Buscar este blog

Translate

Mostrando entradas con la etiqueta ocio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ocio. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de abril de 2020

Fashion #todoirabien #loscuentosdeflora



¡Bienvenidos de nuevo!

"Los días van pasando, van pasando los meses, las flores  y los pájaros han vuelto,y tu no vuelves…"   (Gerardo Diego.)

Eso mismo pensamos refiriéndonos a la vida cotidiana que dejamos atrás.  Seguimos confinados. Pero no queda otra que prorrogar la paciencia y sacar la creatividad de los rincones de nuestro cerebro, donde está adormecida por la apatía.  Nada mejor que movernos, hacer algún tipo de ejercicio en casa. Quizás lo mejor sea  bailar, ya que el espacio en el hogar suele ser reducido y la música tiene unos efectos beneficiosos y hay mil estilos de baile en los que solo necesitamos una o dos baldosas... El secreto está en escoger músicas adecuadas para cada momento, a un volumen idóneo.
¿A qué esperáis?

El  fragmento del relato que hoy comparto con vosotros también lo amenizo con la música con que se anuncia el mismo en mi audiolibro de EntreTRENimientos.  Una historia que retrata los giros con que nos sorprende la vida, cuando menos lo esperamos...


Puedes escuchar la música, mientras lees.  O no. Tu eliges. (Imagen de Pixabay



                                   Firefly.  Quincas Moreira / Youtube music  free library



FASHION  (Fragmento)

