viejo barrio.
Delante del portal se detuvo una carroza tirada
por tres briosos corceles provocando tal sorpresa en los presentes, que nadie
dijo ni mu. El que hacía las veces de lacayo, era un fornido y apuesto joven
que llevaba un extravagante atuendo de cuero negro; iba maquillado, con las
cejas muy perfiladas. Se bajó y abrió la portezuela de la carroza, y dijo
presentándose, con una voz potente:
—Hola, soy Fred.
—Hola guapo, respondió Vera.
Nacho se quedó estupefacto. Ricardo
contempló la escena pasivamente, con una mirada un tanto extraña. Vera
aprovechó aquel intervalo y le dijo al anfitrión del carruaje:
—¿Así que tú eres Fred? Yo soy Vera. Traes
una carroza muy bonita y me encantan esos caballos. Son preciosos.
—Sí. Este año se han lucido con el atrezo.
He venido un poco antes de lo convenido para ir con más tranquilidad. ¿Ya
estáis listas?
—Espera unos minutos Fred, que tengo que
ir a buscar algunas cosas.
—Okey, respondió Fred. Hace una espléndida
noche — dijo entusiasmado, sin percatarse del mal rollo reinante.
—¡Tú no vas a ir a esa fiesta!¿Me oyes?
—gritó Nacho gesticulando, mientras Ricardo le cogía del brazo sujetándolo,
—como hacen los que promueven las peleas caninas con los canes—.
Haciendo caso omiso de aquel bravucón, Vera
subió rápidamente al piso, cruzándose con Elo, que ya bajaba por la escalera.
—Este maldito reloj se ha estropeado
de nuevo. ¡Qué oportuno! —murmuró de mal talante.
Elo iba al encuentro de Fred, cuando
susurró maliciosamente a Nacho —que estaba
en medio de la acera, unas palabras cerca de la oreja—. El rostro de Nacho se encendió
iracundo y con una mueca de indignación, propinó a Elo un soberbio
puñetazo en la boca del estómago, que quedó doblada y gimiendo con los brazos pegados al cuerpo.
Ricardo mantuvo las distancias y sin
inmiscuirse, gritó:
—Nacho ¡que te pierdes! Déjala. Vamos a
buscarnos dos chorbas por ahí, que hoy es día de botellón y seguro que van
salidas.
Pero fue inútil. Nacho comenzó a golpear a
Elo de nuevo—y ésta, sacando fuerzas de donde no tenía—, profirió toda suerte
de insultos, dándole una patada en la entrepierna que le dejó arrodillado en el
suelo, sin aliento.
A todo esto, Vera bajaba las escaleras con precaución,
haciendo alarde de unos zapatos como de cristal. Apareció bellísima, con su
rubia melena recogida en un moño y coronada por una magnífica tiara; lucía una
transparente gasa blanca, —que como velos—, apenas cubrían un ceñido y escueto body
de piel, de color azul.
—¡Noooo!, —gritó angustiada, al contemplar
con los ojos desencajados, el desaguisado que se había montado en su breve
ausencia. ¡Por Dios! ¡Bruto! ¡Hijo de puta!
Y dicho esto, se agachó a atender a Elo.
Nacho se levantó con la mirada enloquecida y arremetió contra Vera,
revolcándola por el suelo, con tal mala fortuna, que el body se desgarró con
los cristales rotos que estaban diseminados por la calle. Vera montó en cólera
y comenzó a pegarle. Él la sujetó violentamente.
—¡Déjame! ¡Que te he dicho que me dejes!
—¡Puta lesbiana! Menos mal que no me dejé
engatusar. ¡Desgraciada! Te voy a escarmentar.
Ambos rodaron por el suelo, tiznándose con
la mugre de la calle, mientras se insultaban frenéticamente. Vera cogió
entonces un pedazo de cristal grande que había sobre la acera, y asestó un
golpe a ciegas, yendo a dar en el hombro de Nacho, que comenzó a sangrar a
borbotones. Se oyó un alarido de dolor, seguido de varios insultos. Y la soltó.
Los caballos relincharon nerviosos ante
los gritos y el ajetreo; y comenzaron a jalar con fuerza de las riendas —a
pesar de que el lacayo les mantenía el bocado firme, a fin de que no se
desmandaran—.
