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miércoles, 3 de junio de 2020

#loscuentosdeflora


¡Bienvenidos de nuevo!


Dado que aún estamos en estado de alarma y no hemos retomado nuestra actividad normal—aún—,
he pensado en  editar en el blog algunos escritos que hice, avuelapluma,  en mi página de Instagram @florasmithbcn para amenizar  este tiempo  en que  sufrimos de un cierto tedio. La verdad que todos estamos cansados ya de este ritmo de inactividad, pero no tenemos que bajar la guardia; es necesario que tengamos un poco mas de paciencia para finalizar con ciertas garantías que esta pandemia no nos vuelva a sorprender de manera indeseable. Sabemos todos que  habrán  rebrotes  y picos de infección   pero hemos de saber manejar nuestra vida para   minimizarlos y acotarlos, manteniendo distancias y protegiéndonos unos a otros con el uso de las mascarillas.

Como estos escritos son breves y, los hashtags sobre quedarse en casa  y sus sinónimos ya nos hartan, he decidido titular esta entradas con  #loscuentosdeflora, confiriéndoles así  un matiz  mas cálido. Quiero matizar que no son cuentos propiamente, sino reflexiones, microrelatos o anécdotas contadas en prosa, en los que me apeteció crear una atmósfera intimista.


Gracias por vuestro seguimiento. Espero que los disfrutéis.


AVUELAPLUMA

                                                      Imagen de  Pixabay 


La muchacha trabajaba como pinche en la cocina de Hard Castle, bajo las órdenes de la cocinera, la señora Cuk —una mujer rotunda y afable—,  que bregaba con aparente severidad, con los chiquillos que le enviaban del orfanato, pues se hallaban hacinados y era costumbre que  algunos de los que estaban sanos, fueran acogidos por  alguna ama de llaves compasiva en  los muchos castillos de la rica comarca, donde los mantenían a cambio de  su colaboración en los trabajos de las caballerizas, la cocina y la lavandería. Los mas correctos, agraciados y obedientes pasarían años mas tarde al servicio de aprendices, auxiliando a mayordomos y  doncellas.

Así pues, los niños ayudaban en el día de mercado, traían la leña par los fogones y baldeaban la cocina a cambio de un plato caliente y algún chusco de pan.
El pacto del Sr. Purple —el dueño de aquella mansión escocesa— con el orfanato, fue recomendado por la ama de llaves —una mujer  de expresión adusta, con un moño repeinado y vestida de negro hasta los botines, cuyo perfeccionismo crispaba al mas pintado; la Sra Cuk no soportaba su talante tajante y drástico y siempre que podía disimulaba  o callaba las pequeñas picardías de aquellos niños hambrientos, también de cariño.

En el orfanato les habían puesto unos nombres horribles: a los gemelos, Arsénico y Bromuro, y Dolores y Angustias  a las niñas , por lo que la cocinera, les adjudicó a los niños un mote cariñoso, que, a modo de juego, los niños aceptaron de buen grado y que se basaba en alguna característica peculiar de cada uno de ellos.

Y así llamó al mas menudo de los mellizos— el pelirrojo—: Shus, porque le gustaba probarse todos los zapatos que el mayordomo ponía en fila para abrillantarlos, y a su hermano, lo llamó Grin, porque le gustaba usar y revolcarse en la hierba.  A la niña mediana le encantaban las magdalenas y ayudaba a la cocinera con la repostería, y por ello, le puso Keik. La niña más mayor era una adolescente rubia que solía quedarse embobada  con la mirada perdida, soñando, cuando  miraba el cielo o El Valle. Le gustaba mirar los pájaros en silencio, mientras tendía los manteles. Su mayor ilusión era leer las recetas de cocina, el periódico atrasado y algún libro de la biblioteca que su coetánea—Nice, la hija del señor Purple, le prestaba a escondidas de su padre.
La huérfana aprovechaba sus escuetos ratos de descanso para salir al jardín trasero—el del servicio—, para leer, tendida sobre la hierba. La señora Cuk, se asomó a la puerta y secándose las manos con el largo mandil, se ajustó la cofia sobre sus cabellos plateados; y contemplándola, sonrió. Y la llamó Sosiego.

                                                                     *****

LOVESTORY

— De bizcochos y croquetas—.
( Créditos históricos y agradecimientos a quien corresponda)




Sabido es, que el origen del bizcocho se remonta a los tiempos de Ramsés y que las pirámides guardan su receta original. Aunque, no sería hasta el siglo XIII cuando se elaboraría con esta textura esponjosa con que lo conocemos hoy y que dicen que inventó una cocinera francesa, para deleite de un miembro de la realeza rusa que vivía en Francia.

Tambien servidas ante el rey Sol, las croquetas, quizás inventadas por el cocinero francés Luis de Bechamel—aunque algunos las atribuyen a los italianos—, fueron una delicia para el paladar y que fueron también reseñadas por escritores como Alejandro Dumas—al que imagino ensartándolas con un florete— y que también incluyó en sus recetas, nuestra Emilia Pardo Bazán.