Toc Toc
—Niñaaas… ¿Todavía estáis en el baño? ¡Por Dios, la de horas que lleváis ahí metidas!
En el cuarto de baño, Menchu y Daniela acababan de hacerse un depilado brasileño. También se habían maquillado y colocado unas pestañas postizas. La una a la otra se habían encrespado convenientemente el cabello, que ahora cubrían con esmero con unos mechones planchados, recogiéndolos en un moño de última generación, del que colgaban cuatro greñas californianas. El fino pincel delineador, que manejaba Menchu con destreza, ya había pintado de negro los bordes de los párpados de su amiga, que, acabados con forma de punta fina, pugnaban con las perfiladas y enarcadas cejas por alcanzar las sienes. Menchu sacaba la lengua de refilón hacia la comisura de los labios, con la boca entreabierta, y Daniela —más neófita en estos menesteres— procuraba no mover los ojos, cuyas pestañas temblonas más parecían unos abanicos que otra cosa.
—Estate quieta, ¡coño! —dijo Menchu con evidente fastidio.
—Jolín. Si no me muevo. Es que te chocas con las pestañas.
—¡Exagerada!
—¿Falta mucho?dijo impaciente Daniela, ya que era su primera salida a la discoteca de moda y su primera noche fuera de casa. ¡Toda la noche! Pues hoy había cumplido los dieciocho años.
—Ya está. Te faltan los labios.
—Deja, que ya me los pinto yo. ¿Me has traído los tejanos de Choni?
—Sííí, están encima de la cama… ¡pesada!
—Los de la talla treinta y dos… esos con agujeros deshilachados.
—¡Que sí!
—¡Ah!, mira, pues me queda bien el rojo pasión con brillo —dijo Daniela, mirándose al espejo.
Seguidamente, refregó los labios uno contra el otro, y con un lápiz resiguió el contorno; luego abrió la boca y, estirando los labios, enarcó las cejas, con esa pose tan característica de las que se maquillan.
—Ahh.
Menchu, sentada en la tapa del váter, se puso las espumillas entre los dedos de los pies para dar una segunda capa de esmalte turquesa a sus uñas, y le dijo:
—Ve poniéndote los tejanos, que Fonsi me llamará de un momento a otro.
—¿Estoy bien? ¿Crees que le gustará? Me he puesto los guanderbrá. ¿Se nota? —dijo con cierta preocupación por si no daba la talla.
—Pues claro, nena. Ahora se te ven un poco más… ¿cómo diría?.... ¡busconas!, eso es, ja, ja. Anda, quítate la toallita de las axilas y déjate caer el top por el hombro derecho, así, como torcido. Es lo que se lleva. A ver… ¡vale!, así. ¡Estás muy guay! ¡Qué fashion, nena! —dijo su amiga entusiasmada.
—¡Menos mal que  has venido pronto! Estoy supermeganerviosa. ¡Gracias, chumina! Muaaks —le dijo, poniendo morritos, mientras se pulverizaba por todo el cuerpo con el último perfume del Kavim Kain para woman.
—¡Mamaaá! Ayúdanos, que no me entran los tejanos.
—Ya te dije que necesitabas la treinta y cuatro —dijo su madre, añadiendo—: pero ¡qué tozuda eres!
—¡Qué va! Anda, estira tú por este lado… ¡Aaaarrg!
—Que no te entra, Daniela…
—¡Menchuuuu, ven!, que solas no podemos.
—¡Voy p’allá! —dijo su amiga, contoneándose como un pato, pues andaba con los talones para no estropearse el esmalte de las uñas de los pies. Y, de paso, cogió un gel lubricante que llevaba en su bolsa.
—¿Qué haces?
—Anda, trae. Bájate el pantalón y déjame a mí.
Dicho esto, Menchu le pringó los muslos, las caderas, las nalgas y la barriga con el lubricante, que era de sabor fresa. Seguidamente, le dijo:
—No respires y esconde la barriga.
Entre la madre de Daniela y Menchu consiguieron subirle los pantalones pitillo.
—¿Ves? Ji, ji, ji. Ahora todavía se te ve más el pecho —dijo Menchu, riendo satisfecha, pero sin cerrar los ojos, ya que tuvo que hacer una grotesca mueca para que no se le corriera el rímel, pues se había puesto tanto que todavía no se había secado.
—Uff —casi que no puedo respirar —dijo Daniela con una voz entrecortada.
—Tranquila, dentro de un rato se te ensancharán.
—Lo que hay que ver, hija. ¡Si tu abuela levantara la cabeza! —dijo su madre, moviendo la cabeza con desaprobación—. Anda daos prisa, que mejor que tu padre no te vea así —dijo entre dientes la madre, meneando la cabeza con cierta inquietud, mientras rezaba porque su marido llegara tarde. La que se iba a liar… ¡Sería gorda!
Menchu se calzó unos zapatos rojos de plataforma altísimos. Haciendo equilibrios, se miró al espejo del recibidor, donde la esperaba su amiga, que llevaba los mismos zapatos, pero en azul eléctrico, y que también estaba ya arreglada. Entonces, Daniela se colgó unos pendientes de aro con cadenitas colgantes en color fucsia, cogió su bolso de Lakahgolin Eguéga y una cazadora punk de cuero negro con chapitas plateadas y azul eléctrico, de formas desiguales.
—¡Mamaaá! ¿Me das suelto?—pidió Daniela a su madre—. Anda, que tenemos prisa —añadió muy nerviosa—. Volveremos tarde. Quita la llave de la puerta, no vaya a pasar como la otra noche —dijo, recordándole los vericuetos que pasaron para que no se despertara su padre.
—Descuida, hija. ¿Adónde vais al final?
—Nos han invitado Quiko y Fonsi a una fiesta. Dicen que es en el polígono El Mogollón, creo que en el pub Esquizo’s tripper. En las afueras de Peñazo.
—Pasadlo bien y vigilad, ¿eh? ¡Que hay mucho peligro por ahí! Porque vais tú y tu novio, Menchu, que se le ve muy formal, que si no…—dijo la madre sin que le llegara la ropa al cuerpo—. Y no vengáis demasiado tarde, que el lunes tenéis examen de diseño. Mañana tendríais que estudiar.
—Descuide, Dulce, se la traeremos entera. El domingo clavamos codos. Un sobresaliente vamos a sacar —dijo riendo Menchu—. Adiós.
—Andad con cuidado, que hay mucho malaje suelto. Y no corráis con el coche.
—Adiós, mamá. Que ya me lo has dichooo tropezientas veces.
—Y vigila tu vaso niña, que la droga… —advirtió la madre, intentando enumerar todos los peligros habidos y por haber…
—Que sí, mamaaaá —dijo Daniela con una cantinela—. ¡No me rayes! —expresó con su habitual tono de estar harta mientras cerraba la puerta con ganas.
—Menchu… ¿Has cogido los Putex?
—Claro. ¿Y tú?
—Llevo uno.
—¿Sólo uno? Pues te podías haber quitado las uñas de porcelana, que resultaría más seguro. Ya te digo. Cuando no tienes experiencia, has de extremar las precauciones. Anda, coge este otro y ándate con cuidado con esas cosas. Siempre hay que llevar al menos uno de repuesto.
—Ya. Ya tendré cuidado.
—Bueno, entonces te recogemos Quico y yo a la salida del Stripper, ¿o qué?
—Mejor dame un toque con el wtsp cuando volváis de todas maneras, por si no hay cobertura o me quedo sin batería; quedamos sobre las seis en la puerta de mi casa —dijo Daniela.
—Mira, ahí tienes a tu Fonsi. ¿Ahora tiene un Mini vintage?
—Se ve que sí. No sabía. Chao, Menchu. Pasadlo bien.
—Nos vemos, Daniela. Muak —dijo, poniendo morritos.
—Hola, nena, ¿subes?
—¿Es nuevo, Fonsi?
—¿No lo ves que sí? Agárrate, ¡que vas a ver lo bien que tira! Quiero ponerle un alerón y unos asientos de piel roja, y un equipo de música conectado a unos neones.
—¡Mooola! ¡Qué Guay!
—Pero tunearlo me costará una pasta. Y tengo que acabar de pagarlo todavía. O sea que a pocas fiestas voy a ir.
—¡Qué chulo quedará! ¡Ostia, parece que esté sentada en el suelo! Pero, ¡no corras tanto, Fonsi!

