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viernes, 10 de abril de 2020

Fashion #todoirabien #loscuentosdeflora



¡Bienvenidos de nuevo!

"Los días van pasando, van pasando los meses, las flores  y los pájaros han vuelto,y tu no vuelves…"   (Gerardo Diego.)

Eso mismo pensamos refiriéndonos a la vida cotidiana que dejamos atrás.  Seguimos confinados. Pero no queda otra que prorrogar la paciencia y sacar la creatividad de los rincones de nuestro cerebro, donde está adormecida por la apatía.  Nada mejor que movernos, hacer algún tipo de ejercicio en casa. Quizás lo mejor sea  bailar, ya que el espacio en el hogar suele ser reducido y la música tiene unos efectos beneficiosos y hay mil estilos de baile en los que solo necesitamos una o dos baldosas... El secreto está en escoger músicas adecuadas para cada momento, a un volumen idóneo.
¿A qué esperáis?

El  fragmento del relato que hoy comparto con vosotros también lo amenizo con la música con que se anuncia el mismo en mi audiolibro de EntreTRENimientos.  Una historia que retrata los giros con que nos sorprende la vida, cuando menos lo esperamos...


Puedes escuchar la música, mientras lees.  O no. Tu eliges. (Imagen de Pixabay



                                   Firefly.  Quincas Moreira / Youtube music  free library



FASHION  (Fragmento)

Toc Toc
—Niñaaas… ¿Todavía estáis en el baño? ¡Por Dios, la de horas que lleváis ahí metidas!
En el cuarto de baño, Menchu y Daniela acababan de hacerse un depilado brasileño. También se habían maquillado y colocado unas pestañas postizas. La una a la otra se habían encrespado convenientemente el cabello, que ahora cubrían con esmero con unos mechones planchados, recogiéndolos en un moño de última generación, del que colgaban cuatro greñas californianas. El fino pincel delineador, que manejaba Menchu con destreza, ya había pintado de negro los bordes de los párpados de su amiga, que, acabados con forma de punta fina, pugnaban con las perfiladas y enarcadas cejas por alcanzar las sienes. Menchu sacaba la lengua de refilón hacia la comisura de los labios, con la boca entreabierta, y Daniela —más neófita en estos menesteres— procuraba no mover los ojos, cuyas pestañas temblonas más parecían unos abanicos que otra cosa.
—Estate quieta, ¡coño! —dijo Menchu con evidente fastidio.
—Jolín. Si no me muevo. Es que te chocas con las pestañas.
—¡Exagerada!
—¿Falta mucho?dijo impaciente Daniela, ya que era su primera salida a la discoteca de moda y su primera noche fuera de casa. ¡Toda la noche! Pues hoy había cumplido los dieciocho años.
—Ya está. Te faltan los labios.
—Deja, que ya me los pinto yo. ¿Me has traído los tejanos de Choni?
—Sííí, están encima de la cama… ¡pesada!
—Los de la talla treinta y dos… esos con agujeros deshilachados.
—¡Que sí!
—¡Ah!, mira, pues me queda bien el rojo pasión con brillo —dijo Daniela, mirándose al espejo.
Seguidamente, refregó los labios uno contra el otro, y con un lápiz resiguió el contorno; luego abrió la boca y, estirando los labios, enarcó las cejas, con esa pose tan característica de las que se maquillan.
—Ahh.
Menchu, sentada en la tapa del váter, se puso las espumillas entre los dedos de los pies para dar una segunda capa de esmalte turquesa a sus uñas, y le dijo:
—Ve poniéndote los tejanos, que Fonsi me llamará de un momento a otro.
—¿Estoy bien? ¿Crees que le gustará? Me he puesto los guanderbrá. ¿Se nota? —dijo con cierta preocupación por si no daba la talla.
—Pues claro, nena. Ahora se te ven un poco más… ¿cómo diría?.... ¡busconas!, eso es, ja, ja. Anda, quítate la toallita de las axilas y déjate caer el top por el hombro derecho, así, como torcido. Es lo que se lleva. A ver… ¡vale!, así. ¡Estás muy guay! ¡Qué fashion, nena! —dijo su amiga entusiasmada.
—¡Menos mal que  has venido pronto! Estoy supermeganerviosa. ¡Gracias, chumina! Muaaks —le dijo, poniendo morritos, mientras se pulverizaba por todo el cuerpo con el último perfume del Kavim Kain para woman.
—¡Mamaaá! Ayúdanos, que no me entran los tejanos.
—Ya te dije que necesitabas la treinta y cuatro —dijo su madre, añadiendo—: pero ¡qué tozuda eres!
—¡Qué va! Anda, estira tú por este lado… ¡Aaaarrg!
—Que no te entra, Daniela…
—¡Menchuuuu, ven!, que solas no podemos.
—¡Voy p’allá! —dijo su amiga, contoneándose como un pato, pues andaba con los talones para no estropearse el esmalte de las uñas de los pies. Y, de paso, cogió un gel lubricante que llevaba en su bolsa.
—¿Qué haces?
—Anda, trae. Bájate el pantalón y déjame a mí.
Dicho esto, Menchu le pringó los muslos, las caderas, las nalgas y la barriga con el lubricante, que era de sabor fresa. Seguidamente, le dijo:
—No respires y esconde la barriga.
Entre la madre de Daniela y Menchu consiguieron subirle los pantalones pitillo.
—¿Ves? Ji, ji, ji. Ahora todavía se te ve más el pecho —dijo Menchu, riendo satisfecha, pero sin cerrar los ojos, ya que tuvo que hacer una grotesca mueca para que no se le corriera el rímel, pues se había puesto tanto que todavía no se había secado.
—Uff —casi que no puedo respirar —dijo Daniela con una voz entrecortada.
—Tranquila, dentro de un rato se te ensancharán.
—Lo que hay que ver, hija. ¡Si tu abuela levantara la cabeza! —dijo su madre, moviendo la cabeza con desaprobación—. Anda daos prisa, que mejor que tu padre no te vea así —dijo entre dientes la madre, meneando la cabeza con cierta inquietud, mientras rezaba porque su marido llegara tarde. La que se iba a liar… ¡Sería gorda!
Menchu se calzó unos zapatos rojos de plataforma altísimos. Haciendo equilibrios, se miró al espejo del recibidor, donde la esperaba su amiga, que llevaba los mismos zapatos, pero en azul eléctrico, y que también estaba ya arreglada. Entonces, Daniela se colgó unos pendientes de aro con cadenitas colgantes en color fucsia, cogió su bolso de Lakahgolin Eguéga y una cazadora punk de cuero negro con chapitas plateadas y azul eléctrico, de formas desiguales.
—¡Mamaaá! ¿Me das suelto?—pidió Daniela a su madre—. Anda, que tenemos prisa —añadió muy nerviosa—. Volveremos tarde. Quita la llave de la puerta, no vaya a pasar como la otra noche —dijo, recordándole los vericuetos que pasaron para que no se despertara su padre.
—Descuida, hija. ¿Adónde vais al final?
—Nos han invitado Quiko y Fonsi a una fiesta. Dicen que es en el polígono El Mogollón, creo que en el pub Esquizo’s tripper. En las afueras de Peñazo.
—Pasadlo bien y vigilad, ¿eh? ¡Que hay mucho peligro por ahí! Porque vais tú y tu novio, Menchu, que se le ve muy formal, que si no…—dijo la madre sin que le llegara la ropa al cuerpo—. Y no vengáis demasiado tarde, que el lunes tenéis examen de diseño. Mañana tendríais que estudiar.
—Descuide, Dulce, se la traeremos entera. El domingo clavamos codos. Un sobresaliente vamos a sacar —dijo riendo Menchu—. Adiós.
—Andad con cuidado, que hay mucho malaje suelto. Y no corráis con el coche.
—Adiós, mamá. Que ya me lo has dichooo tropezientas veces.
—Y vigila tu vaso niña, que la droga… —advirtió la madre, intentando enumerar todos los peligros habidos y por haber…
—Que sí, mamaaaá —dijo Daniela con una cantinela—. ¡No me rayes! —expresó con su habitual tono de estar harta mientras cerraba la puerta con ganas.
—Menchu… ¿Has cogido los Putex?
—Claro. ¿Y tú?
—Llevo uno.
—¿Sólo uno? Pues te podías haber quitado las uñas de porcelana, que resultaría más seguro. Ya te digo. Cuando no tienes experiencia, has de extremar las precauciones. Anda, coge este otro y ándate con cuidado con esas cosas. Siempre hay que llevar al menos uno de repuesto.
—Ya. Ya tendré cuidado.
—Bueno, entonces te recogemos Quico y yo a la salida del Stripper, ¿o qué?
—Mejor dame un toque con el wtsp cuando volváis de todas maneras, por si no hay cobertura o me quedo sin batería; quedamos sobre las seis en la puerta de mi casa —dijo Daniela.
—Mira, ahí tienes a tu Fonsi. ¿Ahora tiene un Mini vintage?
—Se ve que sí. No sabía. Chao, Menchu. Pasadlo bien.
—Nos vemos, Daniela. Muak —dijo, poniendo morritos.
—Hola, nena, ¿subes?
—¿Es nuevo, Fonsi?
—¿No lo ves que sí? Agárrate, ¡que vas a ver lo bien que tira! Quiero ponerle un alerón y unos asientos de piel roja, y un equipo de música conectado a unos neones.
—¡Mooola! ¡Qué Guay!
—Pero tunearlo me costará una pasta. Y tengo que acabar de pagarlo todavía. O sea que a pocas fiestas voy a ir.
—¡Qué chulo quedará! ¡Ostia, parece que esté sentada en el suelo! Pero, ¡no corras tanto, Fonsi!

