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jueves, 26 de marzo de 2020

Con la muerte en los tacones. #loscuentosdeflora


¡Bienvenidos!

¡Menudo título se me ha ocurrido así, sobre la marcha!  

Lo cierto es, que hemos de quedarnos en casa por la pandemia.  Mas días de los previstos. Doblar los días de reclusión, colmará la paciencia de todos nosotros, pero hemos de resistir y  ser creativos y más pacientes aún. Cualquier incursión indispensable como ir a comprar alimentos, a la farmacia o salir fuera del hogar para trabajar si es inexcusable, puede propiciar que llevemos la infección a nuestros hogares y contaminemos a los nuestros, donde quizás en  algunos casos tengamos personas de alto riesgo, sea porque tienen enfermedades previas, o por la edad, como son abuelos, padres, etc.
Por ello hay que extremar las precauciones.  Cada cual se aplique lo que mas le guste, pero sin entrar en pánico, por favor.  
¡Estar alerta en serenidad puede ser la mejor actitud! Nos parece que no pueda pasarnos a nosotros, pero lo cierto es que cualquier complicación en las personas de riesgo, y en jóvenes asintomáticos puede derivar en una situación indeseable.  No menospreciéis todo esto y cuidaos de los vuestros y a vosotros mismos con las medidas de prevención que difunden los medios. 

Nada mejor que ironizar las circunstancias dándole un matiz peliculero, bien podemos sentirnos de una manera exagerada,  cuando entramos en casa, así: Con la muerte en los talones. O en los tacones...


Cary Grant 


Sí. ¡Vaya mirada!  No me cuesta nada imaginar a Cary Grant  corriendo  con tacones por aquella carretera desolada…  ¡Era capaz de llevarlos con elegancia!
Dicho esto, en estos días en que procuramos ocupar las horas ociosas por el confinamiento en nuestros hogares, muchos de nosotros hemos tirado de Netflix o de películas de DVD, porque en la TV, es mas de lo mismo todo el día y hay que desintoxicarse de tanta repetición informativa.  Es esencial leer, hacer puzzles, costura, deberes, pachwork, crochet, pintar, dibujar, jugar con la play...

De vez en cuando me gusta reencontrarme con esas antiguas producciones de la época dorada del cine moderno, repletas de escenarios, platós e imágenes superpuestas y como no, con actores y actrices emblemáticos y famosos que recordamos de manera entrañable por su elegancia, como Cary Grant, por su buena actuación como Catherin Herpburn, por su excentricidad en el caso de Groucho, o por su carisma y su mirada, como Paul Newman…  A veces me pregunto ¿cómo podían gustarnos esas películas geniales para la época, pero tan simples  y de cartón piedra a veces?  Con el paso del tiempo ya no las vemos de la misma manera… 

No obstante, ayer disfrutamos en casa de la película Con la muerte en los talones de Alfred Hickot. Al nombrarlo no puedo menos que recordar una de sus mas emblemáticos y controvertidos films: Psicosis.  Esa película también marcó una época cinematográfica y en nuestra mente se quedó fijada la silueta de aquella casa en la colina, creación de los Universal Estudios, las cortinas y aquella rubia en la ducha. Pero sin duda, la estridencia de aquellos sonidos que, cual puñaladas, se nos grabaron en la mente… Sin duda son la mejor presentación de la película.

Fue a raíz de ésta, que se me ocurrió, hace ya algunos años,  hacer un relato al que puse un título  irónico y que incluí en mi libro #EntreTRENimientos y que  comparto  hoy con vosotros.  

Amenizaré  el relato con la música de Youtube free Library, de Aaron Kenny , titulada "Happy Haunts",  que incluí  como introducción en el título y que está incluído en el audiolibro  de EntreTRENimientos que está disponible en  mp3 en www.sonolibro.com 

¡Que lo disfrutéis!


   


Audio. Agradecimientos a Aaron Kenny, autor de esta melodía.