Unos cuantos kilómetros después, en el arcén de la carretera, el Mini se había empotrado contra la mediana, y, aunque sus ocupantes salieron ilesos, el coche ardía en medio de una columna de humo imponente. Fonsi despotricaba, dándole puntapiés a un árbol cercano y gritando:
—¡Maldita sea! ¡Mierda, mierda y mierda!
En eso llegaron los bomberos, que echaron un buen chorro de espuma sobre aquel pequeño montón de chatarra, y le dijeron:
—Ahora viene la policía a hacer el atestado. La grúa no tardará. Dad gracias que habéis salido a tiempo del coche, chavales.
—Pues sí—dijo Fonsi, sin acabar de creer lo que le acababa de pasar, contemplando el coche carbonizado.
Daniela daba vueltas sin parar, sollozando asustada, diciendo en voz alta:
—Pues a mí, mi padre me mata. A ver cómo le explico yo que íbamos a Peñazo a estas horas. Si no me deja ni salir del barrio. ¿Cuánto has dicho que tardaremos en irnos? Tengo que estar a las seis en la puerta de mi casa.
—¿Solo te preocupa eso? ¡Pues vete con viento fresco! Yo tengo para un rato. Maldita sea, si no te hubieras empeñado en venir a Peñazo, a lo mejor… ¡Me he quedado sin coche! —repetía el chaval desconsolado—. ¡Y me quedan dos años para acabar de pagarlo! ¡Mierda, mierda y mierda!
—No, si encima tendré yo la culpa de que conduzcas como un loco… ¡Idiota! Nos podíamos haber matado.
Los dos jóvenes se enzarzaron en una discusión hasta que se interpuso uno de los bomberos, justo cuando Daniela tiraba el bolso contra el suelo; luego pisó en un agujero del arcén, y el tacón de uno de sus zapatos se quedó clavado allí y se rompió.
—¡Chicos, chicos! Eh, lo importante es que estáis bien.
Nino… ninoo… ninooo…
Iuuu, iuuuu, iuuuuu
Un soberbio alboroto de sirenas anunció la llegada de una ambulancia y del coche de la policía. Comprobaron que los jóvenes no tenían daño ninguno; la prueba del alcohol y de drogas dio negativo. Más que nada, porque a Fonsi no le había dado tiempo a fumarse un canutillo todavía. Y la ambulancia regresó de vacío, afortunadamente. Al instante llegó la grúa. Daniela estaba muy nerviosa, y Fonsi y ella no paraban de discutir. Él, hablando del coche y ella de la bronca de su padre. Como estaban enconados, Daniela decidió abrirse de aquel marrón y se puso a hacer auto-stop. Al poco, paró un coche de alta gama, a una distancia prudencial del siniestro, cuyo conductor —un elegante joven vestido con ropas caras y con ademanes muy educados—, preguntó a Daniela:
—Hola, buenas noches, ¿puedo ayudaros en algo?
—Pues sí, querría irme de aquí lo antes posible— dijo sollozando Daniela, con un aspecto deplorable, pues andaba coja a causa del tacón roto, despeinada y con la cara tiznada a causa del rímel que se había corrido con las lágrimas.
Se acercó de inmediato uno de los policías y le dijo a la muchacha:
—Ya te acercamos nosotros a tu casa, no te preocupes.
—¿Qué no me preocupe? ¿Sabe usted lo que pasará si me lleva la policía a casa? ¡Ni se lo imagina! ¡Usted no conoce a mi padre! Y a mi madre la mato del susto… No, señor.
—Voy hacia el aeropuerto, si vive cerca de mi trayecto puedo acercarla yo.
—Sería mejor que no te fueras —argumentó el policía.
—Ya he cumplido los dieciocho, o sea que soy mayor de edad, ¿no? —dijo, mostrándole el carnet de identidad al agente. Pues prefiero irme con él —dijo señalando a Alan, que esperaba pacientemente en su coche, mientras observaba a Fonsi, que estaba pendiente de lo que quedaba de su coche, atendía mil y una llamadas de teléfono… ( …)



                                                                                 *****


¿Que nos deparará la vida?   ¿¡Quien lo sabe!?

¡Por el momento, a bailar! Os dejo con una canción  muy pegajosa de Alaska y los Dinarama, para que os ayude a marcar el paso.




¡Hasta la próxima entrada!

jueves, 26 de marzo de 2020

Con la muerte en los tacones. #loscuentosdeflora


¡Bienvenidos!

¡Menudo título se me ha ocurrido así, sobre la marcha!  