Mas allá de las cocinas de la realeza y de los ingredientes empleados—sin duda la base de tal exquisitez—, quisiera, no obstante, hace hincapié en la importancia social de tales manjares, pues seguramente se debió a la afición de las cocineras de cada hogar.
Probablemente fueron las mujeres las que supieron divulgar la regia receta, pues sabido es que entienden del aprovechamiento de sobras, carnes y cocidos; generosas en la adición de  harina, leche y huevos, impregnaron sus manos cálidas con aquella masa con la que alimentaron con cariño a sus infantes desnutridos y a sus ancianos desdentados.

Aquellos bizcochos y croquetas permanecieron en el recetario familiar hasta nuestros días, y en cada generación medraron  guardadas en un cajón para, correr la receta de boca a oreja en las cocinas, al calor de los recuerdos de una entrañable historia de amor...

                                                                           *****




     Agradecimientos a Pixabay / autor/a: Nak/Nak/Nak


Hablando de cocinas, ¿sabíais que en Irlanda del Norte—en  el condado de Leitrim—,  existe un castillo muy interesante? Es el castillo de Dunluce, —el de esta fotografía—.
La Cocina  se derrumbó en el siglo XVI y se despeñó a plomo por el acantilado, a causa de una falla en la base del acantilado de basalto, provocada  seguramente por los envites del mar. Cuentan las leyendas, que solo sobrevivió el pinche de La Cocina...

 ¡Para que digan que La Cocina no tiene riesgos!


¡Hasta la próxima entrada!







lunes, 6 de abril de 2020

Maridaje. #loscuentosdeflora



¡Bienvenidos!

Estos días, añoramos las miradas  al horizonte, al mar, a las montañas, a las alturas; nos gustaría quizás contemplar el cielo.  Estamos confinados entre cuatro paredes y  en un espacio reducido, solos o acompañados. Además tenemos que hacer algún ejercicio físico y  distraernos y nada mejor que bailar al son de una música que nos guste… Suerte que tenemos las pantallas del pc, del móvil y nos conectamos con videollamadas o vemos películas y reportajes. Pero sobre todo, tenemos libros para leer. Para viajar con la mente. Poder aislarnos del medio que nos rodea y zambullirnos en una historia es mágico… 

El título alude al maridaje del relato de hoy, en que una famosa obra de Manuel de Falla, fue interpretada por el maestro Paco de Lucía, con su guitarra y su sentir. De ella, precisamente, también extrajo  los sonidos de una de sus mejores melodías: Entre dos aguas.  Fue aquella tarde de Febrero en que la noticia de la muerte de Paco de Lucía me  provocó gran tristeza. En aquella época estaba realizando un curso de escritura creativa de el Aula de Escritores de Barcelona y quizás el destino, quiso que el profesor nos repartiera una foto para que, inspirados en ella compusiéramos un relato.  Mientras regresaba en el metro hacia casa, la melodía acudía a mi mente. Y una vez en el estudio, como en un arrebato, sin pensar siquiera, las palabras fluyeron como el taconeo, como las castañuelas, como el contoneo del baile.. Y, teniendo que acabar el relato, al que había puesto cota mi mentor, no pude menos que darle una salida al mar y al horizonte, como puerta a la libertad…



Algunos relatos resultan ser un respiro para estos días de encierro.