LA VIUDA DE HICKOT

Ana Sicosi pasó de nuevo el plumero sobre los estantes de cristal y las figuritas, que apenas hacía diez minutos había repasado por enésima vez. Anduvo por todo el pavimento contoneando las caderas, pues arrastraba con los pies unas gamuzas para abrillantar el suelo —que lucía ya como un espejo—, escudriñándolo obsesivamente para recoger cualquier minúscula pelusa que pudiera haber con una cinta adhesiva. Luego repasó una pequeña arruga que había en el cobertor de la cama, y volvió a alisarlo con las manos. Colocó el despertador en un ángulo adecuado, como para ver perfectamente la esfera desde la puerta, y exclamó:
—¡Perfecto!
Seguidamente se fue a la cocina para preparar la comida, cortando a cuadraditos las verduras. Pasó la bayeta por la encimera a cada gota que caía. Limpió y relimpió las copas de cristal con un paño, y puso su mantel preferido, el de color blanco. Contempló aquel comedor impoluto y revisó la mesa repleta de alimentos, colocados simétricamente. Se quitó el delantal y se lavó las manos. Cogió la ropa del galán de noche, y retiró un cabello rubio del hombro del jersey, llevándolo como si fuera algo apestado, a pesar de que era suyo. Fue hacia el baño y tiró aquel pelo en el váter; y volvió a oler insistentemente el jersey que se había puesto limpio por la mañana. Finalmente, lo echó en el barreño de la ropa sucia. Y se duchó. Se peino y repeinó. Se maquilló y se vistió para la ocasión con un vestido granate que ceñía su largo talle. Y se lavó las manos.

¡Ding Dong!
—Hola, Alfred. Llegas puntual. Eso es nuevo. Pasa.
—¿Que tal estás, Ana? —dijo con la habitual mirada templada que emitían sus negros ojos.
—Bien. Dame el gabán. Y no me mires así, que sabes que no lo soporto —dijo ella con una actitud inflexible.
—Pues sí, he venido con tiempo. Traigo los papeles del divorcio, tal como quedamos.
—Sí. Ya he visto que no los has olvidado —dijo ella con ironía—. Hablamos luego de la cena.
—¿Y estos trastos? Parece que estés de mudanza —dijo extrañado, mirando inquisitivamente hacia un armario grande, una butaca de piel, un par de maletas y una bolsa de viaje que estaban colocados en el rincón del amplio recibidor de aquella antigua vivienda.
—Estoy esperando al transportista. Me voy un par de meses a mi casita de la playa.
—Te irá bien distraerte un poco.
—Lo que tú digas —le contestó secamente.
—Uff —resopló Alfred, fatigado por la férrea actitud de Ana, que persistía en aquella sinrazón.
—No es distracción lo que necesito —le contestó enrabiada.
—Es mejor para los dos que esta situación se acabe, Ana —dijo, conminándola a que razonara—. No tiene ningún sentido seguir ligados por los papeles. Ya hace meses que no vivimos juntos —insistió, ansioso por acabar con aquella pesadilla, como le había recomendado su abogado.
—Eres tú el que lo ha querido acabar, liándote con esa. Yo era un ama de casa felizmente casada —dijo dolida.
—Anda va, no empieces. No quiero discutir. Sabes de sobra que lo nuestro se acabó hace tiempo —dijo en un tono zalamero—. Esto no es una guerra. Se acabó y ya está.
—Lo que tú digas, —añadió ella con su habitual retintín.
—Hubiera sido mejor vernos en un restaurante, como te propuse. Quizás hubiera sido más fácil para ti el hecho de que habláramos en un lugar neutro.
—No es fácil de ninguna manera, puesto que yo no he buscado esta situación —recalcó mientras recogía un mechón ondulado de su cabello rubio y lo fijaba con un par de horquillas en su moño—. Donde yo mejor estoy es ¡en mi casa! —añadió, cargando de intención lo que decía.
—Humm —susurró Alfred, mientras olía el aroma que emanaba del horno, en un intento de forzar un halago que suavizara la tensión creciente que se mascaba—. ¡Qué buena pinta tiene ese asado! Por cierto, veo que has cambiado la decoración. Has dejado el piso precioso. Toma, —dijo mientras sacaba un carísimo caldo de un estuche de gourmet—, es ese vino que te gusta tanto —dijo, intentando calmarla.
—Gracias. No tenías por qué traer nada. Ya hay una botella abierta en la mesa, para hacer una sangría.
—Esta es de una añada especial. ¿Dónde está el sacacorchos?
—Ahí, en el primer cajón. Procura no manchar nada —dijo en un tono seco y peyorativo, mientras se lavaba las manos.
—Ya veo que sigues siendo muy exigente con la limpieza —dijo Alfred, recordando los sinsabores de su vida en común, por su constante obsesión por limpiar y limpiar sobre limpio—. Te dejo los papeles en la mesilla del salón, para luego, no vayan a mancharse —dijo, para dar pie a conversar sobre el tema.
—Sí, mejor será…