Lo cierto es, que hemos de quedarnos en casa por la pandemia.  Mas días de los previstos. Doblar los días de reclusión, colmará la paciencia de todos nosotros, pero hemos de resistir y  ser creativos y más pacientes aún. Cualquier incursión indispensable como ir a comprar alimentos, a la farmacia o salir fuera del hogar para trabajar si es inexcusable, puede propiciar que llevemos la infección a nuestros hogares y contaminemos a los nuestros, donde quizás en  algunos casos tengamos personas de alto riesgo, sea porque tienen enfermedades previas, o por la edad, como son abuelos, padres, etc.
Por ello hay que extremar las precauciones.  Cada cual se aplique lo que mas le guste, pero sin entrar en pánico, por favor.  
¡Estar alerta en serenidad puede ser la mejor actitud! Nos parece que no pueda pasarnos a nosotros, pero lo cierto es que cualquier complicación en las personas de riesgo, y en jóvenes asintomáticos puede derivar en una situación indeseable.  No menospreciéis todo esto y cuidaos de los vuestros y a vosotros mismos con las medidas de prevención que difunden los medios. 

Nada mejor que ironizar las circunstancias dándole un matiz peliculero, bien podemos sentirnos de una manera exagerada,  cuando entramos en casa, así: Con la muerte en los talones. O en los tacones...


Cary Grant 


Sí. ¡Vaya mirada!  No me cuesta nada imaginar a Cary Grant  corriendo  con tacones por aquella carretera desolada…  ¡Era capaz de llevarlos con elegancia!
Dicho esto, en estos días en que procuramos ocupar las horas ociosas por el confinamiento en nuestros hogares, muchos de nosotros hemos tirado de Netflix o de películas de DVD, porque en la TV, es mas de lo mismo todo el día y hay que desintoxicarse de tanta repetición informativa.  Es esencial leer, hacer puzzles, costura, deberes, pachwork, crochet, pintar, dibujar, jugar con la play...

De vez en cuando me gusta reencontrarme con esas antiguas producciones de la época dorada del cine moderno, repletas de escenarios, platós e imágenes superpuestas y como no, con actores y actrices emblemáticos y famosos que recordamos de manera entrañable por su elegancia, como Cary Grant, por su buena actuación como Catherin Herpburn, por su excentricidad en el caso de Groucho, o por su carisma y su mirada, como Paul Newman…  A veces me pregunto ¿cómo podían gustarnos esas películas geniales para la época, pero tan simples  y de cartón piedra a veces?  Con el paso del tiempo ya no las vemos de la misma manera… 

No obstante, ayer disfrutamos en casa de la película Con la muerte en los talones de Alfred Hickot. Al nombrarlo no puedo menos que recordar una de sus mas emblemáticos y controvertidos films: Psicosis.  Esa película también marcó una época cinematográfica y en nuestra mente se quedó fijada la silueta de aquella casa en la colina, creación de los Universal Estudios, las cortinas y aquella rubia en la ducha. Pero sin duda, la estridencia de aquellos sonidos que, cual puñaladas, se nos grabaron en la mente… Sin duda son la mejor presentación de la película.

Fue a raíz de ésta, que se me ocurrió, hace ya algunos años,  hacer un relato al que puse un título  irónico y que incluí en mi libro #EntreTRENimientos y que  comparto  hoy con vosotros.  

Amenizaré  el relato con la música de Youtube free Library, de Aaron Kenny , titulada "Happy Haunts",  que incluí  como introducción en el título y que está incluído en el audiolibro  de EntreTRENimientos que está disponible en  mp3 en www.sonolibro.com 

¡Que lo disfrutéis!


   


Audio. Agradecimientos a Aaron Kenny, autor de esta melodía.



LA VIUDA DE HICKOT

Ana Sicosi pasó de nuevo el plumero sobre los estantes de cristal y las figuritas, que apenas hacía diez minutos había repasado por enésima vez. Anduvo por todo el pavimento contoneando las caderas, pues arrastraba con los pies unas gamuzas para abrillantar el suelo —que lucía ya como un espejo—, escudriñándolo obsesivamente para recoger cualquier minúscula pelusa que pudiera haber con una cinta adhesiva. Luego repasó una pequeña arruga que había en el cobertor de la cama, y volvió a alisarlo con las manos. Colocó el despertador en un ángulo adecuado, como para ver perfectamente la esfera desde la puerta, y exclamó:
—¡Perfecto!
Seguidamente se fue a la cocina para preparar la comida, cortando a cuadraditos las verduras. Pasó la bayeta por la encimera a cada gota que caía. Limpió y relimpió las copas de cristal con un paño, y puso su mantel preferido, el de color blanco. Contempló aquel comedor impoluto y revisó la mesa repleta de alimentos, colocados simétricamente. Se quitó el delantal y se lavó las manos. Cogió la ropa del galán de noche, y retiró un cabello rubio del hombro del jersey, llevándolo como si fuera algo apestado, a pesar de que era suyo. Fue hacia el baño y tiró aquel pelo en el váter; y volvió a oler insistentemente el jersey que se había puesto limpio por la mañana. Finalmente, lo echó en el barreño de la ropa sucia. Y se duchó. Se peino y repeinó. Se maquilló y se vistió para la ocasión con un vestido granate que ceñía su largo talle. Y se lavó las manos.