Unos cuantos kilómetros después, en el arcén de la carretera, el Mini se había empotrado contra la mediana, y, aunque sus ocupantes salieron ilesos, el coche ardía en medio de una columna de humo imponente. Fonsi despotricaba, dándole puntapiés a un árbol cercano y gritando:
—¡Maldita sea! ¡Mierda, mierda y mierda!
En eso llegaron los bomberos, que echaron un buen chorro de espuma sobre aquel pequeño montón de chatarra, y le dijeron:
—Ahora viene la policía a hacer el atestado. La grúa no tardará. Dad gracias que habéis salido a tiempo del coche, chavales.
—Pues sí—dijo Fonsi, sin acabar de creer lo que le acababa de pasar, contemplando el coche carbonizado.
Daniela daba vueltas sin parar, sollozando asustada, diciendo en voz alta:
—Pues a mí, mi padre me mata. A ver cómo le explico yo que íbamos a Peñazo a estas horas. Si no me deja ni salir del barrio. ¿Cuánto has dicho que tardaremos en irnos? Tengo que estar a las seis en la puerta de mi casa.
—¿Solo te preocupa eso? ¡Pues vete con viento fresco! Yo tengo para un rato. Maldita sea, si no te hubieras empeñado en venir a Peñazo, a lo mejor… ¡Me he quedado sin coche! —repetía el chaval desconsolado—. ¡Y me quedan dos años para acabar de pagarlo! ¡Mierda, mierda y mierda!
—No, si encima tendré yo la culpa de que conduzcas como un loco… ¡Idiota! Nos podíamos haber matado.
Los dos jóvenes se enzarzaron en una discusión hasta que se interpuso uno de los bomberos, justo cuando Daniela tiraba el bolso contra el suelo; luego pisó en un agujero del arcén, y el tacón de uno de sus zapatos se quedó clavado allí y se rompió.
—¡Chicos, chicos! Eh, lo importante es que estáis bien.
Nino… ninoo… ninooo…
Iuuu, iuuuu, iuuuuu
Un soberbio alboroto de sirenas anunció la llegada de una ambulancia y del coche de la policía. Comprobaron que los jóvenes no tenían daño ninguno; la prueba del alcohol y de drogas dio negativo. Más que nada, porque a Fonsi no le había dado tiempo a fumarse un canutillo todavía. Y la ambulancia regresó de vacío, afortunadamente. Al instante llegó la grúa. Daniela estaba muy nerviosa, y Fonsi y ella no paraban de discutir. Él, hablando del coche y ella de la bronca de su padre. Como estaban enconados, Daniela decidió abrirse de aquel marrón y se puso a hacer auto-stop. Al poco, paró un coche de alta gama, a una distancia prudencial del siniestro, cuyo conductor —un elegante joven vestido con ropas caras y con ademanes muy educados—, preguntó a Daniela:
—Hola, buenas noches, ¿puedo ayudaros en algo?
—Pues sí, querría irme de aquí lo antes posible— dijo sollozando Daniela, con un aspecto deplorable, pues andaba coja a causa del tacón roto, despeinada y con la cara tiznada a causa del rímel que se había corrido con las lágrimas.
Se acercó de inmediato uno de los policías y le dijo a la muchacha:
—Ya te acercamos nosotros a tu casa, no te preocupes.
—¿Qué no me preocupe? ¿Sabe usted lo que pasará si me lleva la policía a casa? ¡Ni se lo imagina! ¡Usted no conoce a mi padre! Y a mi madre la mato del susto… No, señor.
—Voy hacia el aeropuerto, si vive cerca de mi trayecto puedo acercarla yo.
—Sería mejor que no te fueras —argumentó el policía.
—Ya he cumplido los dieciocho, o sea que soy mayor de edad, ¿no? —dijo, mostrándole el carnet de identidad al agente. Pues prefiero irme con él —dijo señalando a Alan, que esperaba pacientemente en su coche, mientras observaba a Fonsi, que estaba pendiente de lo que quedaba de su coche, atendía mil y una llamadas de teléfono… ( …)