AMOR BRUJO  Y  DUENDE  EN LAS MARISMAS

Blanco y negro. Alegría y duelo. Juventud y vejez. Tradición.
Rocío de Falla besó aquella entrañable fotografía antes de salir al escenario, como tenía por costumbre. Retocó el carmín de sus labios y, mirándose al espejo, atusó la rosa que estaba prendida en su moño, como colofón a su atuendo. Cogió las castañuelas que había sobre el tocador y, moviendo con gracia la pierna, apartó la cola del ajustado vestido negro. Respiró hondo, pasó sus manos por el contorno de su talle, recomponiendo algunos volantes que habían quedado mal puestos. Cogió la foto de nuevo y la volvió a besar. Junto a ella, dejó un sobre en el que ponía: para Madre. Y se dirigió a la puerta que daba acceso al tablao.
Paco, el de Lucía —el maestro—, la esperaba en el escenario tocando su guitarra, desgranando con su alma y con sus dedos inquietos el arpegio de unas dulces notas que improvisó, como tenía por costumbre, para entretener al público, siempre impaciente. Y se hizo el silencio. La tarima rebosaba duende. Bajo la amplia frente, los oscuros ojos del músico toparon con la mirada cómplice de Rocío, que al instante adoptó la emblemática pose.
Dap, dap, dap
El chasquido rítmico de los dedos quebró el instante y el aliento. Los brazos de la bailaora se alzaron en un alarde de poderío, y las castañuelas comenzaron a claquetear rítmicamente:
Clap, rac, clap
El espíritu de Paco y sus sentimientos fluían cuando cerraba los ojos, haciendo vibrar con sus ágiles dedos aquellas cuerdas, a las que extraía —unas veces con ímpetu y otras con armonía, pero siempre con encanto— la brevedad del tiempo, al que robaba el intervalo suficiente para poder disfrutar de la magia de aquellos sonidos. La intensidad que irradiaba su rostro sudoroso y contraído —en esa enajenación que posee todo artista— hacía fluir con pasión la música que se desgajaba de su alma y de su guitarra, en una generosa ofrenda a la humanidad.
Rocío movía graciosamente los brazos en un efímero abrazo, con harta determinación y vehemencia, contorsionando sus caderas ante un amante invisible. Sus piernas se alzaron enérgicamente, una tras otra. Y dio una vuelta, y otra más. El repiqueteo de sus tacones retumbó en la madera in crescendo.
Ta, ta, ta. Taca, taca, tá. ¡Tacatacatá!
La música se fundía amorosamente con su danza. Su rostro ora erguido, ora cabizbajo, mantenía aquella mirada interior, perdida —precisamente para encontrarse con su sentir—; sus manos atrapaban el aire con el movimiento arremolinado y sinuoso de sus dedos. El talle estirado, flexible como un junco. Con el último taconeo, el moño se deshizo, liberando la melena cautiva que, enmarañándose con el sudor de su cara, fue atrapada al instante entre los labios, entreabiertos por el jadeo.
Pompóm, Pompóm, Pompóm 
El latido de su corazón inundaba el mundo, su mundo. El brillo de sus ojos se desbordó mirando al infinito, como en trance. Un último acorde arpegiado acarició su oído y sintió un escalofrío. Y se produjo el clímax. De nuevo la pose. Estática. Mantenida. De nuevo el silencio.
Aplausos, aplausos mil. El maestro, sublime como siempre, sonrió complacido con la humildad que le caracterizaba y con la mirada baja, como era su costumbre. Emocionado y sudoroso, rindió los honores a su guitarra, a la que amaba sin medida. Luego alargó la mano, rindiendo pleitesía a la bailaora. Como una llama ardiente, la mirada de Rocío retornó la cortesía del gesto, señalando al músico y aplaudiendo con fervor; con amor. Tras su sonrisa, un sentir vehemente y apasionado, que ambos compartían desde el alma. El público, entregado, se puso en pie y siguió aplaudiendo con entusiasmo.
¡Plas, plas plas!
—¡Bravo!
Cogidos de la mano, hicieron sendas reverencias al público enardecido, tras lo cual, cada uno se retiró a su camerino sin dilación.
Rocío, de vuelta al camerino, se miró de nuevo al espejo. Tras ella, una copa llena de un afrutado vino. Tomó un sorbo lentamente, paladeando el dorado cuerpo seco y liviano de aquel caldo de su tierra. Se refrescó y se dio un agua. Se cepilló el cabello. Y dejó resbalar por su cuello un par de gotas dulzonas de esencia de azahar. Cambió su traje por una blusa blanca y amplia, y se puso un pantalón de montar. Cogió un mantón para cubrirse y también las botas de cuero, aunque no se las puso. Salió sigilosamente por entre las casas del poblado, donde las peñas de la romería dispensaban, con gran algarabía, manzanilla y pata negra a discreción.

Blanco, negro y gris: caballos y jinetes. Rojo, azul, verde y amarillo: gitanas. 
Por entre las calles arenosas del pueblito, la gente reía y cantaba alegremente, desinhibidos por el efecto de los vinos de la mejor cosecha, reservados especialmente para esta fiesta.
Luces y sombras. Rocío caminó descalza, sintiendo el contacto de la tierra en su piel al hundirse sus pies en la fría arena de la calle, en la que destacaban las huellas de los cascos herrados de los caballos y las ruedas de los carros. Joselito, el hermano de su amiga, la saludó mientras sujetaba las riendas de los caballos al viejo travesaño de madera del porche de la casa. Luego colocó unas jarapas sobre el lomo de los caballos, pues acababa de desengancharlos del tiro del carruaje del señorito, y, diciéndole adiós, desapareció, conduciéndolos al interior de la cuadra.
Albero y blanco. Un jinete con traje campero, torera y sombrero gris, saludó a Rocío:
—Niñaa, ¡muy sola te veo esta noshe! Anda y sube a mi grupa —dijo con intención, pero sin llegar a reconocerla.
—Ande a sus quehaceres, buen hombre —respondió en voz alta, sin siquiera mirarlo.
El jinete espoleó a su caballo tordo en un alarde fallido, pues ella desvió la mirada, echándose por los hombros el mantón. (…)



Incluí  este relato en una antología propia: EntreTRENimientos, relatos para el trayecto. Disponible en tapa blanda, ebook y audiolibro.

¡Que lo disfruteis!






miércoles, 18 de marzo de 2020

La masía del Montserrat. ( Fragmento). #loscuentosdeflora

¡Bienvenidos de nuevo!


Hoy, EntreTRENimientos comparte con vosotros, otro relato entrañable para que disfrutéis en estos días de reclusión. Esta vez ambientado en uno de los macizos montañososm más emblemáticos de Barcelona, en los que precisamente hay un monasterio y algunos edificios—entre ellos las llamadas "celdas", un lugar  desde antaño dedicado para el recogimiento y la recesión voluntaria de peregrinos y penitentes y que hoy día también ocupan algunos turistas que buscan un lugar tranquilo donde reposar. La montaña mágica como la denominan los descreídos, capta la mirada de todo aquel que se acerca a sus dominios.