¡Ding Dong!
—Hola, Alfred. Llegas puntual. Eso es nuevo. Pasa.
—¿Que tal estás, Ana? —dijo con la habitual mirada templada que emitían sus negros ojos.
—Bien. Dame el gabán. Y no me mires así, que sabes que no lo soporto —dijo ella con una actitud inflexible.
—Pues sí, he venido con tiempo. Traigo los papeles del divorcio, tal como quedamos.
—Sí. Ya he visto que no los has olvidado —dijo ella con ironía—. Hablamos luego de la cena.
—¿Y estos trastos? Parece que estés de mudanza —dijo extrañado, mirando inquisitivamente hacia un armario grande, una butaca de piel, un par de maletas y una bolsa de viaje que estaban colocados en el rincón del amplio recibidor de aquella antigua vivienda.
—Estoy esperando al transportista. Me voy un par de meses a mi casita de la playa.
—Te irá bien distraerte un poco.
—Lo que tú digas —le contestó secamente.
—Uff —resopló Alfred, fatigado por la férrea actitud de Ana, que persistía en aquella sinrazón.
—No es distracción lo que necesito —le contestó enrabiada.
—Es mejor para los dos que esta situación se acabe, Ana —dijo, conminándola a que razonara—. No tiene ningún sentido seguir ligados por los papeles. Ya hace meses que no vivimos juntos —insistió, ansioso por acabar con aquella pesadilla, como le había recomendado su abogado.
—Eres tú el que lo ha querido acabar, liándote con esa. Yo era un ama de casa felizmente casada —dijo dolida.
—Anda va, no empieces. No quiero discutir. Sabes de sobra que lo nuestro se acabó hace tiempo —dijo en un tono zalamero—. Esto no es una guerra. Se acabó y ya está.
—Lo que tú digas, —añadió ella con su habitual retintín.
—Hubiera sido mejor vernos en un restaurante, como te propuse. Quizás hubiera sido más fácil para ti el hecho de que habláramos en un lugar neutro.
—No es fácil de ninguna manera, puesto que yo no he buscado esta situación —recalcó mientras recogía un mechón ondulado de su cabello rubio y lo fijaba con un par de horquillas en su moño—. Donde yo mejor estoy es ¡en mi casa! —añadió, cargando de intención lo que decía.
—Humm —susurró Alfred, mientras olía el aroma que emanaba del horno, en un intento de forzar un halago que suavizara la tensión creciente que se mascaba—. ¡Qué buena pinta tiene ese asado! Por cierto, veo que has cambiado la decoración. Has dejado el piso precioso. Toma, —dijo mientras sacaba un carísimo caldo de un estuche de gourmet—, es ese vino que te gusta tanto —dijo, intentando calmarla.
—Gracias. No tenías por qué traer nada. Ya hay una botella abierta en la mesa, para hacer una sangría.
—Esta es de una añada especial. ¿Dónde está el sacacorchos?
—Ahí, en el primer cajón. Procura no manchar nada —dijo en un tono seco y peyorativo, mientras se lavaba las manos.
—Ya veo que sigues siendo muy exigente con la limpieza —dijo Alfred, recordando los sinsabores de su vida en común, por su constante obsesión por limpiar y limpiar sobre limpio—. Te dejo los papeles en la mesilla del salón, para luego, no vayan a mancharse —dijo, para dar pie a conversar sobre el tema.
—Sí, mejor será…