                                                                                 *****


¿Que nos deparará la vida?   ¿¡Quien lo sabe!?

¡Por el momento, a bailar! Os dejo con una canción  muy pegajosa de Alaska y los Dinarama, para que os ayude a marcar el paso.




¡Hasta la próxima entrada!

miércoles, 18 de marzo de 2020

La masía del Montserrat. ( Fragmento). #loscuentosdeflora

¡Bienvenidos de nuevo!


Hoy, EntreTRENimientos comparte con vosotros, otro relato entrañable para que disfrutéis en estos días de reclusión. Esta vez ambientado en uno de los macizos montañososm más emblemáticos de Barcelona, en los que precisamente hay un monasterio y algunos edificios—entre ellos las llamadas "celdas", un lugar  desde antaño dedicado para el recogimiento y la recesión voluntaria de peregrinos y penitentes y que hoy día también ocupan algunos turistas que buscan un lugar tranquilo donde reposar. La montaña mágica como la denominan los descreídos, capta la mirada de todo aquel que se acerca a sus dominios.


                                     Al fondo, la montaña del Montserrat. La montaña mágica.


Acompaño el  fragmento del relato con esta  foto que hice, cuando volvía con mi hermano de viaje y añado un vídeo que espero que colme vuestras expectativas, conozcáis o no la montaña. Ambos están incluidos en otra entrada del blog, pero he considerado adecuado integrarlo para dar a conocer dichos parajes para nos que no los conocen aún.

Espero que os gusten.         


LA MASÍA DEL MONTSERRAT

Una súbita ráfaga de viento arrastró algunas hojas rojizas y ocres por delante de los pasos de Andreu, arremolinándolas contra un margen de piedra que marcaba el camino que con ducía hasta la finca de La Viña Bona, que se divisaba en lo alto de una suave colina. Tras la masía se alzaban los bosques de pinos que vestían las faldas de la emblemática montaña de Montserrat. 
Bajo aquel cielo gris y amenazador, desprovisto de ave alguna, a lo lejos se recortaban, cimbreando como juncos, tres cipreses altísimos, erguidos junto a la casa, cuya visión alivió a Andreu, pues andaba cojeando y cansado de su largo peregrinar.

Los cipreses eran un símbolo de hospitalidad en aquellas tierras, y revelaban que sus habitantes le ofrecerían refugio por una noche y también algo que comer, ya fuera que lo necesitara por las inclemencias del tiempo o por las miserias de la vida. Algunas bandadas de aves, leyendo los negros cielos, se afanaban en cobijarse apiñadas y con las plumas estarrufadas para dormitar entre las frondosas ramas de los pinos, robles y encinas colindantes. La bandada de palomas propia de la casa aun revoloteaba en círculos para ocupar los recovecos y las tarimas que había bajo la techumbre de aque lla masía, que se alzaba al pie de la montaña mágica, llamada así por los descreídos.
La casa tenía varias edificaciones adosadas dentro del recinto amurallado: una para la vivienda de los campesinos, llamados payeses o masuvés, y otra para los jornaleros de temporada. También había un recinto para los corrales de aves y conejos, que estaban más a mano que el resto de la ganadería, cuyos establos estaban detrás, alejados del acceso principal a la finca. 