Elo, ajena al cariz sangriento que había
tomado la pelea —pues la penumbra dificultaba lo que ocurría—, sabía no
obstante, lo que sugerían aquellos gritos y forcejeos, pues era una conducta recurrente
entre los dos desde que los conocía, y les gritó:
—¡Parad ya! ¡Vámonos! —dijo con una mano
en la boca del estómago y con la otra agarrando a Vera del brazo.
Las doce campanadas de la iglesia sonaban
a sentencia. A muertos. Vera, despeinada, y con el body roto y manchado de
sangre, intentó huir, pero Nacho se lo impidió, estirándole del moño con el
garfio y tirándola al suelo.
— Ayyy… Brutooo. ¡Suéltame!
Elo, en el afán de socorrer a su amiga, lo
agarró por detrás y le trabó las piernas para que cayera.
— ¡¡Déjalaaa, cabrón!!
Fred, asustado y desconcertado, prefirió
no inmiscuirse y se refugió en el interior de la carroza. Simultáneamente, un
caballo se soltó del tiro. Elo y Vera se zafaron del agresor y se subieron a
la grupa de aquel caballo blanco con agilidad, espoleándolo con los tacones. La
carroza se tambaleó al ser levantada del suelo por los otros dos caballos —que relincharon alzando las patas, pero sin soltarse del tiro—. Nacho y
Ricardo lograron coger las riendas al vuelo y consiguieron dominarlos. Enfilaron
la carroza por el callejón, restallando el látigo sobre la grupa de los caballos. Y fueron tras ellas… (…)
Como recomendación literaria para hoy, os recomiendo un clásico:
<El sabueso de los Baskerville, de Sir Arthur Conan Doyle.>
Amenizo esta macabra entrada con un videoclip imprescindible.
¡Que paséis una feliz castañada! ¡Feliz Halloween!
Faltan pocos días para el 23 de abril yen estas latitudes celebraremos la festividad de Sant Jordi — el día de la rosa—. También se conmemora la muerte de Shakespeare y paradójicamente la del Dragón, pues la de Cervantes se adelantó por unas horas y data del 22 de abril. Afortunadamente sus obras y también la leyenda han permanecido a través de los siglos, por lo que que en esta semana con tantas ofertas literarias navegaremos por un océano palabras y emociones.
Mas allá de aquellos genios de la literatura, la vida del resto de los mortales sigue fluyendo y los Jordis, Jorges y Jordinas celebran su onomástica. Hay paradas de libros por todas las calles, especialmente en la zona centro de las ciudades y de los pueblos. Las librerías rebosan actividad: están repletas de gentes que abren y hojean las páginas y el reverso de los ejemplares expuestos.
He de explicar para los que visitáis este blog desde el ámbito internacional, que este es un día festivo en Cataluña (España), especialmente dedicado a los libros y a la cultura, en el que tenemos por costumbre intercambiarnos un regalo: un libro que regalamos las mujeres y los hombres nos obsequian con una rosa acompañada por una espiga de trigo. Esto obedece a una leyenda.
[La leyenda de Sant Jordi, cuenta que un dragón asedió el castillo del rey y también el poblado albergado dentro de sus murallas, exigiendo dos corderos diarios, so pena de comerse a todos sus habitantes de un atracón. Transcurrieron algunos días, y se acabaron los animales. Entonces decidieron que había que ofrecerle dos personas cada día, elegidas a suertes, para satisfacer la exigencia del dragón y salvar así al resto, en espera de que ocurriera algún milagro que les librara de tal pesadilla. Y un día, le tocó a la princesa. El rey muy angustiado, quiso hacer prevalecer sus privilegios, pero la gente se rebeló y la princesa fue librada al monstruo, como cualquiera de ellos.
Pero apareció San Jorge: un caballero armado que defendió a la princesa y luchó con el dragón, clavándole su espada en el corazón. Donde cayó la sangre, brotó un rosal de rosas rojas. Por ello desde ese día la rosa, la princesa, San Jorge y el dragón, quedaron entrelazados en un mar de historias…]
Sant Jordi es una festividad muy especial. ¡Un día mágico!