Qué insufrible ha sido convivir con Ana, pensó Alfred, mientras descorchaba la botella. Harto acabó de su maniático orden y de que todo estuviera controlado y en su sitio siempre. A todas horas. Todos los días. Año tras año. Tanto, que Ana nunca disfrutó de nada de lo que le rodeaba, incluido él mismo. Tan ensimismado estaba, que le dio mil vueltas a aquel artilugio de metal y cayeron al suelo unos trocitos de corcho. Miró de soslayo a su todavía consorte, Ana lo estaba mirando fijamente, y sus ojos cambiaron su expresión y se enrojecieron de pura rabia al contemplar aquella sucia escena. Frunció el entrecejo y apretó sus mandíbulas, en una mueca espantosa. Alfred se puso nervioso, consciente de que Ana iba a montar en cólera de un momento a otro, pues esta situación no era nueva para él.
—Lo siento. Ahora mismo lo recojo —dijo azorado, mientras acababa de descorchar la botella.
¡Dup!
Pero una gota de vino salpicó el blanco mantel. Y Alfred oyó tras él la iracunda voz de Ana, que, fuera de sí, precipitó un rápido e inesperado desenlace para él.
—¡Pero qué torpe! Seguro que a ella no le manchas el mantel —gritó enajenada.
En ese momento, Ana troceaba matemáticamente, con mal talante y con un afiladísimo cuchillo, los cítricos y las frutas para la sangría. Súbitamente, dirigió una mirada sesgada hacia Alfred, que estaba de espaldas a ella. Levantó su brazo con inquina y, abalanzándose sobre él, emitió con rabia un sonido gutural:
—¡Arrg!
—¡¡Aaaj!! Ahhh. Pero ¿qué haces? —gritó Alfred al sentir un fuerte golpe en la espalda que le hizo caer de bruces, sin saber qué le estaba ocurriendo.
Alfred intentó levantarse, pero Ana le trabó las piernas, por lo que su todavía marido volvió a caer. Ana, desde atrás, levantó el cuchillo una y otra vez, descargándolo con una fuerza inusitada en su costado.
—Ahh Ahh, Ahhjjj —jadeaba Alfred, con una respiración entrecortada—. ¡Ana! ¡Déjame! ¡Sueltaaa, cabrona! gritó, mientras forcejeaba con ella para tratar de inmovilizarla.
Pero una certera puñalada le quitó el resuello y las fuerzas. Alfred se ahogaba…
Ana Sicosi se separó súbitamente de él, dejando el cuchillo clavado y mirándolo fijamente. Impasible y en silencio; un silencio tan solo interrumpido por un hondo jadeo. Y luego suspiró. Ana se limpió la mano ensangrentada bajo el grifo, secándola con un paño de cocina que colgaba de su delantal. Y se quedó esperando, sin dejar de mirarlo.
En un arrebato de dolor, Alfred —que había logrado apoyarse en la encimera de la cocina— llevó su mano al costado y esta quedó teñida de sangre. El rojo líquido fluía a borbotones y chorreaba por su camisa y pantalón hasta sus pies.
—Ahhsssh, Ana. Annn… —masculló Alfred con un hilo de voz, mientras extendía débilmente su mano hacia ella, desplomándose en el suelo.
Sin fuerzas ni para hablar, un resuello escapó de los labios de Alfred al brotar un chorrito de sangre de su boca. Un sonido sibilante delató la gravedad de la herida infringida. Miró a su esposa, implorándole auxilio.

Ana estaba de pie, seguía impasible frente a él. Y lo miró con desdén. La lánguida mirada de Alfred pareció revivir súbitamente, pues sus pupilas se dilataron. Pero esto fue el anuncio de un inminente y fatal desenlace. Luego, su mirada se apagó y sus pupilas vidriosas quedaron fijadas en su asesina.
Ana, imperturbable y con una parsimonia espeluznante, se puso unos guantes, un mandil más grande y unas zapatillas. Cogió un par de rollos de servilletas de papel para empapar y recoger el charco de sangre que rodeaba el cuerpo inerte de Alfred. Tiró el papel ensangrentado al cubo de la basura, el cual había puesto a su vera, para evitar cualquier desaguisado, ya que no podía ensuciar nada. Con cierto reparo, apartó el brazo de su consorte y cogió el mango del cuchillo, sacándolo limpiamente. Lo dejó en la pica de la cocina. Y lo lavó. Y se lavó las manos. Se quitó las zapatillas y fue a buscar, descalza, una gran alfombra que guardaba en el armario que había en el recibidor. Volvió. Se puso las zapatillas. Hizo rodar el cuerpo de su marido. Acabó de enrollar a Alfred en aquella tupida mortaja adamascada, y enfundó los extremos del siniestro rollo con unas bolsas de basura; y los precintó con cinta americana. Fregó y refregó el pavimento. Y se lavó las manos. Puso una lavadora con la ropa manchada de sangre, rociándola previamente con agua oxigenada. Acabada la tarea, se volvió a duchar y se cambió. Con paso firme, anduvo hacia la mesilla del salón. Entonces cogió los papeles del divorcio y los rompió en mil añicos. Y los tiró al váter, mirando complacida cómo desaparecían con el remolino de agua. Y se lavó las manos. 

Un olor a requemado la rescató de su ensimismamiento y le hizo mirar hacia el horno…
—¡Maldita sea! —exclamó con rabia, apretando las mandíbulas.
Una vez apagado el horno, se sentó a contemplar a su difunto marido, convenientemente empaquetado, y dijo indignada y en voz alta:
—¡Ya sabía yo que me ibas a fastidiar la cena!





¡Hasta la próxima entrada!

sábado, 13 de octubre de 2018

Y Narciso cayó al agua...

¡Bienvenidos a esta nueva entrada!

Ha sido un largo paréntesis sin escribir en el blog. He tenido que aparcarme un tiempo para lidiar con asuntos propios y para  escribir, pues estoy acabando mi  última novela. No doy abasto. Y además caí en las redes…  ¡Nunca lo hubiera imaginado! Cuando no es el teléfono, es contestar los mensajes de Facebook, y cuando no, Instagram o el mail.   ¡Hasta aquí he llegado! ¡No puede ser!





    Aparte de la época estival,  que propicia estos parones veraniegos, las redes nos enredan —valga la redundancia—  y  nos comprometen, porque hay que contestar, —por interés y por  cortesía—.  Pero tras esta época  frenética y novedosa  en que he debutado en ellas, he llegado a la conclusión de  que tengo que administrar un tiempo determinado para estos asuntos sociales y publicitarios. Se hace necesario  que administre mi tiempo de otra manera. Por salud mental, familiar y social.