La masía se hallaba rodeada de campos segados y de bancales en barbecho, pero disponía también de cultivos de hortalizas y frutales hasta el mismo pie del Montserrat. Por las vertientes de la cara sur de la montaña se adivinaban algunos caminos empinados y sinuosos que se perdían por entre sus características rocas grises y romas, las cuales se alzaban como dedos entre la oscura vegetación que crecía entre sus grietas y recovecos. Sus diversos caminos ascendentes conducían, unos a las ermitas que habían diseminadas cerca de las cumbres; y otros al monasterio custodio de la virgen negra.
Los bosques por los que discurría el camino que Andreu Remensa había tomado para llegar a La Viña Bona, estaban bordeados por los pámpanos agostados, cuyas viejas cepas, ya vendimiadas, acogían en su robusto pie a los tordos y mirlos que picoteaban con avidez algunos pequeños granos de uva diseminados. Más allá había numerosas hileras de grises y retorcidos olivos, que compartían vecindad con los troncos marrones de algunos almendros centenarios que estaban car- gados de frutos; tanto, que sus pesados vástagos, repletos de almendras, rozaban el suelo roturado y libre de hierbas; sobre ellos, los petirrojos lavanderas y mosquiteros saltaban ale- teando y picoteando la tierra a diestro y siniestro, en busca de insectos.
Los campos de olivos estaban custodiados por algunos márgenes de piedra, que confluían en un camino que se bifurcaba en tres ramales. En el cruce, tres tablas de madera clavadas en una vieja encina indicaban, en grandes letras cinceladas a fuego, las diferentes direcciones a tomar: a Can Gínjol y al Mas d’en Grau una; otra que apuntaba hacia el Bruc, La Viña Bona y Collbató. La madera de más arriba, que estaba atravesada en dirección contraria, indicaba la dirección a Esparraguera, Abrera y Olesa, siendo este un ca- mino más amplio, por cuyos márgenes medraban escaramujos, zarzas, ginestas y aliagas; y algún gínjol (azufaifo) solitario, cuyos rojizos frutos ya se hallaban en sazón.
Andreu enfiló, pues, hacia el camino de la casa de payés que le quedaba enfrente, La Viña Bona. Bordeando el pedregoso camino, se alzaban algunos olmos viejos, por entre los que partía una senda que descendía hasta un arroyo, cuyas aguas discurrían entre grandes piedras grises, chopos y saúcos. Entre pequeñas cascadas y remansos, las arenas acumuladas albergaban un arriate de equisetos, donde algunas torcaces y una bandada de estorninos se habían posado para beber, antes de emprender su migración.
La fachada principal de la casa estaba orientada al sur, con la antesala de una explanada de tierra rodeada por altos muros. Una verja cerrada daba la bienvenida, aunque con prevención, pues hasta hacía unos pocos años los franceses y bandoleros habían campado a sus anchas por aquellos lares.
A través de sus barrotes de hierro, Andreu Remensa observó que los tres cipreses sobrepasaban la altura de los tejados sobradamente; y que, dispuestos en hilera, mostraban la puerta principal de la casa señorial, la del amo, que lucía una gran arcada de dovela, enmarcada por piedra mampuesta de granito y arenisca, donde estaba grabado el blasón de la heredad.
La masía de La Viña Bona era muy antigua y estaba construida con los tejados a dos aguas, con unas paredes gruesas de adobe y tochos de terra cuita, que conformaban aquellas paredes de más de medio metro de grosor. Tal anchura era para resguardar a sus habitantes del frío y de las heladas; y también de la nieve que cada año coronaba la montaña, porque en inviernos muy fríos también nevaba en los valles colindantes. Y del calor estival. Las paredes lucían algunos desperfectos y numerosos agujeros, donde las abejas alfareras, siempre oportunistas, habían hecho su nido. Uno de los muchos impactos de bala que había en la fachada —hechos en la lucha contra el francés—, había destruido, bajo el bla- 
són, el año de su construcción, que presumiblemente pudiera ser anterior al mil seiscientos. Algunas ventanas de doble hoja se beneficiaban del calor del sol que, con su cotidiano itinerario, calentaba algunas estancias de la casa; las ventanas más pequeñas y de alféizar más profundo estaban en la parte norte, la zona más fría. Tras la casa, recortadas en el cielo, las cumbres grises de siluetas aserradas parecían sostener aquellas nubes tormentosas, que se cernían sobre la montaña y su comarca.

La masía estaba rodeada y fortificada con unos muros altos de adobe y de piedra en su base, a modo de cimentación, excepto en la parte trasera de la casa, que daba al norte. En ese lugar, unos márgenes de piedra similares a los que cercaban los bancales de olivos albergaban un recinto parcialmente techado, que estaba destinado a guardar los carros, el arado y la leña, y unos cobertizos y chamizos para acoger al ganado y la caballería.
El acceso a esta corraleta se hacía por la parte trasera de la casa, que lindaba con la cara sur del macizo montañoso, por donde se bifurcaban tres caminos: uno que llaneaba hacia la izquierda, hacia la aldea del Bruc, y otros dos, más empinados, que conducían hacia la montaña, por el camino de los Franceses, anteriormente llamado de los peregrinos, que llegaba hasta el collado del Migdia (del mediodía); y otro, más quebrado y serpenteante, conducía hacia las cumbres de pétreos dedos y también a peligrosos barrancos y grutas, a los que únicamente se podía llegar por algunos senderos abruptos, que solo los lugareños conocían y mantenían en secreto, como era el paso hacia una profunda sima a la que, siglos más tarde, se le llamaría el Cau de las Bruixas (guarida de brujas).
La parte trasera de la casa donde vivían los payeses, que estaba adosada a la casa del amo, comunicaba con el cruce de estos caminos a través de una abertura en los márgenes de la corraleta, que disponía de una cancela para proporcionarles comodidad a las entradas y salidas diarias que tenían que hacer con el carro para las labores del campo y para cuidar al ganado. 
Pero quedaba desprotegida, precisamente porque no quedaba a la vista del camino principal, y cualquier bandido o milicia podía salir del bosque y acceder a la casa sin ser vistos. Por este motivo, la puerta trasera de acceso a la casa de los masuvés disponía de un grueso chapado en hierro y de una cerradura.
Los muros de la masía presumiblemente se erigieron sobre el mil seiscientos cincuenta y cinco, un año después de que un brote de peste negra y la posterior hambruna diezmara la población de esta comarca pues el contagio se había producido, desde las poblaciones de Berga y Manresa. Los supervivientes que quedaron tuvieron que alzar estos muros para controlar el acceso a la casa y repeler las guerras y guerrillas posteriores, pues los payeses tuvieron que defender a capa y espada los pocos alimentos de que disponían, tanto de los ladrones como de las milicias, que, abusando de su fuerza y de sus armas a lo largo de los siglos, habían acabado con la vida tranquila y con la despensa de aquellas gentes de bien, que solo querían vivir en paz.
Cientos de años después, siguieron las guerras y revueltas, pues la paz, siempre efímera, no logró instalarse en el devenir de los tiempos más que por unas pocas décadas por cada siglo transcurrido. La peste, más misericordiosa, desapareció.
La dureza del trabajo y las condiciones que les imponían los amos, a los masuvés les exigían que vivieran —con mucha dureza, austeridad y esfuerzo— de la tierra que cultivaban con sus manos. Y las guerras, la peste y el saqueo tuvieron sus consecuencias. Los tejados de las casas de algunas fincas circundantes se habían derrumbado con el paso de los años, y muchas tierras quedaron abandonadas debido al diezmo de la población, provocado por las epidemias y por la hambruna; algunas familias enteras desaparecieron por defunción de todos sus herederos. Así se añadieron las tierras huérfanas vecinales —que estaban baldías y en barbecho— a algunas heredades. Los amos acumularon más riqueza y a los masuvés, los legítimos artífices de la riqueza de aquellas tierras, les supuso más trabajo, a cambio de lo suficiente para subsistir.

