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miércoles, 3 de junio de 2020

#loscuentosdeflora


¡Bienvenidos de nuevo!


Dado que aún estamos en estado de alarma y no hemos retomado nuestra actividad normal—aún—,
he pensado en  editar en el blog algunos escritos que hice, avuelapluma,  en mi página de Instagram @florasmithbcn para amenizar  este tiempo  en que  sufrimos de un cierto tedio. La verdad que todos estamos cansados ya de este ritmo de inactividad, pero no tenemos que bajar la guardia; es necesario que tengamos un poco mas de paciencia para finalizar con ciertas garantías que esta pandemia no nos vuelva a sorprender de manera indeseable. Sabemos todos que  habrán  rebrotes  y picos de infección   pero hemos de saber manejar nuestra vida para   minimizarlos y acotarlos, manteniendo distancias y protegiéndonos unos a otros con el uso de las mascarillas.

Como estos escritos son breves y, los hashtags sobre quedarse en casa  y sus sinónimos ya nos hartan, he decidido titular esta entradas con  #loscuentosdeflora, confiriéndoles así  un matiz  mas cálido. Quiero matizar que no son cuentos propiamente, sino reflexiones, microrelatos o anécdotas contadas en prosa, en los que me apeteció crear una atmósfera intimista.


Gracias por vuestro seguimiento. Espero que los disfrutéis.


AVUELAPLUMA

                                                      Imagen de  Pixabay 


La muchacha trabajaba como pinche en la cocina de Hard Castle, bajo las órdenes de la cocinera, la señora Cuk —una mujer rotunda y afable—,  que bregaba con aparente severidad, con los chiquillos que le enviaban del orfanato, pues se hallaban hacinados y era costumbre que  algunos de los que estaban sanos, fueran acogidos por  alguna ama de llaves compasiva en  los muchos castillos de la rica comarca, donde los mantenían a cambio de  su colaboración en los trabajos de las caballerizas, la cocina y la lavandería. Los mas correctos, agraciados y obedientes pasarían años mas tarde al servicio de aprendices, auxiliando a mayordomos y  doncellas.

Así pues, los niños ayudaban en el día de mercado, traían la leña par los fogones y baldeaban la cocina a cambio de un plato caliente y algún chusco de pan.
El pacto del Sr. Purple —el dueño de aquella mansión escocesa— con el orfanato, fue recomendado por la ama de llaves —una mujer  de expresión adusta, con un moño repeinado y vestida de negro hasta los botines, cuyo perfeccionismo crispaba al mas pintado; la Sra Cuk no soportaba su talante tajante y drástico y siempre que podía disimulaba  o callaba las pequeñas picardías de aquellos niños hambrientos, también de cariño.

En el orfanato les habían puesto unos nombres horribles: a los gemelos, Arsénico y Bromuro, y Dolores y Angustias  a las niñas , por lo que la cocinera, les adjudicó a los niños un mote cariñoso, que, a modo de juego, los niños aceptaron de buen grado y que se basaba en alguna característica peculiar de cada uno de ellos.

Y así llamó al mas menudo de los mellizos— el pelirrojo—: Shus, porque le gustaba probarse todos los zapatos que el mayordomo ponía en fila para abrillantarlos, y a su hermano, lo llamó Grin, porque le gustaba usar y revolcarse en la hierba.  A la niña mediana le encantaban las magdalenas y ayudaba a la cocinera con la repostería, y por ello, le puso Keik. La niña más mayor era una adolescente rubia que solía quedarse embobada  con la mirada perdida, soñando, cuando  miraba el cielo o El Valle. Le gustaba mirar los pájaros en silencio, mientras tendía los manteles. Su mayor ilusión era leer las recetas de cocina, el periódico atrasado y algún libro de la biblioteca que su coetánea—Nice, la hija del señor Purple, le prestaba a escondidas de su padre.
La huérfana aprovechaba sus escuetos ratos de descanso para salir al jardín trasero—el del servicio—, para leer, tendida sobre la hierba. La señora Cuk, se asomó a la puerta y secándose las manos con el largo mandil, se ajustó la cofia sobre sus cabellos plateados; y contemplándola, sonrió. Y la llamó Sosiego.

                                                                     *****

LOVESTORY

— De bizcochos y croquetas—.
( Créditos históricos y agradecimientos a quien corresponda)




Sabido es, que el origen del bizcocho se remonta a los tiempos de Ramsés y que las pirámides guardan su receta original. Aunque, no sería hasta el siglo XIII cuando se elaboraría con esta textura esponjosa con que lo conocemos hoy y que dicen que inventó una cocinera francesa, para deleite de un miembro de la realeza rusa que vivía en Francia.

Tambien servidas ante el rey Sol, las croquetas, quizás inventadas por el cocinero francés Luis de Bechamel—aunque algunos las atribuyen a los italianos—, fueron una delicia para el paladar y que fueron también reseñadas por escritores como Alejandro Dumas—al que imagino ensartándolas con un florete— y que también incluyó en sus recetas, nuestra Emilia Pardo Bazán.

Mas allá de las cocinas de la realeza y de los ingredientes empleados—sin duda la base de tal exquisitez—, quisiera, no obstante, hace hincapié en la importancia social de tales manjares, pues seguramente se debió a la afición de las cocineras de cada hogar.
Probablemente fueron las mujeres las que supieron divulgar la regia receta, pues sabido es que entienden del aprovechamiento de sobras, carnes y cocidos; generosas en la adición de  harina, leche y huevos, impregnaron sus manos cálidas con aquella masa con la que alimentaron con cariño a sus infantes desnutridos y a sus ancianos desdentados.

Aquellos bizcochos y croquetas permanecieron en el recetario familiar hasta nuestros días, y en cada generación medraron  guardadas en un cajón para, correr la receta de boca a oreja en las cocinas, al calor de los recuerdos de una entrañable historia de amor...

                                                                           *****




     Agradecimientos a Pixabay / autor/a: Nak/Nak/Nak


Hablando de cocinas, ¿sabíais que en Irlanda del Norte—en  el condado de Leitrim—,  existe un castillo muy interesante? Es el castillo de Dunluce, —el de esta fotografía—.
La Cocina  se derrumbó en el siglo XVI y se despeñó a plomo por el acantilado, a causa de una falla en la base del acantilado de basalto, provocada  seguramente por los envites del mar. Cuentan las leyendas, que solo sobrevivió el pinche de La Cocina...

 ¡Para que digan que La Cocina no tiene riesgos!


¡Hasta la próxima entrada!







viernes, 10 de abril de 2020

Fashion #todoirabien #loscuentosdeflora



¡Bienvenidos de nuevo!

"Los días van pasando, van pasando los meses, las flores  y los pájaros han vuelto,y tu no vuelves…"   (Gerardo Diego.)

Eso mismo pensamos refiriéndonos a la vida cotidiana que dejamos atrás.  Seguimos confinados. Pero no queda otra que prorrogar la paciencia y sacar la creatividad de los rincones de nuestro cerebro, donde está adormecida por la apatía.  Nada mejor que movernos, hacer algún tipo de ejercicio en casa. Quizás lo mejor sea  bailar, ya que el espacio en el hogar suele ser reducido y la música tiene unos efectos beneficiosos y hay mil estilos de baile en los que solo necesitamos una o dos baldosas... El secreto está en escoger músicas adecuadas para cada momento, a un volumen idóneo.
¿A qué esperáis?

El  fragmento del relato que hoy comparto con vosotros también lo amenizo con la música con que se anuncia el mismo en mi audiolibro de EntreTRENimientos.  Una historia que retrata los giros con que nos sorprende la vida, cuando menos lo esperamos...