Estos medios tecnológicos son estupendos, magníficos para relacionarnos y saber de los demás  e intercambiar opiniones y compartir afinidades; también para  dar a conocer nuestros proyectos, pero como diría mi abuela,  al final nos sorben el seso.  Y aún mas. Los ojos. La mirada. El pensamiento.

He descubierto  tras utilizarlos,  que mucha gente vive de las imágenes, como las abuelas que van a la peluquería y solo pasan las hojas para ver las fotos y no leen. En ellas lo entiendo, pues tienen deficiencias visuales y solo miran.    Pero…. ¿y los jóvenes y de mediana edad?  Apenas  leen. Ni ha dado tiempo a que acabara de colgar algún post con parrafada incluida, y ya tengo varios me gusta. ¡No les da tiempo de leerlos!  Valoran la imagen. Lo que  miran:  fotos, stickers , gifs  y vídeos. Los clics son compulsivos. A mi también me ha pasado.  Afortunadamente también se cuelan  en las redes escritores, poetas y artistas, agencias de viajes y páginas de naturaleza y ecología, de manualidades. Y así se hace mas ameno. Y también  mas adictivo…¡¡Allí encontramos todo lo que queremos.!!



Me preocupa profundamente que  en las nuevas generaciones hay grupos numerosos de jóvenes y no tan jóvenes, que parece que solo están pendientes de acumular seguidores, y conseguir me gustas.  Su interés principal es hacer  movimientos repetitivos ,  fotos  enseñando la lengua, o parte de su cuerpo,  haciendo muecas para acumular  todas —las Kas—  que puedan para destacar en el ranking de seguidores. Eso es vital. No hay vida mas allá de los seguidores.  No tener muchísimos seguidores supone un fracaso social y personal. 

En mi reciente debut en Instagram,  hace unos meses, me he quedado estupefacta  de encontrar páginas en las que solo hay fotos-fotos- fotos -fotos -fotos, del cuerpo serrano. Y está bien. Hay mucha gente guapa por el mundo y es agradecido mirar un cuerpo hermoso. ¡¿Y que más?!… Porque sería bueno que  hubiera algo mas. Entiendo que los que son modelos tengan la casa, la Oficina, y todas sus páginas virtuales empapeladas con sus fotos, pues viven de ello.

Pero la gente joven que esta estudiando -o no-, que dedique  la mayor parte de su tiempo libre a confeccionar estos looks, para obtener el selfy mas fashion para obtener miles de me gustas,  sin mas motivación que esa, me parece incluso peligroso. O que algún ministro/a, esté en el congreso jugando o mirando una pantalla, en vez de atender, ya es el colmo. 

                                             
La recompensa constante—ante ningún esfuerzo mas, que  el de buscar el tiempo necesario y el escenario idóneo  para hacer la foto—, para recibir una aprobación continua, y una demanda  de atención continuada las veinticuatro horas, probablemente modularán  una baja tolerancia al fracaso.   
Regalarse los oídos —o en este caso los ojos—, ante tanto corazón y ante tantos likes4likes difícilmente proporcionará elementos de contraste  y de maduración en estos jóvenes que quizás no  toleren o no encajen los — ya no me gustas, —o—,  no voy a estar pendiente de ti todo el día.

Es fácil acostumbrarse a que la gente se vuelva adicta a tí y a tus cosas. Pero  puede  alimentar una falsa autoestima.  Si uno necesita de la aprobación constante de los demás para sentirse bien, —y con el agravante de que es solo imagen lo que muestras— me parece que si es el único,  no es un buen camino.


                                   

Puede ocurrir que cualquier  circunstancia ajena, fortuita o accidental rompa el efecto espejo. Incluso una gota de agua, interrumpirá esa contemplación  y moda fashion y las ondas distorsionarán esas fotos que hacemos o contemplamos  con una asiduidad enfermiza. 
¿Como afrontarán la distorsión de su imagen estas nuevas generaciones,  con la evolución y el desgaste de la edad o con las modificaciones naturales, como pueden ser el embarazo y la lactancia si solo  han centrado  si interés en una figura perfecta? 

Preferiría pensar que bien, pero podría resultar ser una fuente de dificultades y frustraciones. Los educadores, padres y maestros no deberían perderlo de vista.  Y esto lo comento  expresamente porque me quedé pasmada escuchando la  conversación de unas jóvenes adolescentes: completo rechazo a la maternidad y a la lactancia, porque —como decían— es un rollo y un pestiño lo gorda y deformada que se pone una. Que se embarace otra por mí,  fue la joven mas contundente, pues no se refería a ningún problema de fertilidad, sino por una cuestión meramente estética.  Tengo en cuenta que eran adolescentes —que es un parámetro a tener en cuenta—, pero da que pensar.