Andreu llegó por fin a la casa pairal. Detrás de la verja, algunos perros ladraron visiblemente excitados, alertando a los payeses de que alguien rondaba por allí.
Andreu dio unas voces.
—¡Ahh de la casa! ¿Hay alguien para atender a un peregrino?
Y esperó tras los barrotes de hierro pacientemente, entre los fieros ladridos de los perros, que acudieron mostrando sus dientes, yendo y viniendo hasta la verja y provocando una gran algarabía. Los pavos y las ocas —que presumiblemente se hallaban tras una corraleta de obra que había a mano izquierda— se pusieron a graznar, sumándose a los ladridos. Al poco, desde el fondo del patio, se abrió la puerta principal, y salió una mujer anciana, que gritó desde allí:
¡Redeu! ¿A quién busca usted? ¿Qué quiere?
—Busco refugio y algo de comer para reponerme, pues vengo andando y herido desde Esparreguera.
—¿Com diu? ¡Laiaaa! ... ¡Nena, vine! —gritó aquella mujer desgañitándose, mientras los perros ladraban más y más, metiendo el hocico y pateando el zócalo de hierro de donde partían los barrotes de aquella enorme puerta forjada. Y la anciana, haciendo caso omiso del recién llegado, se fue para dentro de la casa.
Aquel joven de tez morena, de mediana edad, alto y recio, observó el entorno con curiosidad. Apartó su largo cabello castaño del cuello con un pañuelo, pues a pesar del viento, el esfuerzo requerido para subir la loma lo había hecho sudar; y dejó su fardo en el suelo, sacudiéndose los pantalones de paño; se ajustó la faja negra sobre la camisa blanca y miró hacia la explanada de tierra del recinto, frente la fachada de la casa, donde estaban los tres cipreses. 

Del edificio adosado a mano derecha se oyó el chirrido de una puerta, y allí vio a una muchacha de estatura alta, que lucía una cabellera negro azabache, que acudía con ligereza llevando una canasta, pero que se dirigía a lo que parecían ser los gallineros. Alzando la mano, le dio una voz:
¡Voy enseguida...!
Dicho esto, desapareció de su vista.
Proveniente de aquel lugar, Andreu oyó el cacareo desesperado de las gallinas, que quedó sofocado por el estridente canto de un gallo, seguido de un alborotado revuelo y un fuerte batir de alas.
Un gallo asomó por la puerta tras la joven que salía apresuradamente, a la que el gallo embistió, adelantando los espolones de sus patas en el aire mientras revoloteaba. La muchacha se giró resuelta y, antes de que el gallo tocara su falda con las patas, le dio un escobazo. Cerró apresuradamente la media puerta del gallinero, dejando allí su escoba. ¡Por si acaso! Algunas plumas salieron despedidas por el umbral, balanceándose caprichosamente por el viento en su derredor, y algunas se posaron sobre el largo cabello ensortijado de la muchacha. El gallo revoloteó de nuevo, esta vez solo hasta el borde de la media la puerta, pero cantando como un descosido y batiendo fuertemente las alas, como recordándole que aquel era su territorio.
La joven caminó entonces hacia la verja. Vestía una prenda negra de punto con escote, cuyas mangas llevaba arremangadas hasta el codo, dejando ver la blancura de su piel. Sobre una falda larga, también negra, lucía un delantal a cuadros blancos y negros, en cuyo bolsillo abultado se adivinaban un par de huevos. En su mano izquierda traía sujeta por las alas a una gallina negra y rechoncha, con las plumas erizadas, que cloqueaba guturalmente su resignación.

¡Ves per on! Tiene un huevo atravesado —dijo murmurando contrariada. A la par que andaba, cogió la gallina y la sujetó a horcajadas contra su cintura; metió su dedo índice, que ya traía embadurnado con aceite, en la cloaca de la gallina y, haciéndole un masaje en el bajo vientre con la otra mano, intentó girarle el huevo.
Buenas tardes —dijo, limpiándose el dedo con un paño que colgaba de su delantal—. ¿Qué le trae por aquí?
Pues...
—¡Gos, calla, fuch! dijo enérgicamente al más grande de los tres perros, también él más en tolerar la presencia del forastero.
—Mejor así. Aunque veo tiene buenos vigilantes.
—Sin perros no se puede estar aquí. Usted dirá.
—Siento interrumpirla en sus quehaceres, pero quisiera alojamiento y comida por un par de días; necesito curarme una herida, además de refugiarme de la tormenta que se avecina, que presumo que va a ser de órdago.
—Panza de lobo, ha dicho el pastor, el aragonés. Sí. Una buena tormenta sí que caerá. Creo que viene con granizo, que pesan mucho esas nubes negras. ¿De dónde viene usted?
—Desde el Perthus, en la frontera. Aunque ya llevo días por aquí cerca, en Esparreguera.
—¡Verge santísima! Sí que viene de lejos. ¿Y adónde va? —preguntó la muchacha con curiosidad.
—Hice una promesa. Me llamo Andreu Remença. Me dirijo al monasterio en peregrinación —contestó, señalando hacia Montserrat.
¡Coi! Le queda un buen trecho todavía. Y una buena subida. Bueno, va. Pero algo me tendrá que pagar, que los amos no nos permiten acoger a rodamons, quiero decir, vagabundos, más de una noche, para que me entienda. Habrá de darme algo, aunque sea la voluntad, por el segundo día —dijo, mirando de arriba abajo a aquel hombre moreno de mirada profunda y serena.
—Es justo. No pase usted pena, que no le ocasionaré problemas con el amo. Tenga, un adelanto —dijo, sacándose un par de monedas del bolsillo de su chaleco de paño marrón, del que asomaba la cadena de un reloj…   (…)


¡Hasta la próxima entrada!















viernes, 6 de marzo de 2020

La llave del tiempo

¡Bienvenidos!