Puedes escuchar la música, mientras lees.  O no. Tu eliges. (Imagen de Pixabay



                                   Firefly.  Quincas Moreira / Youtube music  free library



FASHION  (Fragmento)

Toc Toc
—Niñaaas… ¿Todavía estáis en el baño? ¡Por Dios, la de horas que lleváis ahí metidas!
En el cuarto de baño, Menchu y Daniela acababan de hacerse un depilado brasileño. También se habían maquillado y colocado unas pestañas postizas. La una a la otra se habían encrespado convenientemente el cabello, que ahora cubrían con esmero con unos mechones planchados, recogiéndolos en un moño de última generación, del que colgaban cuatro greñas californianas. El fino pincel delineador, que manejaba Menchu con destreza, ya había pintado de negro los bordes de los párpados de su amiga, que, acabados con forma de punta fina, pugnaban con las perfiladas y enarcadas cejas por alcanzar las sienes. Menchu sacaba la lengua de refilón hacia la comisura de los labios, con la boca entreabierta, y Daniela —más neófita en estos menesteres— procuraba no mover los ojos, cuyas pestañas temblonas más parecían unos abanicos que otra cosa.
—Estate quieta, ¡coño! —dijo Menchu con evidente fastidio.
—Jolín. Si no me muevo. Es que te chocas con las pestañas.
—¡Exagerada!
—¿Falta mucho?dijo impaciente Daniela, ya que era su primera salida a la discoteca de moda y su primera noche fuera de casa. ¡Toda la noche! Pues hoy había cumplido los dieciocho años.
—Ya está. Te faltan los labios.
—Deja, que ya me los pinto yo. ¿Me has traído los tejanos de Choni?
—Sííí, están encima de la cama… ¡pesada!
—Los de la talla treinta y dos… esos con agujeros deshilachados.
—¡Que sí!
—¡Ah!, mira, pues me queda bien el rojo pasión con brillo —dijo Daniela, mirándose al espejo.
Seguidamente, refregó los labios uno contra el otro, y con un lápiz resiguió el contorno; luego abrió la boca y, estirando los labios, enarcó las cejas, con esa pose tan característica de las que se maquillan.
—Ahh.
Menchu, sentada en la tapa del váter, se puso las espumillas entre los dedos de los pies para dar una segunda capa de esmalte turquesa a sus uñas, y le dijo:
—Ve poniéndote los tejanos, que Fonsi me llamará de un momento a otro.
—¿Estoy bien? ¿Crees que le gustará? Me he puesto los guanderbrá. ¿Se nota? —dijo con cierta preocupación por si no daba la talla.
—Pues claro, nena. Ahora se te ven un poco más… ¿cómo diría?.... ¡busconas!, eso es, ja, ja. Anda, quítate la toallita de las axilas y déjate caer el top por el hombro derecho, así, como torcido. Es lo que se lleva. A ver… ¡vale!, así. ¡Estás muy guay! ¡Qué fashion, nena! —dijo su amiga entusiasmada.
—¡Menos mal que  has venido pronto! Estoy supermeganerviosa. ¡Gracias, chumina! Muaaks —le dijo, poniendo morritos, mientras se pulverizaba por todo el cuerpo con el último perfume del Kavim Kain para woman.
—¡Mamaaá! Ayúdanos, que no me entran los tejanos.
—Ya te dije que necesitabas la treinta y cuatro —dijo su madre, añadiendo—: pero ¡qué tozuda eres!
—¡Qué va! Anda, estira tú por este lado… ¡Aaaarrg!
—Que no te entra, Daniela…
—¡Menchuuuu, ven!, que solas no podemos.
—¡Voy p’allá! —dijo su amiga, contoneándose como un pato, pues andaba con los talones para no estropearse el esmalte de las uñas de los pies. Y, de paso, cogió un gel lubricante que llevaba en su bolsa.
—¿Qué haces?
—Anda, trae. Bájate el pantalón y déjame a mí.
Dicho esto, Menchu le pringó los muslos, las caderas, las nalgas y la barriga con el lubricante, que era de sabor fresa. Seguidamente, le dijo:
—No respires y esconde la barriga.
Entre la madre de Daniela y Menchu consiguieron subirle los pantalones pitillo.
—¿Ves? Ji, ji, ji. Ahora todavía se te ve más el pecho —dijo Menchu, riendo satisfecha, pero sin cerrar los ojos, ya que tuvo que hacer una grotesca mueca para que no se le corriera el rímel, pues se había puesto tanto que todavía no se había secado.
—Uff —casi que no puedo respirar —dijo Daniela con una voz entrecortada.
—Tranquila, dentro de un rato se te ensancharán.
—Lo que hay que ver, hija. ¡Si tu abuela levantara la cabeza! —dijo su madre, moviendo la cabeza con desaprobación—. Anda daos prisa, que mejor que tu padre no te vea así —dijo entre dientes la madre, meneando la cabeza con cierta inquietud, mientras rezaba porque su marido llegara tarde. La que se iba a liar… ¡Sería gorda!
Menchu se calzó unos zapatos rojos de plataforma altísimos. Haciendo equilibrios, se miró al espejo del recibidor, donde la esperaba su amiga, que llevaba los mismos zapatos, pero en azul eléctrico, y que también estaba ya arreglada. Entonces, Daniela se colgó unos pendientes de aro con cadenitas colgantes en color fucsia, cogió su bolso de Lakahgolin Eguéga y una cazadora punk de cuero negro con chapitas plateadas y azul eléctrico, de formas desiguales.
—¡Mamaaá! ¿Me das suelto?—pidió Daniela a su madre—. Anda, que tenemos prisa —añadió muy nerviosa—. Volveremos tarde. Quita la llave de la puerta, no vaya a pasar como la otra noche —dijo, recordándole los vericuetos que pasaron para que no se despertara su padre.
—Descuida, hija. ¿Adónde vais al final?
—Nos han invitado Quiko y Fonsi a una fiesta. Dicen que es en el polígono El Mogollón, creo que en el pub Esquizo’s tripper. En las afueras de Peñazo.
—Pasadlo bien y vigilad, ¿eh? ¡Que hay mucho peligro por ahí! Porque vais tú y tu novio, Menchu, que se le ve muy formal, que si no…—dijo la madre sin que le llegara la ropa al cuerpo—. Y no vengáis demasiado tarde, que el lunes tenéis examen de diseño. Mañana tendríais que estudiar.
—Descuide, Dulce, se la traeremos entera. El domingo clavamos codos. Un sobresaliente vamos a sacar —dijo riendo Menchu—. Adiós.
—Andad con cuidado, que hay mucho malaje suelto. Y no corráis con el coche.
—Adiós, mamá. Que ya me lo has dichooo tropezientas veces.
—Y vigila tu vaso niña, que la droga… —advirtió la madre, intentando enumerar todos los peligros habidos y por haber…
—Que sí, mamaaaá —dijo Daniela con una cantinela—. ¡No me rayes! —expresó con su habitual tono de estar harta mientras cerraba la puerta con ganas.
—Menchu… ¿Has cogido los Putex?
—Claro. ¿Y tú?
—Llevo uno.
—¿Sólo uno? Pues te podías haber quitado las uñas de porcelana, que resultaría más seguro. Ya te digo. Cuando no tienes experiencia, has de extremar las precauciones. Anda, coge este otro y ándate con cuidado con esas cosas. Siempre hay que llevar al menos uno de repuesto.
—Ya. Ya tendré cuidado.
—Bueno, entonces te recogemos Quico y yo a la salida del Stripper, ¿o qué?
—Mejor dame un toque con el wtsp cuando volváis de todas maneras, por si no hay cobertura o me quedo sin batería; quedamos sobre las seis en la puerta de mi casa —dijo Daniela.
—Mira, ahí tienes a tu Fonsi. ¿Ahora tiene un Mini vintage?
—Se ve que sí. No sabía. Chao, Menchu. Pasadlo bien.
—Nos vemos, Daniela. Muak —dijo, poniendo morritos.
—Hola, nena, ¿subes?
—¿Es nuevo, Fonsi?
—¿No lo ves que sí? Agárrate, ¡que vas a ver lo bien que tira! Quiero ponerle un alerón y unos asientos de piel roja, y un equipo de música conectado a unos neones.
—¡Mooola! ¡Qué Guay!
—Pero tunearlo me costará una pasta. Y tengo que acabar de pagarlo todavía. O sea que a pocas fiestas voy a ir.
—¡Qué chulo quedará! ¡Ostia, parece que esté sentada en el suelo! Pero, ¡no corras tanto, Fonsi!