Los autores firman sus libros a los lectores, que hojean curiosos las páginas de libros mil en Las Ramblas, en el Paseo de Gracia de Barcelona, y en las plazas de los barrios, donde se diseminan puestos y paradas donde se fomenta el comercio de libros y de rosas al aire libre, con sol o con lluvia. Hay multitud de gente yendo y viniendo por estas emblemáticas avenidas, jaspeando la calle de colorido gracias a las bonitas flores que todos llevan cogidas.
¡Se respira alegría!
Escritores y lectores comparten algunos eventos literarios; también se organizan talleres de escritura en algunos jardines de la ciudad o en dependencias de interés social y cultural.
Hoy día, tanto rosas como libros se los regalan las personas entre sí, algo muy gratificante, pues la cultura y los conocimientos se propagan en el marco de la diversidad y según el deseo de cada individuo, más allá de su género. Y no me refiero al de los libros.
También ha cambiado el formato de edición, que ahora es mas diverso. Algunas personas en vez de libros impresos en papel, regalan una tarjeta regalo para que la persona agasajada obtenga su
e-Book en las librerías virtuales de Internet. Otros regalan el propio soporte para el libro electrónico. O una versión en audio, descargado de las plataformas que tienen los audiolibros. Es otra forma de disfrutar de la literatura que además supone una ventaja cuando hay dificultades en la movilidad, las dislexias, o simplemente porque gusta hacer manualidades o quizás porque exista alguna discapacidad. Los más golosos regalan además, la rosa sobre un pastel dulce de hojaldre, simulando un libro de mil hojas. ¡Hay para todos los gustos!
Os agradezco desde aquí, a vosotros—lectores anónimos de mi blog—,vuestro interés. Quiero deciros que estoy gratamente sorprendida porque seguís este blog desde muchos puntos del planeta que nunca hubiera imaginado.
España, EEUU, Australia, Argentina, Chile, Brasil, México, Colombia, Malta, Grecia, Turquía, Bielorrusia, Italia, Países Bajos, Finlandia, Alemania, Francia, Reino Unido, Bosnia-Herzegovina, Egipto, Filipinas, Bélgica….
¡Muchas gracias a todos!
He actualizado los enlaces disponibles, por si preferís utilizarlos desde aquí para mayor comodidad. ¡Gracias!
Este año reedito esta entrada para Sant Jordi, con un relato acorde con la temática que nos ocupa, por si os apetece leer:
(Cuando me pongo a escribir, suelo disfrutar de la habitual compañía sosegada de mis perros que se acomodan junto a mi, al lado o debajo del escritorio
y allí permanecen todo el tiempo que dedico a la escritura, sumergida en mis mundos y navegando en mis sueños. Creo que a mis perros les arrulla el ritmo del tecleo de la vieja máquina de escribir, pues se pasan horas dormitando tumbados cerca de mis pies y cuando paro de teclear, mueven las orejas y suspiran. Quizás sueñan o se imaginan historias…¡Quien sabe!
RELATO
Todo ocurrió súbitamente ayer por la tarde, mientras escribía. Mis perros dieron un respingo y salieron corriendo y ladrando insistentemente hacia la puerta. Olfatearon la rendija que hay entre la puerta y el suelo — por la que se filtraban algunos hilillos desmadejados de humo negro—. Gus y Yak gemían nerviosos de pura desazón, arañando la puerta con las patas y ladrando con ansiedad. Pensé que había un incendio y me alarmé. Pero unos fuertes golpes—como de algo metálico—, resonaron tras la puerta, en el rellano de la escalera. Y deduje que, o ya habían llegado los bomberos y estaban intentando descerrajar la puerta del vecino—, o bien que ocurría algo extraño y misterioso.
Como no oía voces ni sirena alguna, me dispuse a indagar lo que ocurría—eso sí, muerta de miedo—. Asustada ante aquellos extraños golpes, cogí una espada de mano que tenía colgada en la pared—que era un recuerdo de mi padre, pues había sido herrero— y seguidamente destrabé el cerrojo y me puse en guardia, levantando la espada aunque me temblaban las piernas; armándome de valor, ordené a los perros que se apartaran mientras metía el pie en la abertura y con un gesto decidido abrí la puerta con él.