¡Como pasa el tiempo! 

Una frase redundante que suele  seguir, o acompañar simultáneamente nuestra mirada  fija en el reloj, al recobrar la consciencia de nuestra pérdida de la noción del tiempo, distraídos en nuestros quehaceres; en nuestras ensoñaciones. Así ha ocurrido desde mi último blog, pues aún ando arañando tiempo para acabar mi novela… El tiempo se me escapa; me parece que el reloj digital se ensañe conmigo. Sabe que no me gusta. Me gustan los antiguos.

Prefiero ese reloj tan nuestro --de los de mi edad, me refiero—, que emulaba los latidos de nuestro corazón día a día, hora tras hora, minuto a minuto;  segundo a segundo; coexistíamos con el tiempo "consciente" que marcaban las agujas, de una manera diferente a como lo percibimos hoy;  no en vano, antaño, las enfermeras y auxiliares contábamos las pulsaciones de los enfermos  con un reloj colgante con segundero …

Las nuevas generaciones  hoy día desconocen esas sensaciones, pues sus miradas son captadas por la imagen digitalizada, luminosa y  ahora silenciada de aquella pulsación, que miran en el móvil o en la pulsera multimedia, pues ya no usan reloj. Dependen de sus pilas—esa cara energía que controla el púlsar de La Luz—, acaso energía solar; nuestros jóvenes dependen, pasivos,  que La Luz les marque la hora. Aunque, bien mirado, también lo hacíamos  desde hace siglos con los relojes de sol.

Pero lo más relevante es que también desconocen que había que darle cuerda a los relojes a los de pulsera, y a los de pared. Activamente. Manualmente. En aquel entonces, teníamos el hábito ineludible de, cada doce o veinticuatro horas "darles cuerda" —en el caso de los relojes de pared—, coger la llave que había colgada dentro de la caja,  colgada en una alcayata y meterla en el agujero de la esfera para darle tres o cuatro vueltas; un ritual; una costumbre; una necesidad en la cual creábamos un feedback con el tiempo, gracias al ingenio de Harrison. Una maquinaria precisa repleta de engranajes de diferentes tamaños, limpios y lubricados que giraban a diferentes velocidades, captando la fascinación   de chiquillos y mayores.

Por ello  dedico esta entrada a los jóvenes, para dejar mi testimonio. Pero también para mis coetáneos, para recordar los viejos tiempos. Un paréntesis en el frenesí cotidiano.

Algunos añoramos la cadencia que marcaba el péndulo de aquellos antiguos relojes de pared, pues nos permitían saborear  el silencio, apenas unos segundos. Luego irrumpían tenaces e implacables el tic y el tac y las campanadas de las horas enteras, pero tambien de las medias y de los cuartos, haciendo tan visible el paso del tiempo que era difícil escapar de su influencia. Sobre todo por las noches insomnes en que el reloj,  o bien te acompañaba, o suponía una irritante pesadilla, al dilatar las horas en la oscuridad.  La sincronía de aquellos relojes de pared  empatizaba con tres de nuestros sentidos: la vista, el oído y el tacto;  y compartíamos ese feedback normalizado, sobrio y consciente del paso del tiempo. Ese que sigue fluyendo desde el origen de los tiempos, valga la redundancia.

Reloj de pared vintage


Y si nos parecía una ardua tarea en el hogar, no quiero ni pensar lo que debía suponer al marinero de aquellos grandes veleros de  los siglos pasados y en la época de Joseph Conrad, el gran novelista y navegante. Una ardua tarea estar al cargo del reloj de a bordo,  primeramente fue el reloj de arena, con un control exhaustivo de media o una hora, una pieza crucial para el cálculo de la longitud y la posición del navío en medio del océano… Mas tarde, con la aparición del cronómetro, el reloj mecánico estuvo guardado celosamente en una caja de madera en un lugar seguro del barco, donde el esperaba la visita periódica y rigurosa del marinero Watch, que con cierta reverencia acudía puntual para insertar la llave y dar las vueltas necesarias para que aquella maquinaria mecánica funcionara a la perfección. De ello dependía su rumbo. Sus vidas...



Tall ships / Grandes Veleros 

Y pensando en ello no puedo menos que recordar  mi infancia. Al llegar de la escuela me encaramaba a una silla del comedor; abría la portezuela de cristal y  con la llave  daba las vueltas, sin forzar aquel mecanismo mágico, al que cuidábamos con esmero. ¡Era la encargada del tiempo! Un importante cargo para mi corta edad. Satisfecha por la tarea diaria cumplida me acercaba a besar a mi yaya que, sentada en su sillón granate, contaba los puntos de las agujas de tejer mientras me hacía unos patucos color salmón. Encima de la mesilla del salón, junto a una enorme radio gramola, sobre un mantel de cuadros verdes y blancos, ya tenía preparada mi merienda: pan con aceite y azúcar. Y tras escuchar la radionovela  de cada tarde, allí a su lado, solíamos escuchar alguna una melodía clásica...

   
                


¡Hasta la próxima entrada!

lunes, 18 de noviembre de 2019

En el país de las leyendas



¡Bienvenidos!

Estoy impresionada. Escribir una novela sobre un país desconocido me resulta complicado; es un reto importante, aunque el género de novela te permite licencias.Una suerte. El caso es que, mientras más me adentro en la historia, mas me apasiona. Desde mi instagram sigo perfiles de gente que comparte fotos de paisajes de Irlanda, ruinas, castillos y leyendas. Incluso he comenzado a seguir los perfiles de algunas empresas  de turismo y a los habitantes de la zona donde se desarrolla la trama de mi novela. Estoy entusiasmada. Poco a poco he ido impregnándome del talante de sus gentes y disfruto de paisajes silvestres y maravillosos.  Por ello hoy he pensado en compartir  con vosotros una pequeña anécdota.