Unos cuantos kilómetros después, en el arcén de la carretera, el Mini se había empotrado contra la mediana, y, aunque sus ocupantes salieron ilesos, el coche ardía en medio de una columna de humo imponente. Fonsi despotricaba, dándole puntapiés a un árbol cercano y gritando:
—¡Maldita sea! ¡Mierda, mierda y mierda!
En eso llegaron los bomberos, que echaron un buen chorro de espuma sobre aquel pequeño montón de chatarra, y le dijeron:
—Ahora viene la policía a hacer el atestado. La grúa no tardará. Dad gracias que habéis salido a tiempo del coche, chavales.
—Pues sí—dijo Fonsi, sin acabar de creer lo que le acababa de pasar, contemplando el coche carbonizado.
Daniela daba vueltas sin parar, sollozando asustada, diciendo en voz alta:
—Pues a mí, mi padre me mata. A ver cómo le explico yo que íbamos a Peñazo a estas horas. Si no me deja ni salir del barrio. ¿Cuánto has dicho que tardaremos en irnos? Tengo que estar a las seis en la puerta de mi casa.
—¿Solo te preocupa eso? ¡Pues vete con viento fresco! Yo tengo para un rato. Maldita sea, si no te hubieras empeñado en venir a Peñazo, a lo mejor… ¡Me he quedado sin coche! —repetía el chaval desconsolado—. ¡Y me quedan dos años para acabar de pagarlo! ¡Mierda, mierda y mierda!
—No, si encima tendré yo la culpa de que conduzcas como un loco… ¡Idiota! Nos podíamos haber matado.
Los dos jóvenes se enzarzaron en una discusión hasta que se interpuso uno de los bomberos, justo cuando Daniela tiraba el bolso contra el suelo; luego pisó en un agujero del arcén, y el tacón de uno de sus zapatos se quedó clavado allí y se rompió.
—¡Chicos, chicos! Eh, lo importante es que estáis bien.
Nino… ninoo… ninooo…
Iuuu, iuuuu, iuuuuu
Un soberbio alboroto de sirenas anunció la llegada de una ambulancia y del coche de la policía. Comprobaron que los jóvenes no tenían daño ninguno; la prueba del alcohol y de drogas dio negativo. Más que nada, porque a Fonsi no le había dado tiempo a fumarse un canutillo todavía. Y la ambulancia regresó de vacío, afortunadamente. Al instante llegó la grúa. Daniela estaba muy nerviosa, y Fonsi y ella no paraban de discutir. Él, hablando del coche y ella de la bronca de su padre. Como estaban enconados, Daniela decidió abrirse de aquel marrón y se puso a hacer auto-stop. Al poco, paró un coche de alta gama, a una distancia prudencial del siniestro, cuyo conductor —un elegante joven vestido con ropas caras y con ademanes muy educados—, preguntó a Daniela:
—Hola, buenas noches, ¿puedo ayudaros en algo?
—Pues sí, querría irme de aquí lo antes posible— dijo sollozando Daniela, con un aspecto deplorable, pues andaba coja a causa del tacón roto, despeinada y con la cara tiznada a causa del rímel que se había corrido con las lágrimas.
Se acercó de inmediato uno de los policías y le dijo a la muchacha:
—Ya te acercamos nosotros a tu casa, no te preocupes.
—¿Qué no me preocupe? ¿Sabe usted lo que pasará si me lleva la policía a casa? ¡Ni se lo imagina! ¡Usted no conoce a mi padre! Y a mi madre la mato del susto… No, señor.
—Voy hacia el aeropuerto, si vive cerca de mi trayecto puedo acercarla yo.
—Sería mejor que no te fueras —argumentó el policía.
—Ya he cumplido los dieciocho, o sea que soy mayor de edad, ¿no? —dijo, mostrándole el carnet de identidad al agente. Pues prefiero irme con él —dijo señalando a Alan, que esperaba pacientemente en su coche, mientras observaba a Fonsi, que estaba pendiente de lo que quedaba de su coche, atendía mil y una llamadas de teléfono… ( …)



                                                                                 *****


¿Que nos deparará la vida?   ¿¡Quien lo sabe!?

¡Por el momento, a bailar! Os dejo con una canción  muy pegajosa de Alaska y los Dinarama, para que os ayude a marcar el paso.




¡Hasta la próxima entrada!

lunes, 6 de abril de 2020

Maridaje. #loscuentosdeflora



¡Bienvenidos!

Estos días, añoramos las miradas  al horizonte, al mar, a las montañas, a las alturas; nos gustaría quizás contemplar el cielo.  Estamos confinados entre cuatro paredes y  en un espacio reducido, solos o acompañados. Además tenemos que hacer algún ejercicio físico y  distraernos y nada mejor que bailar al son de una música que nos guste… Suerte que tenemos las pantallas del pc, del móvil y nos conectamos con videollamadas o vemos películas y reportajes. Pero sobre todo, tenemos libros para leer. Para viajar con la mente. Poder aislarnos del medio que nos rodea y zambullirnos en una historia es mágico… 

El título alude al maridaje del relato de hoy, en que una famosa obra de Manuel de Falla, fue interpretada por el maestro Paco de Lucía, con su guitarra y su sentir. De ella, precisamente, también extrajo  los sonidos de una de sus mejores melodías: Entre dos aguas.  Fue aquella tarde de Febrero en que la noticia de la muerte de Paco de Lucía me  provocó gran tristeza. En aquella época estaba realizando un curso de escritura creativa de el Aula de Escritores de Barcelona y quizás el destino, quiso que el profesor nos repartiera una foto para que, inspirados en ella compusiéramos un relato.  Mientras regresaba en el metro hacia casa, la melodía acudía a mi mente. Y una vez en el estudio, como en un arrebato, sin pensar siquiera, las palabras fluyeron como el taconeo, como las castañuelas, como el contoneo del baile.. Y, teniendo que acabar el relato, al que había puesto cota mi mentor, no pude menos que darle una salida al mar y al horizonte, como puerta a la libertad…



Algunos relatos resultan ser un respiro para estos días de encierro.