                                     Al fondo, la montaña del Montserrat. La montaña mágica.


Acompaño el  fragmento del relato con esta  foto que hice, cuando volvía con mi hermano de viaje y añado un vídeo que espero que colme vuestras expectativas, conozcáis o no la montaña. Ambos están incluidos en otra entrada del blog, pero he considerado adecuado integrarlo para dar a conocer dichos parajes para nos que no los conocen aún.

Espero que os gusten.         


LA MASÍA DEL MONTSERRAT

Una súbita ráfaga de viento arrastró algunas hojas rojizas y ocres por delante de los pasos de Andreu, arremolinándolas contra un margen de piedra que marcaba el camino que con ducía hasta la finca de La Viña Bona, que se divisaba en lo alto de una suave colina. Tras la masía se alzaban los bosques de pinos que vestían las faldas de la emblemática montaña de Montserrat. 
Bajo aquel cielo gris y amenazador, desprovisto de ave alguna, a lo lejos se recortaban, cimbreando como juncos, tres cipreses altísimos, erguidos junto a la casa, cuya visión alivió a Andreu, pues andaba cojeando y cansado de su largo peregrinar.

Los cipreses eran un símbolo de hospitalidad en aquellas tierras, y revelaban que sus habitantes le ofrecerían refugio por una noche y también algo que comer, ya fuera que lo necesitara por las inclemencias del tiempo o por las miserias de la vida. Algunas bandadas de aves, leyendo los negros cielos, se afanaban en cobijarse apiñadas y con las plumas estarrufadas para dormitar entre las frondosas ramas de los pinos, robles y encinas colindantes. La bandada de palomas propia de la casa aun revoloteaba en círculos para ocupar los recovecos y las tarimas que había bajo la techumbre de aque lla masía, que se alzaba al pie de la montaña mágica, llamada así por los descreídos.
La casa tenía varias edificaciones adosadas dentro del recinto amurallado: una para la vivienda de los campesinos, llamados payeses o masuvés, y otra para los jornaleros de temporada. También había un recinto para los corrales de aves y conejos, que estaban más a mano que el resto de la ganadería, cuyos establos estaban detrás, alejados del acceso principal a la finca. 

La masía se hallaba rodeada de campos segados y de bancales en barbecho, pero disponía también de cultivos de hortalizas y frutales hasta el mismo pie del Montserrat. Por las vertientes de la cara sur de la montaña se adivinaban algunos caminos empinados y sinuosos que se perdían por entre sus características rocas grises y romas, las cuales se alzaban como dedos entre la oscura vegetación que crecía entre sus grietas y recovecos. Sus diversos caminos ascendentes conducían, unos a las ermitas que habían diseminadas cerca de las cumbres; y otros al monasterio custodio de la virgen negra.
Los bosques por los que discurría el camino que Andreu Remensa había tomado para llegar a La Viña Bona, estaban bordeados por los pámpanos agostados, cuyas viejas cepas, ya vendimiadas, acogían en su robusto pie a los tordos y mirlos que picoteaban con avidez algunos pequeños granos de uva diseminados. Más allá había numerosas hileras de grises y retorcidos olivos, que compartían vecindad con los troncos marrones de algunos almendros centenarios que estaban car- gados de frutos; tanto, que sus pesados vástagos, repletos de almendras, rozaban el suelo roturado y libre de hierbas; sobre ellos, los petirrojos lavanderas y mosquiteros saltaban ale- teando y picoteando la tierra a diestro y siniestro, en busca de insectos.
Los campos de olivos estaban custodiados por algunos márgenes de piedra, que confluían en un camino que se bifurcaba en tres ramales. En el cruce, tres tablas de madera clavadas en una vieja encina indicaban, en grandes letras cinceladas a fuego, las diferentes direcciones a tomar: a Can Gínjol y al Mas d’en Grau una; otra que apuntaba hacia el Bruc, La Viña Bona y Collbató. La madera de más arriba, que estaba atravesada en dirección contraria, indicaba la dirección a Esparraguera, Abrera y Olesa, siendo este un ca- mino más amplio, por cuyos márgenes medraban escaramujos, zarzas, ginestas y aliagas; y algún gínjol (azufaifo) solitario, cuyos rojizos frutos ya se hallaban en sazón.
Andreu enfiló, pues, hacia el camino de la casa de payés que le quedaba enfrente, La Viña Bona. Bordeando el pedregoso camino, se alzaban algunos olmos viejos, por entre los que partía una senda que descendía hasta un arroyo, cuyas aguas discurrían entre grandes piedras grises, chopos y saúcos. Entre pequeñas cascadas y remansos, las arenas acumuladas albergaban un arriate de equisetos, donde algunas torcaces y una bandada de estorninos se habían posado para beber, antes de emprender su migración.
La fachada principal de la casa estaba orientada al sur, con la antesala de una explanada de tierra rodeada por altos muros. Una verja cerrada daba la bienvenida, aunque con prevención, pues hasta hacía unos pocos años los franceses y bandoleros habían campado a sus anchas por aquellos lares.
A través de sus barrotes de hierro, Andreu Remensa observó que los tres cipreses sobrepasaban la altura de los tejados sobradamente; y que, dispuestos en hilera, mostraban la puerta principal de la casa señorial, la del amo, que lucía una gran arcada de dovela, enmarcada por piedra mampuesta de granito y arenisca, donde estaba grabado el blasón de la heredad.
La masía de La Viña Bona era muy antigua y estaba construida con los tejados a dos aguas, con unas paredes gruesas de adobe y tochos de terra cuita, que conformaban aquellas paredes de más de medio metro de grosor. Tal anchura era para resguardar a sus habitantes del frío y de las heladas; y también de la nieve que cada año coronaba la montaña, porque en inviernos muy fríos también nevaba en los valles colindantes. Y del calor estival. Las paredes lucían algunos desperfectos y numerosos agujeros, donde las abejas alfareras, siempre oportunistas, habían hecho su nido. Uno de los muchos impactos de bala que había en la fachada —hechos en la lucha contra el francés—, había destruido, bajo el bla- 
són, el año de su construcción, que presumiblemente pudiera ser anterior al mil seiscientos. Algunas ventanas de doble hoja se beneficiaban del calor del sol que, con su cotidiano itinerario, calentaba algunas estancias de la casa; las ventanas más pequeñas y de alféizar más profundo estaban en la parte norte, la zona más fría. Tras la casa, recortadas en el cielo, las cumbres grises de siluetas aserradas parecían sostener aquellas nubes tormentosas, que se cernían sobre la montaña y su comarca.