Cual fue mi sorpresa al descubrir que, tras las volutas de humo había un pequeño y tímido dragón, con unos grandes ojos llorosos. Con mirada suplicante y con expresión asustada, se protegía con sus patitas tras el escudo de su atacante, que lo empujaba contra la pared. El animalito gemía desconsolado enroscando su cola, mientras unas diminutas llamas humeantes salían de su naricilla. Frente a él, agrediéndole ensimismado, había un apuesto caballero vestido con una armadura tiznada, que lucía un conocido blasón. Blandía su espada bastarda muy obcecado, cortando el aire a diestro y siniestro y no con buenas intenciones, a la vista de lo que contemplaban mis ojos.
—¡Ven aquí, monstruo! ¡Bestia inmunda! —gritó con rabia. ¡Pelea!
—¡Basta ya! —grité con ganas.
Sorprendido ante mi súbita entrada en escena, el caballero se quedó atónito; paralizado. A modo de cómic podía describirse así: caballero chamuscado; inmóvil; con la espada levantada y boquiabierto, con los ojos salidos de sus órbitas, asomando por fuera de su yelmo. La espada en alto pesa mucho y vence con su peso el equilibrio del caballero, que da un traspiés y cae hacia atrás. Fin de la escena.
Entonces, reconocí quien era. Y reaccioné con un grito para llamar su atención:
—¡Eh..! ¡Tú! ¿Pero se puede saber que estás haciendo?
—Cumplo con mi cometido…— contestó con voz grave y con porte muy ufano— .
—Ya... ¡Ya se lo que pretendes! ¡Cada año lo mismo! ¡Bruto! ¡Desalmado! Anda—dije apoyando mi espada en el mueble de la entrada del piso. ¡Toma! ¡A ver si te atreves con esto!—grité retándolo—, mientras le lanzaba el montón de libros que tenía apilados sobre la mesilla del recibidor para devolverlos a la biblioteca.
Viéndome tan cabreada, aquel hombre vestido de hierro reaccionó instintivamente y soltó la espada para coger los libros que le había tirado a la altura de su cara, —seguramente para protegerse del peso de tanto conocimiento—.
Mientras, el pequeño dragón pasó por mi lado como una exhalación humeante y se refugió en mi casa. Los perros ladraban ansiosos ante todo lo que ocurría sin saber que hacer, cuando de pronto, el maldito escudo resbaló escaleras abajo armando un estruendo colosal, dando tumbos de peldaño en peldaño; los canes se asustaron y también corrieron al interior de la casa para refugiarse con la cola entre las patas. Los vecinos ni se atrevieron a salir a ver que pasaba. Pero seguro que mas de uno debía estar fisgoneando en silencio por la mirilla de la puerta.
Con los brazos en jarras, miré al apuesto caballero de la cabeza a los pies y le dije:
-¡Pero bueeeeno! ¿Te das cuenta de la que estás liando? Seguro que suben la derrama de la comunidad con tal estropicio.
—Pero si yo no…
¡Ahh!…—Veo que en el fondo valoras los libros, puesto que has soltado la espada, en vez de cortarlos por la mitad. No sé porqué te da vergüenza reconocerlo. ¿Qué pasa, que no hay otra manera de solucionar los conflictos que a golpe de espada? ¡Qué desastre! Anda, toma —dije ya más calmada, dándole unas monedas—, ¡que seguro que no llevas bolsillo donde llevar dinero en esas mallas!
(Y dicho esto, ví que le sentaban la mar de bien.)
El caballero aguantó estoicamente el chaparrón en silencio. Seguramente porque le había quedado trabado el barbote del yelmo, del cual tiraba con fuerza para poder zafarse de él. Entonces le dije:
—Ve a la floristería que hay en la esquina y cómprale una rosa al dragón, que el libro ya se lo regalo yo—añadí muy resuelta. Al fin y al cabo también es un personaje relevante en esta historia. ¿No crees?
—Bien mirado, tiene razón mi señora—dijo el caballero—, quitándose por fin el yelmo y atusándose los largos cabellos negros que ahora enmarcaban su cara sudorosa.¡Que sería de mí sin él!
(¡La verdad que era guapo el puñetero…! ¡Qué ojazos!)
— Voy a ver como está el dragoncito ¡No tardes!