AMOR BRUJO  Y  DUENDE  EN LAS MARISMAS

Blanco y negro. Alegría y duelo. Juventud y vejez. Tradición.
Rocío de Falla besó aquella entrañable fotografía antes de salir al escenario, como tenía por costumbre. Retocó el carmín de sus labios y, mirándose al espejo, atusó la rosa que estaba prendida en su moño, como colofón a su atuendo. Cogió las castañuelas que había sobre el tocador y, moviendo con gracia la pierna, apartó la cola del ajustado vestido negro. Respiró hondo, pasó sus manos por el contorno de su talle, recomponiendo algunos volantes que habían quedado mal puestos. Cogió la foto de nuevo y la volvió a besar. Junto a ella, dejó un sobre en el que ponía: para Madre. Y se dirigió a la puerta que daba acceso al tablao.
Paco, el de Lucía —el maestro—, la esperaba en el escenario tocando su guitarra, desgranando con su alma y con sus dedos inquietos el arpegio de unas dulces notas que improvisó, como tenía por costumbre, para entretener al público, siempre impaciente. Y se hizo el silencio. La tarima rebosaba duende. Bajo la amplia frente, los oscuros ojos del músico toparon con la mirada cómplice de Rocío, que al instante adoptó la emblemática pose.
Dap, dap, dap
El chasquido rítmico de los dedos quebró el instante y el aliento. Los brazos de la bailaora se alzaron en un alarde de poderío, y las castañuelas comenzaron a claquetear rítmicamente:
Clap, rac, clap
El espíritu de Paco y sus sentimientos fluían cuando cerraba los ojos, haciendo vibrar con sus ágiles dedos aquellas cuerdas, a las que extraía —unas veces con ímpetu y otras con armonía, pero siempre con encanto— la brevedad del tiempo, al que robaba el intervalo suficiente para poder disfrutar de la magia de aquellos sonidos. La intensidad que irradiaba su rostro sudoroso y contraído —en esa enajenación que posee todo artista— hacía fluir con pasión la música que se desgajaba de su alma y de su guitarra, en una generosa ofrenda a la humanidad.
Rocío movía graciosamente los brazos en un efímero abrazo, con harta determinación y vehemencia, contorsionando sus caderas ante un amante invisible. Sus piernas se alzaron enérgicamente, una tras otra. Y dio una vuelta, y otra más. El repiqueteo de sus tacones retumbó en la madera in crescendo.
Ta, ta, ta. Taca, taca, tá. ¡Tacatacatá!
La música se fundía amorosamente con su danza. Su rostro ora erguido, ora cabizbajo, mantenía aquella mirada interior, perdida —precisamente para encontrarse con su sentir—; sus manos atrapaban el aire con el movimiento arremolinado y sinuoso de sus dedos. El talle estirado, flexible como un junco. Con el último taconeo, el moño se deshizo, liberando la melena cautiva que, enmarañándose con el sudor de su cara, fue atrapada al instante entre los labios, entreabiertos por el jadeo.
Pompóm, Pompóm, Pompóm 
El latido de su corazón inundaba el mundo, su mundo. El brillo de sus ojos se desbordó mirando al infinito, como en trance. Un último acorde arpegiado acarició su oído y sintió un escalofrío. Y se produjo el clímax. De nuevo la pose. Estática. Mantenida. De nuevo el silencio.
Aplausos, aplausos mil. El maestro, sublime como siempre, sonrió complacido con la humildad que le caracterizaba y con la mirada baja, como era su costumbre. Emocionado y sudoroso, rindió los honores a su guitarra, a la que amaba sin medida. Luego alargó la mano, rindiendo pleitesía a la bailaora. Como una llama ardiente, la mirada de Rocío retornó la cortesía del gesto, señalando al músico y aplaudiendo con fervor; con amor. Tras su sonrisa, un sentir vehemente y apasionado, que ambos compartían desde el alma. El público, entregado, se puso en pie y siguió aplaudiendo con entusiasmo.
¡Plas, plas plas!
—¡Bravo!
Cogidos de la mano, hicieron sendas reverencias al público enardecido, tras lo cual, cada uno se retiró a su camerino sin dilación.
Rocío, de vuelta al camerino, se miró de nuevo al espejo. Tras ella, una copa llena de un afrutado vino. Tomó un sorbo lentamente, paladeando el dorado cuerpo seco y liviano de aquel caldo de su tierra. Se refrescó y se dio un agua. Se cepilló el cabello. Y dejó resbalar por su cuello un par de gotas dulzonas de esencia de azahar. Cambió su traje por una blusa blanca y amplia, y se puso un pantalón de montar. Cogió un mantón para cubrirse y también las botas de cuero, aunque no se las puso. Salió sigilosamente por entre las casas del poblado, donde las peñas de la romería dispensaban, con gran algarabía, manzanilla y pata negra a discreción.

Blanco, negro y gris: caballos y jinetes. Rojo, azul, verde y amarillo: gitanas. 
Por entre las calles arenosas del pueblito, la gente reía y cantaba alegremente, desinhibidos por el efecto de los vinos de la mejor cosecha, reservados especialmente para esta fiesta.
Luces y sombras. Rocío caminó descalza, sintiendo el contacto de la tierra en su piel al hundirse sus pies en la fría arena de la calle, en la que destacaban las huellas de los cascos herrados de los caballos y las ruedas de los carros. Joselito, el hermano de su amiga, la saludó mientras sujetaba las riendas de los caballos al viejo travesaño de madera del porche de la casa. Luego colocó unas jarapas sobre el lomo de los caballos, pues acababa de desengancharlos del tiro del carruaje del señorito, y, diciéndole adiós, desapareció, conduciéndolos al interior de la cuadra.
Albero y blanco. Un jinete con traje campero, torera y sombrero gris, saludó a Rocío:
—Niñaa, ¡muy sola te veo esta noshe! Anda y sube a mi grupa —dijo con intención, pero sin llegar a reconocerla.
—Ande a sus quehaceres, buen hombre —respondió en voz alta, sin siquiera mirarlo.
El jinete espoleó a su caballo tordo en un alarde fallido, pues ella desvió la mirada, echándose por los hombros el mantón. (…)



Incluí  este relato en una antología propia: EntreTRENimientos, relatos para el trayecto. Disponible en tapa blanda, ebook y audiolibro.

¡Que lo disfruteis!






miércoles, 18 de marzo de 2020

La masía del Montserrat. ( Fragmento). #loscuentosdeflora

¡Bienvenidos de nuevo!


Hoy, EntreTRENimientos comparte con vosotros, otro relato entrañable para que disfrutéis en estos días de reclusión. Esta vez ambientado en uno de los macizos montañososm más emblemáticos de Barcelona, en los que precisamente hay un monasterio y algunos edificios—entre ellos las llamadas "celdas", un lugar  desde antaño dedicado para el recogimiento y la recesión voluntaria de peregrinos y penitentes y que hoy día también ocupan algunos turistas que buscan un lugar tranquilo donde reposar. La montaña mágica como la denominan los descreídos, capta la mirada de todo aquel que se acerca a sus dominios.


                                     Al fondo, la montaña del Montserrat. La montaña mágica.


Acompaño el  fragmento del relato con esta  foto que hice, cuando volvía con mi hermano de viaje y añado un vídeo que espero que colme vuestras expectativas, conozcáis o no la montaña. Ambos están incluidos en otra entrada del blog, pero he considerado adecuado integrarlo para dar a conocer dichos parajes para nos que no los conocen aún.

Espero que os gusten.         


LA MASÍA DEL MONTSERRAT

Una súbita ráfaga de viento arrastró algunas hojas rojizas y ocres por delante de los pasos de Andreu, arremolinándolas contra un margen de piedra que marcaba el camino que con ducía hasta la finca de La Viña Bona, que se divisaba en lo alto de una suave colina. Tras la masía se alzaban los bosques de pinos que vestían las faldas de la emblemática montaña de Montserrat. 
Bajo aquel cielo gris y amenazador, desprovisto de ave alguna, a lo lejos se recortaban, cimbreando como juncos, tres cipreses altísimos, erguidos junto a la casa, cuya visión alivió a Andreu, pues andaba cojeando y cansado de su largo peregrinar.