Este castillo es Blarney Castle.
Está ubicado en Cork, en Irlanda.  En él, hay una piedra mágica a la que llaman  la piedra de la elocuencia.  Dicen que aquél que besa  por debajo la piedra que hay en el matacán, adquiere la virtud de hablar con fluidez y versatilidad, con don de gentes.

Pero ocurre a veces, que algunos niños traviesos escapan de la tutela de sus padres y cambian las leyendas, o cuando menos crean excepciones.Tal es el caso de un personaje circunstancial de mi novela.  

Brais era un niño muy impulsivo y tras subir las escaleras hasta la torre, fue corriendo para besar el primero la piedra de la elocuencia, Tal era su nerviosismo, que se dió un fuerte golpe y reaccionó de la peor manera : dio una patada y le escupió al pétreo símbolo. Y desde aquel momento se volvió tartamudo.

En la vejez, aún cuenta esta anécdota entre misterios y leyendas a sus contertulios y su lengua se desata tras algunas pintas  en la taberna del puerto, en una  pequeña isla de la  agreste costa irlandesa. 

Me gusta familiarizarme con las costumbres del lugar donde se desarrolla la trama y por ello decidí elaborar el pan de soda, un manjar de la tradición irlandesa. Me siento mas cercana a mis personajes y me ayuda a entender sus vicisitudes y costumbres. Y además me lo paso bien. Por cierto, está delicioso y su elaboración es sencilla.


Mientras se horneaba la masa,  mi mente volaba imaginándome  trayectos y viajes de algunos de los personajes, recorriendo bonitos  paisajes que me hacían evocar leyendas y misterios, siempre acompañada por el duende guardián. ¡No me deja ni a sol, ni a sombra! 



Ya falta menos para que conozcáis toda la historia, aunque aún me queda ensamblar los últimos capítulos y corregirlo…

¡Que ganas tengo de tener acabado el libro en mis manos!

                                       Os dejo en buena compañía: un vídeo musical de Enya




¡Hasta la próxima entrada!

martes, 15 de octubre de 2019

No es bueno que un libro esté solo.



¡Bienvenidos a bordo!

Tras un tiempo en dique seco, vuelvo a navegar con la mirada en un horizonte que  presume nuevas expectativas. Primeramente quiero presentaros un libro editado por la Asociación de Escritores Amateurs a la que pertenezco:  www.asociacionescritoresamateur.com 

                   

Cruce de Caminos—como se titula el libro—nació de la inquietud de los fundadores de la asociación, por reunir en un mismo volumen a diversos autores amateur, algunos con varias obras publicadas.  El valor de este libro—mas allá  de la intención de dar visibilidad a los autores noveles independientes y reivindicar un espacio en el mundo literario—, es mostrar a los lectores un aperitivo de los diferentes estilos y géneros de sus autores noveles, entre los que encuentran varias relatos y poesías de temáticas diversas.  He contribuído en Cruce de Caminos, con un relato inédito titulado "Los tiempos".

EntreTRENimientos está muy contento por tener compañía. Esta tarde los he sorprendido tomando un té, mientras se contaban mil y una historias...
Lo que todavía no les he dicho, es que en breve tendrán más compañeros: un par de libros de otras colaboraciones que he llevado a cabo con sendos relatos, cuyos beneficios irán destinados a ONGs y fundaciones de interés social y que ya anunciaré en su momento también en este blog. Los relatos giran en torno a las mujeres y también sobre historias de la ciudad de Barcelona. 
 ¡Estoy impaciente por tenerlos ya en las manos! 
No penséis que este tiempo en dique seco he estado ociosa.  Actualmente estoy acabando una novela con pinceladas históricas inmersa en el realismo mágico propio de Irlanda, aunque no tiene que ver ni con Juego de Tronos ni con guerreros tipo manga…


Escribir una novela no es nada fácil. Requiere un gran esfuerzo, sobre todo para escritores amateur como yo. Sin embargo el proceso es muy creativo y gratificante. Siempre comparo  a los relatos  como un ejercicio mental similar al aeróbico.  Y a las novelas como un ejercicio de musculación.  Hace ya cuatro años que trabé una relación especial con los personajes de mis cuentos de la Dama del Mar, cobijada entonces por mis compañeros del Aula de Escritores, a los que agradezco sus críticas constructivas, sus sugerencias y aportaciones y  su empatía. www.auladeescritores.com 

Es sorprendente cómo llegan a ensamblarse algunos personajes con la vida real. Con la mía, me refiero, aunque a veces tengo la impresión de que soy yo la que me entrometo en la vida de mis personajes…. Desde entonces están presentes en conversaciones, reuniones y celebraciones. Formarán parte de mi mundo para siempre.

Hablar de la novela me aleja de la soledad del escritorio, tan necesaria por otra parte, para que cuajen la trama y la construcción de los personajes. Cuando hablo de ellos, con mi familia y amigos la pasión con que lo hago me hace perder la noción del espacio y del tiempo.  He viajado mas escribiendo ficción, que en el mundo real.  Incluso he soñado tramas, soluciones a los nudos y gazapos y he vivido en parajes asombrosos algunas noches, en que un lápiz y un pequeño bloc de notas ha sido imprescindibles en mi mesilla de noche.  El cerebro es un pozo de sorpresas repleto de magia, del que bebe la escritura y proporciona disfrute  al lector. Y al escritor.

La niebla acaricia los prados verdeantes que se bañan en el mar, cuyo bramido es capaz de sugerir un encanto...


Siento ya la brisa fresca del otoño y también su melancolía. Las olas nos traen secretos y mensajes desde las profundidades, que son desvelados en la rompiente. La espuma, siempre en la retaguardia, aprovecha la retirada de las olas, para llevárselos de nuevo con la resaca, al reino de Hadal , antes que las fuerzas oscuras puedan interpretarlos; arrebatarlos.