— Pero si me permite, yo …
—¿A qué estás esperando...? ¡Corre, que van a cerrar! Voy a prepararte una tila y un tentempié para cuando vuelvas, a ver si te calmas, que seguro que no has comido nada.
El caso es que Jorge no se atrevió a decir nada más y traspasó el dintel cargado con los libros; los dejó sobre el recibidor y bajó corriendo las escaleras de tres en tres, diciendo:
-Esperadme bella dama, que no he de tardar…
Una cascada de sonidos metálicos como de quincalla, delató un fortuito traspiés con su emblemático escudo, pues la luz de la escalera se había apagado inoportunamente. Cerré la puerta resoplando y arremangándome el jersey, pues todo esto me había puesto de los nervios y últimamente enseguida me acaloro.
—¡Cada año igual! (murmuré contrariada).
Y me fui a ver por donde andaba el pequeño dragón. Lo busqué aquí y allá y no estaba en las habitaciones ni la cocina. Y los perros tampoco. Intuí lo que ocurría y me dirigí hacia mi dormitorio donde vi la puerta entreabierta y allí afuera, en el balcón, estaban los tres. Llamas—que así se llamaba el tímido dragón—, estaba acurrucado junto a mis perros, implorándome con su mirada que lo dejara refugiarse allí. Me agaché a acariciarlo y se tranquilizó. En esto, que una nube luminiscente nos envolvió...
……….
¡Ding, dong!
— Ya voy, ya voy — dijo mientras iba apresuradamente hacia la puerta. ¡Hola Jordi, que sorpresa!
— Toma, es para ti — dijo su apuesto vecino ofreciéndole un rosa roja—. ¿Puedo pasar? —preguntó mientras se quitaba las gafas y se atusaba el largo cabello oscuro, esperando impaciente en el dintel.
—¡Muchas gracias…! Que sorpresa, chico! ¡ Uy, disculpa! Pasa, pasa, que estoy un poco atontada. Llevo toda la tarde escribiendo y ni siquiera me he levantado para tomar un café—dijo—recogién-dose el cabello y arremangándose el jersey, pues últimamente se acaloraba por nada. Espera un momento que ahora tomamos un trozo de pastel si te apetece. ¿O te apetece mejor una cerveza y algo salado?
—Mejor algo dulce a estas horas…
—Vale, pero antes voy a apagar el ordenador, que está ardiendo —dijo con la rosa aún en su mano.
Jordi entró en el piso, y siguió los pasos de su vecina, por la que suspiraba desde hacía tiempo. Mientras, el joven contempló fascinado la cantidad ingente de libros que había las estanterías del salón. Y se puso a hojear algunos. A su lado había una máquina de escribir antigua: la carcasa era negra con el teclado redondo y con un reborde metálico—ese que fue la pesadilla de los dedos de los escritores noveles de antaño—, que descansaba sobre una mesa de madera tallada, también antigua.
—Tu biblioteca parece un museo —dijo en voz alta. No me había fijado. ¡Que barbaridad!
Mmmm...
— Espera, que no se qué dices. Estoy guardando lo último en el disco externo, no sea caso que lo pierda si se me estropea. ¡Que llevo un día, que ni te cuento!
— Cuenta, cuenta..¿que novela estás escribiendo ahora? —preguntó acercándose a su voluptuosa vecina.
La joven se hallaba inclinada, apoyada sobre la mesa. Sus caderas atrapaban como un imán la mirada de Jordi, al que le salían sus ojos de las órbitas.
—Sigo con aquella historia de la Orden de los Caballero— contestó ella. Pero hoy estoy liada con un relato sobre la festividad, para relajarme un poco. Bueno, ¡ya está! Ven, que voy a ponerla en agua.
Y el la siguió en silencio. Musa puso el tallo de la rosa entre sus labios, mientras llenaba un jarrón con agua en la cocina. Y haciendo equilibrios para que no rebosara el agua, anduvo lentamente y dejó el jarrón sobre la mesilla de su dormitorio, sobre un posavasos.
—¿Una historia de Caballeros con yelmo y armadura? —dijo Jordi emulando a un caballero, con su espada imaginaria cortando el aire a diestro y siniestro, siguiéndola hasta la puerta del dormitorio.