Los cipreses eran un símbolo de hospitalidad en aquellas tierras, y revelaban que sus habitantes le ofrecerían refugio por una noche y también algo que comer, ya fuera que lo necesitara por las inclemencias del tiempo o por las miserias de la vida. Algunas bandadas de aves, leyendo los negros cielos, se afanaban en cobijarse apiñadas y con las plumas estarrufadas para dormitar entre las frondosas ramas de los pinos, robles y encinas colindantes. La bandada de palomas propia de la casa aun revoloteaba en círculos para ocupar los recovecos y las tarimas que había bajo la techumbre de aque lla masía, que se alzaba al pie de la montaña mágica, llamada así por los descreídos.
La casa tenía varias edificaciones adosadas dentro del recinto amurallado: una para la vivienda de los campesinos, llamados payeses o masuvés, y otra para los jornaleros de temporada. También había un recinto para los corrales de aves y conejos, que estaban más a mano que el resto de la ganadería, cuyos establos estaban detrás, alejados del acceso principal a la finca. 

La masía se hallaba rodeada de campos segados y de bancales en barbecho, pero disponía también de cultivos de hortalizas y frutales hasta el mismo pie del Montserrat. Por las vertientes de la cara sur de la montaña se adivinaban algunos caminos empinados y sinuosos que se perdían por entre sus características rocas grises y romas, las cuales se alzaban como dedos entre la oscura vegetación que crecía entre sus grietas y recovecos. Sus diversos caminos ascendentes conducían, unos a las ermitas que habían diseminadas cerca de las cumbres; y otros al monasterio custodio de la virgen negra.
Los bosques por los que discurría el camino que Andreu Remensa había tomado para llegar a La Viña Bona, estaban bordeados por los pámpanos agostados, cuyas viejas cepas, ya vendimiadas, acogían en su robusto pie a los tordos y mirlos que picoteaban con avidez algunos pequeños granos de uva diseminados. Más allá había numerosas hileras de grises y retorcidos olivos, que compartían vecindad con los troncos marrones de algunos almendros centenarios que estaban car- gados de frutos; tanto, que sus pesados vástagos, repletos de almendras, rozaban el suelo roturado y libre de hierbas; sobre ellos, los petirrojos lavanderas y mosquiteros saltaban ale- teando y picoteando la tierra a diestro y siniestro, en busca de insectos.
Los campos de olivos estaban custodiados por algunos márgenes de piedra, que confluían en un camino que se bifurcaba en tres ramales. En el cruce, tres tablas de madera clavadas en una vieja encina indicaban, en grandes letras cinceladas a fuego, las diferentes direcciones a tomar: a Can Gínjol y al Mas d’en Grau una; otra que apuntaba hacia el Bruc, La Viña Bona y Collbató. La madera de más arriba, que estaba atravesada en dirección contraria, indicaba la dirección a Esparraguera, Abrera y Olesa, siendo este un ca- mino más amplio, por cuyos márgenes medraban escaramujos, zarzas, ginestas y aliagas; y algún gínjol (azufaifo) solitario, cuyos rojizos frutos ya se hallaban en sazón.
Andreu enfiló, pues, hacia el camino de la casa de payés que le quedaba enfrente, La Viña Bona. Bordeando el pedregoso camino, se alzaban algunos olmos viejos, por entre los que partía una senda que descendía hasta un arroyo, cuyas aguas discurrían entre grandes piedras grises, chopos y saúcos. Entre pequeñas cascadas y remansos, las arenas acumuladas albergaban un arriate de equisetos, donde algunas torcaces y una bandada de estorninos se habían posado para beber, antes de emprender su migración.
La fachada principal de la casa estaba orientada al sur, con la antesala de una explanada de tierra rodeada por altos muros. Una verja cerrada daba la bienvenida, aunque con prevención, pues hasta hacía unos pocos años los franceses y bandoleros habían campado a sus anchas por aquellos lares.
A través de sus barrotes de hierro, Andreu Remensa observó que los tres cipreses sobrepasaban la altura de los tejados sobradamente; y que, dispuestos en hilera, mostraban la puerta principal de la casa señorial, la del amo, que lucía una gran arcada de dovela, enmarcada por piedra mampuesta de granito y arenisca, donde estaba grabado el blasón de la heredad.
La masía de La Viña Bona era muy antigua y estaba construida con los tejados a dos aguas, con unas paredes gruesas de adobe y tochos de terra cuita, que conformaban aquellas paredes de más de medio metro de grosor. Tal anchura era para resguardar a sus habitantes del frío y de las heladas; y también de la nieve que cada año coronaba la montaña, porque en inviernos muy fríos también nevaba en los valles colindantes. Y del calor estival. Las paredes lucían algunos desperfectos y numerosos agujeros, donde las abejas alfareras, siempre oportunistas, habían hecho su nido. Uno de los muchos impactos de bala que había en la fachada —hechos en la lucha contra el francés—, había destruido, bajo el bla- 
són, el año de su construcción, que presumiblemente pudiera ser anterior al mil seiscientos. Algunas ventanas de doble hoja se beneficiaban del calor del sol que, con su cotidiano itinerario, calentaba algunas estancias de la casa; las ventanas más pequeñas y de alféizar más profundo estaban en la parte norte, la zona más fría. Tras la casa, recortadas en el cielo, las cumbres grises de siluetas aserradas parecían sostener aquellas nubes tormentosas, que se cernían sobre la montaña y su comarca.

La masía estaba rodeada y fortificada con unos muros altos de adobe y de piedra en su base, a modo de cimentación, excepto en la parte trasera de la casa, que daba al norte. En ese lugar, unos márgenes de piedra similares a los que cercaban los bancales de olivos albergaban un recinto parcialmente techado, que estaba destinado a guardar los carros, el arado y la leña, y unos cobertizos y chamizos para acoger al ganado y la caballería.
El acceso a esta corraleta se hacía por la parte trasera de la casa, que lindaba con la cara sur del macizo montañoso, por donde se bifurcaban tres caminos: uno que llaneaba hacia la izquierda, hacia la aldea del Bruc, y otros dos, más empinados, que conducían hacia la montaña, por el camino de los Franceses, anteriormente llamado de los peregrinos, que llegaba hasta el collado del Migdia (del mediodía); y otro, más quebrado y serpenteante, conducía hacia las cumbres de pétreos dedos y también a peligrosos barrancos y grutas, a los que únicamente se podía llegar por algunos senderos abruptos, que solo los lugareños conocían y mantenían en secreto, como era el paso hacia una profunda sima a la que, siglos más tarde, se le llamaría el Cau de las Bruixas (guarida de brujas).
La parte trasera de la casa donde vivían los payeses, que estaba adosada a la casa del amo, comunicaba con el cruce de estos caminos a través de una abertura en los márgenes de la corraleta, que disponía de una cancela para proporcionarles comodidad a las entradas y salidas diarias que tenían que hacer con el carro para las labores del campo y para cuidar al ganado. 
Pero quedaba desprotegida, precisamente porque no quedaba a la vista del camino principal, y cualquier bandido o milicia podía salir del bosque y acceder a la casa sin ser vistos. Por este motivo, la puerta trasera de acceso a la casa de los masuvés disponía de un grueso chapado en hierro y de una cerradura.
Los muros de la masía presumiblemente se erigieron sobre el mil seiscientos cincuenta y cinco, un año después de que un brote de peste negra y la posterior hambruna diezmara la población de esta comarca pues el contagio se había producido, desde las poblaciones de Berga y Manresa. Los supervivientes que quedaron tuvieron que alzar estos muros para controlar el acceso a la casa y repeler las guerras y guerrillas posteriores, pues los payeses tuvieron que defender a capa y espada los pocos alimentos de que disponían, tanto de los ladrones como de las milicias, que, abusando de su fuerza y de sus armas a lo largo de los siglos, habían acabado con la vida tranquila y con la despensa de aquellas gentes de bien, que solo querían vivir en paz.
Cientos de años después, siguieron las guerras y revueltas, pues la paz, siempre efímera, no logró instalarse en el devenir de los tiempos más que por unas pocas décadas por cada siglo transcurrido. La peste, más misericordiosa, desapareció.
La dureza del trabajo y las condiciones que les imponían los amos, a los masuvés les exigían que vivieran —con mucha dureza, austeridad y esfuerzo— de la tierra que cultivaban con sus manos. Y las guerras, la peste y el saqueo tuvieron sus consecuencias. Los tejados de las casas de algunas fincas circundantes se habían derrumbado con el paso de los años, y muchas tierras quedaron abandonadas debido al diezmo de la población, provocado por las epidemias y por la hambruna; algunas familias enteras desaparecieron por defunción de todos sus herederos. Así se añadieron las tierras huérfanas vecinales —que estaban baldías y en barbecho— a algunas heredades. Los amos acumularon más riqueza y a los masuvés, los legítimos artífices de la riqueza de aquellas tierras, les supuso más trabajo, a cambio de lo suficiente para subsistir.