La masía estaba rodeada y fortificada con unos muros altos de adobe y de piedra en su base, a modo de cimentación, excepto en la parte trasera de la casa, que daba al norte. En ese lugar, unos márgenes de piedra similares a los que cercaban los bancales de olivos albergaban un recinto parcialmente techado, que estaba destinado a guardar los carros, el arado y la leña, y unos cobertizos y chamizos para acoger al ganado y la caballería.
El acceso a esta corraleta se hacía por la parte trasera de la casa, que lindaba con la cara sur del macizo montañoso, por donde se bifurcaban tres caminos: uno que llaneaba hacia la izquierda, hacia la aldea del Bruc, y otros dos, más empinados, que conducían hacia la montaña, por el camino de los Franceses, anteriormente llamado de los peregrinos, que llegaba hasta el collado del Migdia (del mediodía); y otro, más quebrado y serpenteante, conducía hacia las cumbres de pétreos dedos y también a peligrosos barrancos y grutas, a los que únicamente se podía llegar por algunos senderos abruptos, que solo los lugareños conocían y mantenían en secreto, como era el paso hacia una profunda sima a la que, siglos más tarde, se le llamaría el Cau de las Bruixas (guarida de brujas).
La parte trasera de la casa donde vivían los payeses, que estaba adosada a la casa del amo, comunicaba con el cruce de estos caminos a través de una abertura en los márgenes de la corraleta, que disponía de una cancela para proporcionarles comodidad a las entradas y salidas diarias que tenían que hacer con el carro para las labores del campo y para cuidar al ganado. 
Pero quedaba desprotegida, precisamente porque no quedaba a la vista del camino principal, y cualquier bandido o milicia podía salir del bosque y acceder a la casa sin ser vistos. Por este motivo, la puerta trasera de acceso a la casa de los masuvés disponía de un grueso chapado en hierro y de una cerradura.
Los muros de la masía presumiblemente se erigieron sobre el mil seiscientos cincuenta y cinco, un año después de que un brote de peste negra y la posterior hambruna diezmara la población de esta comarca pues el contagio se había producido, desde las poblaciones de Berga y Manresa. Los supervivientes que quedaron tuvieron que alzar estos muros para controlar el acceso a la casa y repeler las guerras y guerrillas posteriores, pues los payeses tuvieron que defender a capa y espada los pocos alimentos de que disponían, tanto de los ladrones como de las milicias, que, abusando de su fuerza y de sus armas a lo largo de los siglos, habían acabado con la vida tranquila y con la despensa de aquellas gentes de bien, que solo querían vivir en paz.
Cientos de años después, siguieron las guerras y revueltas, pues la paz, siempre efímera, no logró instalarse en el devenir de los tiempos más que por unas pocas décadas por cada siglo transcurrido. La peste, más misericordiosa, desapareció.
La dureza del trabajo y las condiciones que les imponían los amos, a los masuvés les exigían que vivieran —con mucha dureza, austeridad y esfuerzo— de la tierra que cultivaban con sus manos. Y las guerras, la peste y el saqueo tuvieron sus consecuencias. Los tejados de las casas de algunas fincas circundantes se habían derrumbado con el paso de los años, y muchas tierras quedaron abandonadas debido al diezmo de la población, provocado por las epidemias y por la hambruna; algunas familias enteras desaparecieron por defunción de todos sus herederos. Así se añadieron las tierras huérfanas vecinales —que estaban baldías y en barbecho— a algunas heredades. Los amos acumularon más riqueza y a los masuvés, los legítimos artífices de la riqueza de aquellas tierras, les supuso más trabajo, a cambio de lo suficiente para subsistir.