—Si, claro.
¡Ejem!
—¿Puedo pasar? -preguntó Jordi mientras andaba hacia ella.
Y quitándose por fin su armadura, se puso trás aquella muchacha que le había encandilado desde que llegara a vivir en aquel viejo edificio, a pie de playa; y acarició sus cabellos con delicadeza y en silencio, recogiéndolos con sus dedos. Y entonces la besó en la mejilla. El espejo del tocador mostraba la escena de la muchacha sonriendo con la rosa en la mano, mientras Jordi recorría el cuello de la muchacha lentamente con sus labios, rodeando con sus brazos el talle de la muchacha desde atrás. Ella permaneció en silencio. Entonces Jordi levantó la mirada y la contempló en el espejo.
—Pues si —dijo la muchacha mirándolo a su vez. Puedes pasar, aunque lo preguntas un poco tarde —contestó— mientras sonreía satisfecha-.
Y se giró, mirándolo embelesada. Entonces con la rosa recorrió lentamente los labios de su apuesto vecino.
—Me gustaría leer algún capítulo…—dijo él en un susurro y con una mirada más que sugerente.
—Puedes leer el libro entero si quieres —dijo Musa. Y entonces lo besó en los labios, dejando caer la rosa al suelo.
De hecho, aquella tarde comenzó una nueva historia.
A la mañana siguiente, los restos de un delicioso desayuno salpicaban la bandeja que había sobre el tocador. Y los pétalos de la rosa, yacían sobre la cama. Musa, envuelta en un salto de cama transparente, cepilló su cabello ante el espejo del tocador haciendo tiempo. Jordi abrió la puerta que daba al balcón del dormitorio y contempló el mar mientras apuraba el café de su taza. La muchacha se acercó a él y lo abrazó con ternura. Luego lo cogió de la mano y ambos regresaron al interior de la alcoba. Al lado de la puerta, sobre unas esteras, dormitaban Gus y Yak. A su lado había una curiosa figura petrificada: un pequeño y tímido dragón, que solo cobra vida cada veintitrés de abril, desde hace siglos...
…………….
La leyenda se ha conjurado con este cuento, en que por fortuna nadie ha resultado herido.
Hoy os recomiendo un libro de armas tomar:
El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher. (The Knight in Rusty Armor)
Amenizo esta entrada con una inolvidable canción que parece hecha a propósito…
*****Os esperamos en Sant Jordi, de 10 a 20 h en la parada del Aula de Escritores de Barcelona
@aula_de_escritores y de la Editorial Cronos, @editorial_cronos, en la plaza de La Revolución, 9 en El Barrio de Gracia. Barcelona.
Hoy tengo algo extra que compartir con vosotros y por ello reedito esta entrada. Fondearemos en la bahía, frente al puerto, para disfrutar de unos días de ocio.
Landscape - Vista panorámica
Ya me imagino tumbada en una hamaca o sentada en un banco, disfrutando del calor del sol y de la brisa del mar. Y aunque sea una evocación mental para la mayoría de nosotros, es grato disfrutar por unos instantes de ello, pues supone un respiro ante el estrés.
¡Distraerse es saludable!
El entretenimiento y la diversión nos ayudan a evadirnos durante un lapso de tiempo de las dificultades del día a día y esto nos proporciona descanso y nos relaja. Así pues, el protagonista de esta entrada de hoy es "el tiempo muerto", ese que empleamos cuando viajamos en los medios de transporte cotidianos, o como pasajeros en el Bus, en aviones, trenes o barcos y en viajes de largas distancias.
Las grandes ciudades y el ritmo de vida que nos exigen, frecuentemente nos impone tediosos trayectos interurbanos cotidianos entre la casa, el trabajo, los colegios, el hospital, las consultas médicas, los cursos de formación y incluso soportar largas colas en la oficina de empleo; un lapso importante de tiempo en el que muchas veces entramos en un estado apático, mientras miramos el suelo del vagón donde vamos, -o miramos sin ver- , a la multitud de gente apiñada que nos rodea entre el track, track...y los vaivenes del convoy. O por el contrario, aprovechamos para hacer un agotador repaso mental de las mil cosas pendientes del día a día.