Andreu llegó por fin a la casa pairal. Detrás de la verja, algunos perros ladraron visiblemente excitados, alertando a los payeses de que alguien rondaba por allí.
Andreu dio unas voces.
—¡Ahh de la casa! ¿Hay alguien para atender a un peregrino?
Y esperó tras los barrotes de hierro pacientemente, entre los fieros ladridos de los perros, que acudieron mostrando sus dientes, yendo y viniendo hasta la verja y provocando una gran algarabía. Los pavos y las ocas —que presumiblemente se hallaban tras una corraleta de obra que había a mano izquierda— se pusieron a graznar, sumándose a los ladridos. Al poco, desde el fondo del patio, se abrió la puerta principal, y salió una mujer anciana, que gritó desde allí:
¡Redeu! ¿A quién busca usted? ¿Qué quiere?
—Busco refugio y algo de comer para reponerme, pues vengo andando y herido desde Esparreguera.
—¿Com diu? ¡Laiaaa! ... ¡Nena, vine! —gritó aquella mujer desgañitándose, mientras los perros ladraban más y más, metiendo el hocico y pateando el zócalo de hierro de donde partían los barrotes de aquella enorme puerta forjada. Y la anciana, haciendo caso omiso del recién llegado, se fue para dentro de la casa.
Aquel joven de tez morena, de mediana edad, alto y recio, observó el entorno con curiosidad. Apartó su largo cabello castaño del cuello con un pañuelo, pues a pesar del viento, el esfuerzo requerido para subir la loma lo había hecho sudar; y dejó su fardo en el suelo, sacudiéndose los pantalones de paño; se ajustó la faja negra sobre la camisa blanca y miró hacia la explanada de tierra del recinto, frente la fachada de la casa, donde estaban los tres cipreses. 

Del edificio adosado a mano derecha se oyó el chirrido de una puerta, y allí vio a una muchacha de estatura alta, que lucía una cabellera negro azabache, que acudía con ligereza llevando una canasta, pero que se dirigía a lo que parecían ser los gallineros. Alzando la mano, le dio una voz:
¡Voy enseguida...!
Dicho esto, desapareció de su vista.
Proveniente de aquel lugar, Andreu oyó el cacareo desesperado de las gallinas, que quedó sofocado por el estridente canto de un gallo, seguido de un alborotado revuelo y un fuerte batir de alas.
Un gallo asomó por la puerta tras la joven que salía apresuradamente, a la que el gallo embistió, adelantando los espolones de sus patas en el aire mientras revoloteaba. La muchacha se giró resuelta y, antes de que el gallo tocara su falda con las patas, le dio un escobazo. Cerró apresuradamente la media puerta del gallinero, dejando allí su escoba. ¡Por si acaso! Algunas plumas salieron despedidas por el umbral, balanceándose caprichosamente por el viento en su derredor, y algunas se posaron sobre el largo cabello ensortijado de la muchacha. El gallo revoloteó de nuevo, esta vez solo hasta el borde de la media la puerta, pero cantando como un descosido y batiendo fuertemente las alas, como recordándole que aquel era su territorio.
La joven caminó entonces hacia la verja. Vestía una prenda negra de punto con escote, cuyas mangas llevaba arremangadas hasta el codo, dejando ver la blancura de su piel. Sobre una falda larga, también negra, lucía un delantal a cuadros blancos y negros, en cuyo bolsillo abultado se adivinaban un par de huevos. En su mano izquierda traía sujeta por las alas a una gallina negra y rechoncha, con las plumas erizadas, que cloqueaba guturalmente su resignación.

¡Ves per on! Tiene un huevo atravesado —dijo murmurando contrariada. A la par que andaba, cogió la gallina y la sujetó a horcajadas contra su cintura; metió su dedo índice, que ya traía embadurnado con aceite, en la cloaca de la gallina y, haciéndole un masaje en el bajo vientre con la otra mano, intentó girarle el huevo.
Buenas tardes —dijo, limpiándose el dedo con un paño que colgaba de su delantal—. ¿Qué le trae por aquí?
Pues...
—¡Gos, calla, fuch! dijo enérgicamente al más grande de los tres perros, también él más en tolerar la presencia del forastero.
—Mejor así. Aunque veo tiene buenos vigilantes.
—Sin perros no se puede estar aquí. Usted dirá.
—Siento interrumpirla en sus quehaceres, pero quisiera alojamiento y comida por un par de días; necesito curarme una herida, además de refugiarme de la tormenta que se avecina, que presumo que va a ser de órdago.
—Panza de lobo, ha dicho el pastor, el aragonés. Sí. Una buena tormenta sí que caerá. Creo que viene con granizo, que pesan mucho esas nubes negras. ¿De dónde viene usted?
—Desde el Perthus, en la frontera. Aunque ya llevo días por aquí cerca, en Esparreguera.
—¡Verge santísima! Sí que viene de lejos. ¿Y adónde va? —preguntó la muchacha con curiosidad.
—Hice una promesa. Me llamo Andreu Remença. Me dirijo al monasterio en peregrinación —contestó, señalando hacia Montserrat.
¡Coi! Le queda un buen trecho todavía. Y una buena subida. Bueno, va. Pero algo me tendrá que pagar, que los amos no nos permiten acoger a rodamons, quiero decir, vagabundos, más de una noche, para que me entienda. Habrá de darme algo, aunque sea la voluntad, por el segundo día —dijo, mirando de arriba abajo a aquel hombre moreno de mirada profunda y serena.
—Es justo. No pase usted pena, que no le ocasionaré problemas con el amo. Tenga, un adelanto —dijo, sacándose un par de monedas del bolsillo de su chaleco de paño marrón, del que asomaba la cadena de un reloj…   (…)


¡Hasta la próxima entrada!















lunes, 18 de noviembre de 2019

En el país de las leyendas



¡Bienvenidos!

Estoy impresionada. Escribir una novela sobre un país desconocido me resulta complicado; es un reto importante, aunque el género de novela te permite licencias.Una suerte. El caso es que, mientras más me adentro en la historia, mas me apasiona. Desde mi instagram sigo perfiles de gente que comparte fotos de paisajes de Irlanda, ruinas, castillos y leyendas. Incluso he comenzado a seguir los perfiles de algunas empresas  de turismo y a los habitantes de la zona donde se desarrolla la trama de mi novela. Estoy entusiasmada. Poco a poco he ido impregnándome del talante de sus gentes y disfruto de paisajes silvestres y maravillosos.  Por ello hoy he pensado en compartir  con vosotros una pequeña anécdota.