Entonces escucho el crujido de unas pisadas sobre la hierba detrás de mí y percibo una presencia. Un conocido aleteo me tranquiliza. Es Fochla, el dragón. Y como es su costumbre, se posa en mi hombro emitiendo un cariñoso gorjeo gutural.  Repliega sus alas y contempla conmigo la puesta del sol mientras espera nuevas aventuras.

En esos instantes, la brisa cesa, las aves callan y el mar se encalma. Reina el silencio y la naturaleza nos regala paz.

  
               



Os recuerdo que podéis visitar mi página de instagram @florasmithbcn.  Gracias por  acompañarme en esta aventura que es escribir. ¡Feliz lectura!

¡Hasta la próxima entrada!

miércoles, 15 de febrero de 2017

El faro de Favàritx. De la comunicación y otras inquietudes




¡Bienvenidos a bordo!

Hoy tengo un motivo añadido para escribir, ya que  el  próximo mes de marzo  saldrá publicado mi  libro de relatos, que se titula EntreTRENimientos.  Podéis ver la portada en el Instagram de la Editorial Cronos.  ¡Estoy impaciente por tenerlo en mano y  muy ilusionada!

El caso es que esto me  ha suscitado -además de la satisfacción por un proyecto acabado-, una cierta inquietud, ya que una de mis amigas me ha propuesto que haga la presentación de mi libro como colofón a una jornada  sobre  terapias complementarias. Porque distraerse, ¡también  es saludable!

Tras  los primeros momentos de entusiasmo, pensé: ¿que les digo a las personas que acudan a  la presentación de mi libro? ¿Seré capaz de empatizar con sus expectativas?  Y me sentí insegura. Probablemente porque no soy una escritora profesional. Cuento historias y lo hago lo mejor que sé. Y sigo aprendiendo. Volcar  en el papel  o en el ordenador, con mas o menos acierto  mis experiencias, mis pensamientos, mis sueños y  mis fantasías - esas que compartí con mis compañeros  del Aula, y viceversa-,  fue una necesidad imperiosa en algunos momentos. En otros, un puro entretenimiento que resultó  muy enriquecedor. Desde aquí agradezco  especialmente a mi familia, a mis amigos,  y  a mis compañeros del aula de escritores, su apoyo (y sus críticas constructivas también).

Me gusta escribir sobre  la vida cotidiana  y  los tiempos de mi niñez y juventud, pues así conservo  en la memoria las maneras de vivir  de aquella época,  que  a veces enlazo con  algunos  recuerdos de las personas queridas que ya se fueron. También escribo relatos mas actuales,  algunas novelas de aventuras y de otros géneros.

La memoria resulta ser un enlace con las personas que tenéis cincuenta años o más,  porque  probablemente  conservamos recuerdos similares de  lugares entrañables, objetos, profesiones y personas, que  probablemente ya no existen sino es en nuestra mente, en  los documentales, en las fotos y en los libros;  y   además, porque entre los coetáneos siempre existe una cierta complicidad, ya que en  aquel entonces vivíamos  y jugábamos de forma  parecida en aquella franja de historia. No obstante, algunos jóvenes afortunados como mis hijos, -que han podido convivir con sus abuelos y sus yayos, durante muchos años-, han tenido la oportunidad de  conocer  las historias familiares y otras formas de vida del pasado, de mano de sus protagonistas.  Un valioso contrapunto.

Como  algunas mujeres de mi edad,  me siento como un eslabón  que une dos épocas dispares y divergentes, en la que los cambios han sucedido  a contrarreloj  creando un abismo:  una brecha entre los valores, las costumbres y sobre todo,  en el cambio del ritmo  de vida. Y de esto no hace tanto. Lo que no ha cambiado  es el maltrato y la violencia hacia las mujeres, que se ha perpetuado generación tras generación. El porqué es una buena pregunta, de la que busco respuestas en algunos de mis relatos.

Pero volvamos  al tema del inicio.
Ante la desazón que sentía , quise hacer un guión para  presentar el libro y  lograr el imprescindible feeling con los asistentes a la jornada. Busqué  respuestas consultando  un fajo de apuntes que tenía sobre la mesa y me topé con un libro  sobre la comunicación, que me había dejado mi hermano y que quiero reseñar por si os interesa:

La isla de los 5 faros, de Ferrán Ramón-Cortés. editorial RBA.

Después de leerlo me sentí mejor. Ahora tengo la certeza de que abordaré la presentación  de mi libro con más naturalidad.  Mi sorpresa fue que, entre sus páginas encontré un capítulo que me hizo evocar un grato recuerdo:  el viaje que hice  a Menorca con unas amigas. Y se me ocurrió compartirlo con vosotros para amenizar esta entrada.



Tras el fuerte temporal que barrió la isla del viento, aprovechamos  la calma para visitar el parque natural de s 'Albufera des Grao, donde  pude disfrutar de las aguas de Cala Tortuga.
El paisaje otoñal era el esperado: una gran cantidad de algas y lisos troncos cenicientos habían sido depositados por el oleaje en la playa,  que se hallaba cubierta por  montañas de cintas oscuras que iban y venían, amortiguando el murmullo del agua en la orilla. Desde allí contemplé el faro de Favàritx, siempre vigilante y fiel.
Mis amigas y yo  estábamos sentadas contemplando el mar. Habíamos estado charlando toda la tarde, y  la paz que transmitía aquel entorno bien se merecía un poco de silencio;  pero la fría brisa del crepúsculo se hacía notar y  regresamos por las empinadas escalinatas  de tierra y troncos que bordean el pequeño acantilado por el que se accede a la cala; y seguimos andando hasta  que llegamos al coche. Entrábamos ya en él, cuando  unos haces luminiscentes  surcaron el cielo, delatando que el faro comenzaba su tarea cotidiana.  Su luz  alumbró la oscuridad reinante, confirmando sus coordenadas y advirtiendo de los peligros de la costa...[ Durante365 días al año, -como reseña Ferrán en su libro-: año tras año; noche tras noche, este faro emite casi tres mil destellos diarios, con una cadencia de 2+1 cada quince segundos].

El faro es  un punto de referencia permanente para los navegantes. Emite  destellos de confianza, complicidad y certeza. Y es que los libros, también nos aportan luz.