En estos meses  también he observado las  fotos, escenas y vídeos que se cuelgan y  que me llevó a reflexionar  sobre la intimidad que se comparte en las redes. Encuentro muy desafortunado el que se comparta casi todo en las redes.  ¡Todo no, por favor!  Cada uno tiene su intimidad, sus momentos, su privacidad.  Se desvelan así datos, vivencias, relaciones, estados de ánimo y otras cosas que no deberían de concernir a esos "amigos", que no son tal.  Y que si lo son, además lo está "mirando" mucha mas gente de la que no tenemos cons-ciencia.  

Aquí también  quiero hacer una mención especial. Encuentro una perversión de la palabra amigo en las redes.   Afortunadamente,  se va distinguiendo con  la palabra "seguidores"… Amigo no es cualquiera que ha visto una foto y le gusta. La palabra conocido, está en desuso.  Conocer " de vista", conocemos a mucha gente.  Pero un amigo es algo más. Y buenos amigos solemos tener pocos. Tenemos seguidores, contactos y afinidades. Conocidos. Colaboradores. Compañeros. Amigos. Familia. Y cada cual tiene en valor,  un espacio y unas necesidades; un tiempo de dedicación diferente…  También es cierto, que  las redes han proporcionado contactos que luego han acabado en una buena amistad.  Cada cual saque sus conjeturas.

El tiempo de dedicación…. Un handicap.   Precisamente,  justo  he comenzado un proceso de racionalización y de organización del tiempo que dedico a cada una de las redes con las que  me relaciono… ¡Que distorsion social y familiar!   ¡Vale la pena reorganizarse y reencontrar esas miradas de nuevo! Estaban ahí..., pero estamos tan distraídos mirando la pantalla del móvil, que no nos damos cuenta...



Encontráis  que falta algo al lado de la taza de la imagen?  El móvil, por supuesto. No está.

¡Fuera móviles en la mesa  mientras comemos! No interrumpamos la atención que prestamos cuando estamos hablando con alguien in situ…cara a cara.  Es lamentable que la influencia de las redes nos interrumpa continuamente con nuevos mensajes y posts.  Porque nosotros lo permitimos. Porque nos dejamos llevar por la compulsividad de contestar la llamada o el aviso del tweet, el Fb o instagram.   ¡Fuera móviles de la mesilla de noche en la habitación!  Fuera zumbidos. No es saludable, ni orgánica ni mentalmente.  La calidad de la relación que establecemos con los demás es esencial.  Y el tiempo que nos dedicamos a nosotros mismos también.

El silencio es importante. Nos ayuda a relajarnos, a reflexionar.  Existen estudios que dicen que el cerebro necesita un mínimo de silencio cada día.  Dosificar el uso del móvil y la dependencia que tenemos de esta maravilla de la tecnología es muy aconsejable.  Disminuir el estrés que nos impone el frenesí y el estrés de la vida cotidiana, saturando los pocos momentos en que no estamos pendientes de algo, es ínfimo. Necesitamos un ratito de silencio, de ocio, de no hacer nada. Silencio. 

La inmediatez en las repuestas telefónicas, los wtsps, audios, tweets, Faecbook e Instagram, se ha convertido en una frenética actividad que tiraniza nuestra vida cotidiana.  Secuestran nuestra atención y nuestro bienestar. Desbancan al confort……¿Seguro?

 ¡¡Mentira!!  Precisamente su peligrosidad está en que aprendemos a sentirnos confortables en este bullicio y frenesí compulsivo.  Precisamente — el disconfort—  llega cuando no tenemos el teléfono a mano, cuando no nos llaman, cuando no tenemos ese contacto virtual habitual.  Es  entonces  cuando nos ponemos ansiosos y nos sentimos vacíos. Nos falta algo.  Desorientados  ¡¡No podemos hacer nada!! ¿Es esto normal? No.
Esto también me ha pasado a mi.  Y por ello no he podido menos que reaccionar  a tiempo y reflexionar sobre todas estas circunstancias.  Y compartirlo con vosotros. No queda otra que acotar los tiempos y administrar bien los afectos. No es fácil, pero se puede.

Solo un par de recomendaciones mas:

Si lees, des-movil-izate.  Si charlas con alguien, des-movil-izate y préstale atención. Y  sugiere que haga lo mismo.   Si escuchas música o ves una película, disfruta de ella y des-movil-izate.

Y así como es bueno movil—izarse para realizar acciones y actividades  sociales e interesantes,  para poder hacer otras es  necesario "des— movil— izarse".


"Cons-ciencia tu vida".  "Consciencia tu tiempo".  Preserva tus momentos de intimidad para contigo mismo y para con los demás.  Acota el tiempo  que dedicas a  las redes.  ¡Es saludable!

En fin, la entrada de hoy  ha sido un reencuentro con los lectores que seguís mi blog.  Pude conciliarme con las redes y con otros vericuetos que no vienen al caso…


Aqui os dejo mi pagina de Instagram por si os apetece curiosearla,  😏pero no abuséis…  

@florasmithbcn

#cons-cienciate   #des—movil—izate   #pon-cota-a-tu-tiempo-en-las-redes


¡Hasta la próxima entrada!