Andreu llegó por fin a la casa pairal. Detrás de la verja, algunos perros ladraron visiblemente excitados, alertando a los payeses de que alguien rondaba por allí.
Andreu dio unas voces.
—¡Ahh de la casa! ¿Hay alguien para atender a un peregrino?
Y esperó tras los barrotes de hierro pacientemente, entre los fieros ladridos de los perros, que acudieron mostrando sus dientes, yendo y viniendo hasta la verja y provocando una gran algarabía. Los pavos y las ocas —que presumiblemente se hallaban tras una corraleta de obra que había a mano izquierda— se pusieron a graznar, sumándose a los ladridos. Al poco, desde el fondo del patio, se abrió la puerta principal, y salió una mujer anciana, que gritó desde allí:
¡Redeu! ¿A quién busca usted? ¿Qué quiere?
—Busco refugio y algo de comer para reponerme, pues vengo andando y herido desde Esparreguera.
—¿Com diu? ¡Laiaaa! ... ¡Nena, vine! —gritó aquella mujer desgañitándose, mientras los perros ladraban más y más, metiendo el hocico y pateando el zócalo de hierro de donde partían los barrotes de aquella enorme puerta forjada. Y la anciana, haciendo caso omiso del recién llegado, se fue para dentro de la casa.
Aquel joven de tez morena, de mediana edad, alto y recio, observó el entorno con curiosidad. Apartó su largo cabello castaño del cuello con un pañuelo, pues a pesar del viento, el esfuerzo requerido para subir la loma lo había hecho sudar; y dejó su fardo en el suelo, sacudiéndose los pantalones de paño; se ajustó la faja negra sobre la camisa blanca y miró hacia la explanada de tierra del recinto, frente la fachada de la casa, donde estaban los tres cipreses. 

Del edificio adosado a mano derecha se oyó el chirrido de una puerta, y allí vio a una muchacha de estatura alta, que lucía una cabellera negro azabache, que acudía con ligereza llevando una canasta, pero que se dirigía a lo que parecían ser los gallineros. Alzando la mano, le dio una voz:
¡Voy enseguida...!
Dicho esto, desapareció de su vista.
Proveniente de aquel lugar, Andreu oyó el cacareo desesperado de las gallinas, que quedó sofocado por el estridente canto de un gallo, seguido de un alborotado revuelo y un fuerte batir de alas.
Un gallo asomó por la puerta tras la joven que salía apresuradamente, a la que el gallo embistió, adelantando los espolones de sus patas en el aire mientras revoloteaba. La muchacha se giró resuelta y, antes de que el gallo tocara su falda con las patas, le dio un escobazo. Cerró apresuradamente la media puerta del gallinero, dejando allí su escoba. ¡Por si acaso! Algunas plumas salieron despedidas por el umbral, balanceándose caprichosamente por el viento en su derredor, y algunas se posaron sobre el largo cabello ensortijado de la muchacha. El gallo revoloteó de nuevo, esta vez solo hasta el borde de la media la puerta, pero cantando como un descosido y batiendo fuertemente las alas, como recordándole que aquel era su territorio.
La joven caminó entonces hacia la verja. Vestía una prenda negra de punto con escote, cuyas mangas llevaba arremangadas hasta el codo, dejando ver la blancura de su piel. Sobre una falda larga, también negra, lucía un delantal a cuadros blancos y negros, en cuyo bolsillo abultado se adivinaban un par de huevos. En su mano izquierda traía sujeta por las alas a una gallina negra y rechoncha, con las plumas erizadas, que cloqueaba guturalmente su resignación.

¡Ves per on! Tiene un huevo atravesado —dijo murmurando contrariada. A la par que andaba, cogió la gallina y la sujetó a horcajadas contra su cintura; metió su dedo índice, que ya traía embadurnado con aceite, en la cloaca de la gallina y, haciéndole un masaje en el bajo vientre con la otra mano, intentó girarle el huevo.
Buenas tardes —dijo, limpiándose el dedo con un paño que colgaba de su delantal—. ¿Qué le trae por aquí?
Pues...
—¡Gos, calla, fuch! dijo enérgicamente al más grande de los tres perros, también él más en tolerar la presencia del forastero.
—Mejor así. Aunque veo tiene buenos vigilantes.
—Sin perros no se puede estar aquí. Usted dirá.
—Siento interrumpirla en sus quehaceres, pero quisiera alojamiento y comida por un par de días; necesito curarme una herida, además de refugiarme de la tormenta que se avecina, que presumo que va a ser de órdago.
—Panza de lobo, ha dicho el pastor, el aragonés. Sí. Una buena tormenta sí que caerá. Creo que viene con granizo, que pesan mucho esas nubes negras. ¿De dónde viene usted?
—Desde el Perthus, en la frontera. Aunque ya llevo días por aquí cerca, en Esparreguera.
—¡Verge santísima! Sí que viene de lejos. ¿Y adónde va? —preguntó la muchacha con curiosidad.
—Hice una promesa. Me llamo Andreu Remença. Me dirijo al monasterio en peregrinación —contestó, señalando hacia Montserrat.
¡Coi! Le queda un buen trecho todavía. Y una buena subida. Bueno, va. Pero algo me tendrá que pagar, que los amos no nos permiten acoger a rodamons, quiero decir, vagabundos, más de una noche, para que me entienda. Habrá de darme algo, aunque sea la voluntad, por el segundo día —dijo, mirando de arriba abajo a aquel hombre moreno de mirada profunda y serena.
—Es justo. No pase usted pena, que no le ocasionaré problemas con el amo. Tenga, un adelanto —dijo, sacándose un par de monedas del bolsillo de su chaleco de paño marrón, del que asomaba la cadena de un reloj…   (…)