Muchas personas solo leen en el trayecto que hacen en el metro o en el tren, porque luego no disponen de tiempo. Por ello decidí confeccionar excepcionalmente un libro con relatos dispares; y digo excepcionalmente porque suelo escribir novelas, cuyas temáticas son de fantasía, de temas marítimos... y algunos otros, que ya os contaré mas adelante.
<Entre-TREN-imientos, relatos para el trayecto> ..., alberga un amplio abanico de cuentos que discurren entre la media página y las treinta.
Esta obra,
< Te ofrece un viaje por diferentes épocas y un retrato atemporal de la naturaleza humana>.
(Ana Marín. Editorial Cronos).
He querido publicarlo en todos formatos:
-PAPEL
-E-BOOK
-AUDIOLIBRO
para responder a las necesidades y preferencias de algunos lectores que abandonaron la lectura por la dificultad que tenían al leer, ya fuera por problemas de visión, por dislexias o por problemas en la movilidad de las manos. Así pues, con los tres formatos, espero poder complacer a la mayoría de lectores y oyentes.
El contenido de cada cuento no tiene que ver con el resto y abarca diversos temas: desde anécdotas de nuestros adolescentes, -donde he querido hacer un énfasis tanto en el vocabulario como en las expresiones verbales y los intereses de éstos-, hasta otros relatos que se desarrollan en el ámbito rural, con algunas expresiones intrínsecas a las formas de vida y a utensilios que hoy día están en desuso y que han estado vigentes en un pasado no tan lejano.
Con este libro he pretendido mostrar las diferentes culturas y realidades ciñéndome a la cultura de nuestro país, de las que doy una breve pincelada de sus formas de expresión, que se corresponden a algunas regiones que he tenido el privilegio de conocer y que he querido compartir con el lector, siempre basándome en el respeto y en la riqueza que ofrece la diversidad y las circunstancias de la vida cotidiana en algunas ocasiones y otras, las aventuras propias que inspiran los viajes a otros países...
Por otra parte, las personas nacidas en la segunda mitad del siglo XX somos quizás, un eslabón que conecta algunas culturas y maneras de vivir simples y humildes de antaño que sufrieron el analfabetismo, ya que muchas de nuestras abuelas…— y lo digo en femenino expresamente— , no sabían leer ni escribir, aunque muchos de nuestros abuelos tampoco. He querido hacer hincapié de ello en algunos relatos.
El arrollador avance de las nuevas tecnologías, — por otra parte apasionantes y que nos facilitan más la vida y la comunicación— , nos están pasando, no obstante, una factura importante a todos y en especial a los jóvenes. Desde mi subjetivo punto de vista, creo que contribuyen a magnificar unas vivencias virtuales -donde todo es posible y es creíble por definición-, y que se transmite a una velocidad vertiginosa por las redes; y no siempre es positivo. Estas conductas reiteradas estimulan en el individuo la exigencia de la inmediatez y el apremio compulsivo porque todo sea cuando queremos, y desbancan a menudo la paciencia, la reflexión, el pensamiento y el sosiego, unos valores con peso específico con los que he pretendido impregnar mis escritos, que en algunos casos relatan la velocidad slow, de los tiempos pasados.
Fruto de la ironía y de una pincelada de humor fue que nació el enrevesado título. He publicado el libro también en formato AUDIOLIBRO, pues es compatible con las personas que padecen alguna discapacidad grave en su movilidad en brazos o en su desplazamiento; tambien para las personas que están hospitalizadas y necesitan aislarse de los ruidos murmullo hospitalarios, escuchando música o alguna relato que les ayuda a evadirse de su claustro; el audiolibro es muy adecuado para las personas con dislexia, o simplemente a los audiolovers, que disfrutan escuchando.
Como el blog estará fondeado por unos días, y por si decidierais hacer una incursión al puerto de isla EntreTRENimientos, os dejo amarrada un esquife para que podáis remar hasta el muelle.
Una vez allí, podéis buscar este libro en las redes…. También podéis encontrar algunos comentarios y fotografías en mi pagina de Facebook: Flora Smith Barcelona. Y en Instagram @florasmithbcn
Como decía Jose Luis Borges:
["El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo"]
Os facilito aquí la portada y el índice de los relatos.