Este castillo es Blarney Castle.
Está ubicado en Cork, en Irlanda.  En él, hay una piedra mágica a la que llaman  la piedra de la elocuencia.  Dicen que aquél que besa  por debajo la piedra que hay en el matacán, adquiere la virtud de hablar con fluidez y versatilidad, con don de gentes.

Pero ocurre a veces, que algunos niños traviesos escapan de la tutela de sus padres y cambian las leyendas, o cuando menos crean excepciones.Tal es el caso de un personaje circunstancial de mi novela.  

Brais era un niño muy impulsivo y tras subir las escaleras hasta la torre, fue corriendo para besar el primero la piedra de la elocuencia, Tal era su nerviosismo, que se dió un fuerte golpe y reaccionó de la peor manera : dio una patada y le escupió al pétreo símbolo. Y desde aquel momento se volvió tartamudo.

En la vejez, aún cuenta esta anécdota entre misterios y leyendas a sus contertulios y su lengua se desata tras algunas pintas  en la taberna del puerto, en una  pequeña isla de la  agreste costa irlandesa. 

Me gusta familiarizarme con las costumbres del lugar donde se desarrolla la trama y por ello decidí elaborar el pan de soda, un manjar de la tradición irlandesa. Me siento mas cercana a mis personajes y me ayuda a entender sus vicisitudes y costumbres. Y además me lo paso bien. Por cierto, está delicioso y su elaboración es sencilla.


Mientras se horneaba la masa,  mi mente volaba imaginándome  trayectos y viajes de algunos de los personajes, recorriendo bonitos  paisajes que me hacían evocar leyendas y misterios, siempre acompañada por el duende guardián. ¡No me deja ni a sol, ni a sombra! 



Ya falta menos para que conozcáis toda la historia, aunque aún me queda ensamblar los últimos capítulos y corregirlo…

¡Que ganas tengo de tener acabado el libro en mis manos!

                                       Os dejo en buena compañía: un vídeo musical de Enya




¡Hasta la próxima entrada!

domingo, 3 de marzo de 2019

El refugio del escritor. #loscuentosdeflora

¡Bienvenidos!

Sabido es que en muchas ocasiones, los escritores necesitamos aislarnos del mundo; rodearnos de silencio y de quietud. Para un escritor amateur como yo, que va arañando el escaso tiempo del que dispone y no siempre con circunstancias  favorables, escribir, a veces resulta complicado.  Por ello, esta fotografía emula mi anhelo. Quietud, silencio, calidez, sosiego, soledad. Nada mejor que un bosque ausente de sonidos. Esto ocurre cuando nieva...




La Luz del candil delataba la actividad en la cabaña. Escuché el sonido del apasionado tecleo de una máquina de escribir. Anduve sigilosamente y cobijado por las sombras, pero el crujido de la nieve delató mis diminutas pisadas.

Con una mano limpié la nieve de los cristales, mientras sujetaba con la otra un viejo libro. Y miré hacia el interior. El chirrido de la puerta me alertó, y al girarme vi  que una sombra se abalanzaba sobre mí y cogiéndome con firmeza me llevó en volandas hasta La Luz.

—Ehhhhh—grité asustado, pero indignado Y me soltó.

Simultáneamente me giré al escuchar detrás de mi un fuerte chasquido proveniente del frondoso bosque.  La nieve acumulada en las ramas de los abetos, fue sacudida por un ser oscuro y harapiento que corría desesperadamente hacia la casa.  Dí un traspiés y viendo que ya estaba dentro de la cabaña, suspiré aliviado; ¡había conseguido cruzar el umbral luminoso!

Drástica, la puerta, se cerró de inmediato tras mis pasos.  Y el Halo de los Sucesos, selló la puerta.

La voz socarrona de Diptongo, el escritor, resonó en la estancia:
—Duende..., ¡pillastre! Te has adelantado a la bruja.
—Temí no conseguirlo.
—Ojo, que aún anda fuer merodeando…¡Menudo susto me has dado!
—Toma el libro —dije—mientras de puntillas, alcancé con cierta dificultad  sobre la mesa, aquel
    antiguo compendio de hechizos y conjuros.
—Te has ganado una taza de chocolate caliente.  ¡Estoy muy contento!
Brrrr…
—Me vendrá bien —dije frotándome las manos para desentumecerlas.Estoy cansado. Ha sido difícil.
—Cierto. Pero lo has recuperado. Pues no creía que…
—Tengo mucho frío…—dije mientras un escalofrío recorría mi espalda—.

Cogí la taza  que me ofrecía mi amigo, el gruíter y miré con cierto temor hacia la ventana, donde el rostro iracundo de la bruja Brasas, se aplastaba con ímpetu contra el cristal de la ventana.  El odio de su mirada me hacía estremecer y me quitaba el aliento. Sus  estridentes alaridos de rabia rompieron el silencio de la noche, hasta que apareció la Dama de las Nieves y conjuró al silencio. Y la dejó muda hasta que llegara la primavera. La miré de nuevo, pero mas tranquilo, puesto que ya estaba a salvo y corrí las cortinas para no ver su fea expresión;  y suspiré aliviado. Ella ya no podría entrar en la cabaña de las musas. Ya no podría  quebrar el silencio. Ya no podría quemar los valiosos libros que allí se guardaban…

Aquella noche por fin dormí tranquilo, arrullado por el mágico y recurrente sonido del tecleo...




                                                       ************************

Escribir una novela me resulta muy grato, pero difícil de congeniar con las vicisitudes que la vida me pone en el camino. Acabar y revisar mi última novela me está demandando mas tiempo y esfuerzo del que tenía previsto y por ello he ido espaciando las entradas al blog. La confirmación de los datos de la documentación consultada, la creación de algunos personajes, la verosimilitud de la trama y la revisión de las palabras adecuadas y los tiempos verbales, me han supuesto un plus, en este caso.  Suerte que la música siempre ameniza, inspira y me acompaña en esta aventura que es escribir… Tengo muchas ganas de acabar la novela y  anunciaros por fin el título y  una aproximada fecha de lanzamiento.

Dicho esto, mi debut en las redes me ha desbordado en algunos momentos, a pesar de que  intento adjudicar un tiempo fijo para ello.  Por otra parte hace unos días  que formo parte de la Asociacion de Escritores Amateur y mi libro de relatos está de gira nacional por España, lo cual me ha exigido mas dedicación y tiempo. ¡Estoy entusiasmada con esta nueva oportunidad! Si queréis visitar la página:   www.asociacionescritoresamateur.com

Y si os apetece seguir mi trayectoria en Instagram, os recuerdo mi página: @florasmithbcn Gracias.

Si os gusta escribir o estáis pensando en hacer algún taller de escritura, os  invito a que visitéis la página www.auladeescritores.com. un lugar confortable donde  podéis compartir ideas, palabras y fantasía y aprender nuevas técnicas para escribir mejor, respetando vuestro estilo.

Os dejo con un vídeo de fantasía que se acompaña de una bonita melodía.



¡Hasta la próxima entrada!

domingo, 19 de marzo de 2017

Recalada en isla EntreTRENimientos. ENLACES


 ¡Bienvenidos de nuevo!

Hoy  tengo algo extra que compartir con vosotros  y por ello reedito esta  entrada. Fondearemos  en la bahía, frente al  puerto, para  disfrutar de  unos días de ocio.