¡Hasta la próxima entrada!















viernes, 28 de julio de 2017

Instintos básicos. #loscuentosdeflora


¡Bienvenidos de nuevo!


¡Vaya título el de hoy!  

Por cierto, remarco que está en plural, no nos vayamos a ir  por los cerros de Úbeda, esa frase tan coloquial que utilizamos en nuestro país.

Instinto, intuición, amor, coraje, supervivencia... ¡Que palabras tan vastas! Tienen un alcance enorme, al igual que la violencia. Cada cual cultiva la que puede, le dejan, o quiere; existe un dicho que dice que querer, es poder. Y a colación de esta última frase, quiero enfatizar que las madres se llevan el trofeo, la palma de oro, el Oscar y lo que se les ponga por delante en exponenciar la dimensión de dichas palabras.  


























   De ahí la frase:  "Madre no hay mas que una".


Evidentemente estoy pensando la mía y probablemente muchos de vosotros estaréis pensando en la vuestra. Podría estar hablando de ella días enteros, de su bondad, de su firmeza, de su perseverancia , de su clarividencia, de su buen hacer, de su capacidad de afrontar las adversidades, de su comprensión y  empatía, pero sobre todo, de su gran amor por sus hijos y  por sus nietos, por lo que nos sentimos muy  afortunados. Mujer, madre, maestra, amiga, esposa, abuela, organizadora, administradora,…, la lista de adjetivos  es muy larga. Más allá de las palabras está el amor  que emana de ella y que es correspondido por los que la queremos. Las emociones y los sentimientos tienen que expresarse. Tienen que fluir. Y nadie mejor que una madre  que esté en su sano juicio, para dar ejemplo con su actitud amorosa, pues es capaz de llegar donde sea para proteger a los suyos.

No soy religiosa, aunque ello no me impide apreciar que hay frases de oro en las diversas religiones del planeta. Hay una  que me gustaría enfatizar:  por sus hechos los conoceréis.  Las palabras  en demasiadas ocasiones se nos escapan fácilmente, impelidas por la intensidad de un instante de amor o de ira, de obcecación, de trivialidad, de confusión, de indiferencia, de excitación o por el agotamiento y el malhumor.  Pero los hechos y las actitudes importantes prevalecen, constatan y afianzan los lazos y los sentimientos. Nos dan seguridad y sosiego. Con ellos llegamos a buen puerto. 

No obstante, refiriéndome ya al título de la entrada, no todas las madres son así. Ni todos los padres. Solo hace falta ver las noticias. Hay días que provoca espanto y horror escucharlas. Madres que abandonan a sus hijos en un contenedor de basura, padres que los torturan y matan.  Lo aceptamos con cierto reparo cuando ocurre en el reino animal, pero no podemos entenderlo y nos horroriza cuando ocurre con los seres humanos. Y es que la palabra humanidad también es muy vasta, tanto, que hay días que pierdo de vista su alcance y me pregunto: Sócrates, ¿donde estás?

A pesar de ello, el instinto materno prevalece sobre la mayoría de las especies. Incluso algunas adoptan crías que han quedado huérfanas, ya sea en solitario o con el apoyo de la manada; la familia..



























No hay mas que observar lo  que ocurre cuando se intenta separarlos de los suyos.  El instinto de protección es de tal intensidad que  las madres ponen en peligro su vida por defender a sus vástagos, plantando cara al agresor y ofreciéndoles refugio.  

¡Que no podremos hacer los humanos!

Dar protección y una salida digna a las víctimas del maltrato, y a los niños que sufren por estas circunstancias, debería ser la prioridad. Y ya que no lo es,  demos un aplauso a la solidaridad de la gente de buena voluntad, mientras exigimos a nuestros gobiernos  que claven codos y aprueben una ley justa y digna. ¡Ya!
A propósito de las madres,  quiero compartir  con vosotros en la entrada de hoy un fragmento del borrador de mi próxima novela de fantasía, en que  algunos  de sus personajes estuvieron a merced de una terrible maldición:



Cuento de  Dana  ( fragmento)



Querida hija, fruto  de mis ilusiones  de mi esperanza, quiero contarte los mucho que te he amado en estos meses en que mi vientre te alberga. Mi inquietud  y mi temor pugnan por hacerse con mi ánimo cada día que pasa. Pero la felicidad que siento en cada movimiento tuyo que percibo, los desbanca cada día.   Quiero que conozcas  en su momento la historia de la  maldición que pesa sobre nuestra estirpe desde hace siglos. El poco tiempo de que dispongo quiero emplearlo en que conozcas de mi puño y letra el maleficio que  ha afectado a nuestros antepasados, también a mi madre, que abandonó la isla  y fue a vivir durante algún tiempo a una cabaña  construida  cerca de los acantilados de Möher, donde podría observar la presencia de la niebla con mayor ventaja.  
Allí comenzó a escribir un diario de una parte de su vida que dejó bien guardado en una caja de lata sellada con cera, para que no pudiera estropearse y que hemos guardado hoy, el día en que verás La Luz,  en un cofre custodiado por el guardián de la familia, Cámhnòir. Con el devenir del tiempo mis hermanas y yo lo leímos varias veces y nos aprendimos de memoria lo que allí nos contó, que, junto con los  recuerdos de nuestra infancia y juventud,  proporcionó mayor sentido a nuestra existencia.  Y en los años venideros llegará la hora en que tu lo conozcas también, aunque yo ya no esté. Tus tías te contarán mi historia, también escrita  de mi propia mano, pues te criarás bajo su custodia, pues yo no podré hacerlo como he deseado toda mi vida desde que fuiste mi proyecto de vida, mi ilusión.  Por ello comienzo a contarte algunas anécdotas de mis padres amados, así conocerás la vida de tus abuelos y el porqué de algunos sucesos que no entenderías sin esta pequeña historia.


Mery-que así se llamaba tu abuela-, esperó pacientemente la llegada de   Brandan, tu abuelo —un recio y simpático irlandés de cabello dorado— , que en aquel entonces viajaba enrolado en un velero mercante, pues era carpintero y músico. Decía mi madre, que cuando tocaba el violín, diríase que se paraba el mundo, para procurarle silencio. Y se libraron  en aquellos primeros tiempos del hechizo de enfermedad y de la muerte, porque la arribada del barco al puerto siempre se producía  cuando las velas cazaban el  viento, un elemento aliádo  que impide que aparezca la niebla.  Mi madre fue una mujer alegre y con mucho carácter que  siempre gozaba de buen humor; según ella, porque las mujeres robustas  y poco agraciadas necesitan de otras gracias añadidas, que las que su naturaleza no les proporcionó para provocar interés  en los hombres.

Mery nació en 1.898,  en Irlanda y heredó los rasgos de las pelirrojas de la familia, con su tez  pecosa, y unos bonitos ojos azules. Pero hasta los cuarenta años no logró tener descendencia. Fueron muchos los retos que tuvo que afrontar para salvar su vida y también para lograr  que  sus  hijas sobreviviéramos.


 Sabedora del beneficio de los vientos, madre se enroló en el velero donde trabajaba mi padre en calidad de marmitón, -algo así como una ayudante  de cocina-.  En aquel entonces no  enrolaban mujeres a bordo. Y se hizo pasar por un hombre, para poder estar junto a él. Zarparon  en un bergantín desde los muelles de Glasgow, para realizar una expedición de investigación alrededor del mundo, que duró dos años.  Al año siguiente el barco fue destinado al transporte de cereal y siguieron en el rol del barco, pues al contramaestre le gustaba mantener  el mayor número de su tripulación de confianza, ya que en  los puertos, suelen transitar gente de  todo tipo.    Habían pasado ya seis meses, cuando  se descubrió el engaño, pues los vendajes con que mi madre  disimulaba sus pechos, ya no fueron suficiente. 
El capitán del barco, enojado,  dio la orden de desembarcarla en el primer puerto que avistaran, como era  costumbre. Pero reconsideró su decisión a petición  de la tripulación en pleno, ya que todos apoyaban a Brandan,  mi padre, al que consideraban un buen compañero. Y también porque conocían la historia que mi madre les contó en el rancho, cuando servía las escudillas a los hambrientos marineros;  todos conocían pues, los motivos que la habían impelido a urdir aquel engaño: eludir  la maldición de Zeohgrey. Y aunque algunos argumentaron que traería mala suerte y maldiciones para todos los allí embarcados, fueron muchos los que abogaron por ella. Así pues la mayoría de los marineros, conmovidos por su preñez y por la camaradería que tenían con mi padre, intercedieron por ella con firmeza.  Hubo una votación y la expusieron al segundo de a bordo, quien habló con el capitán.  Éste finalmente accedió, con la condición de que construyeran unos mamparos en la bodega, para que pudiera acomodarse mejor aquella mujer encinta y  sobre todo porque no despertara inquietud en el resto de los hombres y pudieran haber disputas, pues por aquel entonces, la bonita silueta de mi madre ya evidenciaba su embarazo, atrayendo la mirada de aquellos hombres. Y de esta manera quedó casi recluida en La Cocina, saliendo tan solo en las horas del alba y la puesta de sol a disfrutar del aire fresco de la cubierta.

(…)

              


 ¡Disfrutad de vuestro tiempo y hasta pronto!