                                                  Landscape - Vista panorámica   

Ya me imagino tumbada en una hamaca o sentada en un banco, disfrutando del calor del sol y  de la brisa del mar.  Y aunque sea una evocación mental para la mayoría de nosotros,  es grato disfrutar por unos instantes de ello, pues supone un respiro ante el estrés.

¡Distraerse es saludable!

El entretenimiento  y la diversión nos ayudan  a evadirnos  durante un lapso de tiempo de las dificultades del día a día y esto nos proporciona descanso y nos relaja.  Así pues, el protagonista de esta entrada de hoy  es  "el tiempo muerto", ese que empleamos  cuando  viajamos en los medios de transporte cotidianos, o  como pasajeros en el Bus, en aviones, trenes o barcos y en viajes de largas distancias.

Las grandes ciudades y el ritmo de vida  que  nos exigen, frecuentemente nos impone  tediosos trayectos interurbanos cotidianos entre  la casa, el trabajo, los colegios,  el hospital, las consultas médicas, los cursos de formación y incluso  soportar largas colas en la oficina de empleo; un lapso importante  de tiempo en el  que muchas veces entramos en un estado  apático, mientras miramos el suelo del vagón donde vamos, -o  miramos sin ver- , a la multitud de gente apiñada que nos rodea entre el track, track...y los vaivenes del convoy.  O por el contrario, aprovechamos para hacer un agotador repaso mental  de las  mil cosas pendientes del día a día.

Muchas personas  solo leen en el  trayecto que hacen en el metro o en el tren, porque luego no disponen de tiempo.  Por ello decidí confeccionar excepcionalmente  un  libro con relatos dispares;  y digo excepcionalmente porque  suelo escribir novelas, cuyas temáticas son de fantasía,  de  temas  marítimos... y algunos otros,  que ya os contaré mas adelante. 

<Entre-TREN-imientos, relatos para el trayecto> ..., alberga un  amplio  abanico de cuentos  que discurren entre la  media página y las treinta.

Esta obra,

< Te ofrece un viaje por diferentes épocas y un retrato atemporal de la naturaleza humana>.
    (Ana Marín. Editorial Cronos).


He querido publicarlo en todos  formatos:

-PAPEL
-E-BOOK
-AUDIOLIBRO

para responder a las necesidades y preferencias de algunos lectores que abandonaron la lectura por la dificultad que tenían al leer, ya fuera por problemas de visión, por dislexias o por problemas en la movilidad de las manos.  Así pues, con los tres formatos, espero poder complacer a la mayoría de lectores y oyentes.

El contenido de cada cuento no tiene que ver con el resto y abarca diversos temas: desde anécdotas de nuestros adolescentes, -donde he querido hacer un  énfasis tanto en el  vocabulario como en las expresiones verbales y los intereses de  éstos-, hasta otros relatos que se desarrollan en el ámbito rural, con algunas expresiones intrínsecas a las formas de vida  y a utensilios que hoy día están en desuso y que han estado vigentes en un pasado no tan lejano.

Con este libro he pretendido mostrar las diferentes culturas y realidades  ciñéndome a la cultura de nuestro país, de las  que doy una breve pincelada  de sus  formas de expresión, que se corresponden a  algunas regiones que he tenido el privilegio de conocer  y que he querido compartir con el lector,  siempre basándome  en el respeto  y  en la riqueza que ofrece la diversidad y  las circunstancias de la vida cotidiana en algunas ocasiones y otras, las aventuras propias que inspiran los viajes a otros países...

Por otra parte,  las personas nacidas en la segunda mitad del siglo XX  somos  quizás, un eslabón que conecta algunas culturas y maneras de vivir  simples y humildes de antaño que sufrieron el analfabetismo,  ya que muchas de nuestras abuelas…— y lo digo en femenino expresamente— , no sabían leer ni escribir,  aunque muchos de nuestros abuelos tampoco.  He querido  hacer hincapié de ello en algunos relatos.

El arrollador avance de las nuevas tecnologías, — por otra parte apasionantes y que nos facilitan más la vida y la comunicación— ,  nos están  pasando, no obstante, una factura importante  a todos y en especial a los jóvenes.  Desde mi subjetivo punto de vista, creo que contribuyen a  magnificar  unas vivencias virtuales -donde todo es posible y es creíble por definición-, y  que se transmite a una velocidad vertiginosa por las redes; y no siempre es positivo. Estas conductas reiteradas estimulan en el individuo la exigencia de la inmediatez y el apremio compulsivo porque todo sea cuando queremos,  y   desbancan a menudo la paciencia, la reflexión, el pensamiento y el sosiego,  unos valores con peso específico con los que he pretendido impregnar mis escritos, que en algunos casos relatan la velocidad slow, de los tiempos pasados.


Fruto de la ironía y de una pincelada de humor  fue que nació el enrevesado título. He publicado el libro  también en formato AUDIOLIBRO, pues es compatible con las personas que padecen alguna discapacidad grave en su movilidad en brazos o en su desplazamiento; tambien para las personas que están hospitalizadas y necesitan aislarse de los ruidos murmullo hospitalarios, escuchando música o alguna relato que les ayuda a evadirse de su claustro; el audiolibro es muy adecuado para las personas con dislexia, o simplemente a los audiolovers, que disfrutan escuchando.

Como el  blog estará fondeado por unos días,  y por si decidierais   hacer una incursión al puerto de isla EntreTRENimientos,  os dejo amarrada  un esquife   para que podáis  remar  hasta  el muelle.

Una vez allí,  podéis buscar este libro en las redes…. También podéis encontrar algunos comentarios y fotografías en mi pagina de Facebook:  Flora Smith  Barcelona.  Y en Instagram @florasmithbcn

Como decía Jose Luis Borges:

["El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo"]


Os facilito aquí  la portada y el índice de los relatos. 



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LIBRO EN PAPEL  PORTADA BRILLANTE
📚😎también  podéis  adquirirlo online  en la nueva librería virtual del Aula de Escritores, inaugurada recientemente, en papel 






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 ÍNDICE


1.  - CRÓNICA DE UNA MUERTE POSTERGADA 
2.  - ¡¡AAATXCHUÚ!!
3.  - PIEL DE OVEJA, DIENTE DE LOBO
4.  - UN DÍA DIFERENTE
5.  - REVOLTILLO
6.   -DOS ERAN DEMASIADO
7.  - UN DÍA CUALQUIERA DE VERANO.
8.  - LA VIUDA DE HICKOT
9.  - UN MEDALLON DE ARMAS TOMAR
10. -EL ÚLTIMO VIAJE A LAS ESTRELLAS
11. - ÁNGEL
12. - ¿SUERTE, O DESGRACIA?...
13. - HECHIZO
14. - LA LUNA ENAMORADA.
15. - PECADOS INCONFESABLES
16. - OBJETO DE DESEO
17. - LA GOTA
18. - CUADRILATERO
19. - AMOR BRUJO Y DUENDE EN LAS MARISMAS
20. - EL TORNAVIAJE
21. - LOS ULTRAMARINOS. VIDRIO, PAPEL Y CESTA.
22. - S.I.G.L.A.S.
23. - COMPROMISO
24. - FASHION
25. - SALVADO POR LOS PELOS
26. - LOS TRIGALES: LA PIEL DE LA MESETA
27. - CHISMES DE BARRIO
28. - A CAL Y CANTO
29. - TIEMPO MODERNO.
30 - LA MASÍA DEL MONTSERRAT






¡Gracias y que lo disfrutéis!

¡Hasta la próxima entrada!