Qué insufrible ha sido convivir con Ana, pensó Alfred, mientras descorchaba la botella. Harto acabó de su maniático orden y de que todo estuviera controlado y en su sitio siempre. A todas horas. Todos los días. Año tras año. Tanto, que Ana nunca disfrutó de nada de lo que le rodeaba, incluido él mismo. Tan ensimismado estaba, que le dio mil vueltas a aquel artilugio de metal y cayeron al suelo unos trocitos de corcho. Miró de soslayo a su todavía consorte, Ana lo estaba mirando fijamente, y sus ojos cambiaron su expresión y se enrojecieron de pura rabia al contemplar aquella sucia escena. Frunció el entrecejo y apretó sus mandíbulas, en una mueca espantosa. Alfred se puso nervioso, consciente de que Ana iba a montar en cólera de un momento a otro, pues esta situación no era nueva para él.
—Lo siento. Ahora mismo lo recojo —dijo azorado, mientras acababa de descorchar la botella.
¡Dup!
Pero una gota de vino salpicó el blanco mantel. Y Alfred oyó tras él la iracunda voz de Ana, que, fuera de sí, precipitó un rápido e inesperado desenlace para él.
—¡Pero qué torpe! Seguro que a ella no le manchas el mantel —gritó enajenada.
En ese momento, Ana troceaba matemáticamente, con mal talante y con un afiladísimo cuchillo, los cítricos y las frutas para la sangría. Súbitamente, dirigió una mirada sesgada hacia Alfred, que estaba de espaldas a ella. Levantó su brazo con inquina y, abalanzándose sobre él, emitió con rabia un sonido gutural:
—¡Arrg!
—¡¡Aaaj!! Ahhh. Pero ¿qué haces? —gritó Alfred al sentir un fuerte golpe en la espalda que le hizo caer de bruces, sin saber qué le estaba ocurriendo.
Alfred intentó levantarse, pero Ana le trabó las piernas, por lo que su todavía marido volvió a caer. Ana, desde atrás, levantó el cuchillo una y otra vez, descargándolo con una fuerza inusitada en su costado.
—Ahh Ahh, Ahhjjj —jadeaba Alfred, con una respiración entrecortada—. ¡Ana! ¡Déjame! ¡Sueltaaa, cabrona! gritó, mientras forcejeaba con ella para tratar de inmovilizarla.
Pero una certera puñalada le quitó el resuello y las fuerzas. Alfred se ahogaba…
Ana Sicosi se separó súbitamente de él, dejando el cuchillo clavado y mirándolo fijamente. Impasible y en silencio; un silencio tan solo interrumpido por un hondo jadeo. Y luego suspiró. Ana se limpió la mano ensangrentada bajo el grifo, secándola con un paño de cocina que colgaba de su delantal. Y se quedó esperando, sin dejar de mirarlo.
En un arrebato de dolor, Alfred —que había logrado apoyarse en la encimera de la cocina— llevó su mano al costado y esta quedó teñida de sangre. El rojo líquido fluía a borbotones y chorreaba por su camisa y pantalón hasta sus pies.
—Ahhsssh, Ana. Annn… —masculló Alfred con un hilo de voz, mientras extendía débilmente su mano hacia ella, desplomándose en el suelo.
Sin fuerzas ni para hablar, un resuello escapó de los labios de Alfred al brotar un chorrito de sangre de su boca. Un sonido sibilante delató la gravedad de la herida infringida. Miró a su esposa, implorándole auxilio.

Ana estaba de pie, seguía impasible frente a él. Y lo miró con desdén. La lánguida mirada de Alfred pareció revivir súbitamente, pues sus pupilas se dilataron. Pero esto fue el anuncio de un inminente y fatal desenlace. Luego, su mirada se apagó y sus pupilas vidriosas quedaron fijadas en su asesina.
Ana, imperturbable y con una parsimonia espeluznante, se puso unos guantes, un mandil más grande y unas zapatillas. Cogió un par de rollos de servilletas de papel para empapar y recoger el charco de sangre que rodeaba el cuerpo inerte de Alfred. Tiró el papel ensangrentado al cubo de la basura, el cual había puesto a su vera, para evitar cualquier desaguisado, ya que no podía ensuciar nada. Con cierto reparo, apartó el brazo de su consorte y cogió el mango del cuchillo, sacándolo limpiamente. Lo dejó en la pica de la cocina. Y lo lavó. Y se lavó las manos. Se quitó las zapatillas y fue a buscar, descalza, una gran alfombra que guardaba en el armario que había en el recibidor. Volvió. Se puso las zapatillas. Hizo rodar el cuerpo de su marido. Acabó de enrollar a Alfred en aquella tupida mortaja adamascada, y enfundó los extremos del siniestro rollo con unas bolsas de basura; y los precintó con cinta americana. Fregó y refregó el pavimento. Y se lavó las manos. Puso una lavadora con la ropa manchada de sangre, rociándola previamente con agua oxigenada. Acabada la tarea, se volvió a duchar y se cambió. Con paso firme, anduvo hacia la mesilla del salón. Entonces cogió los papeles del divorcio y los rompió en mil añicos. Y los tiró al váter, mirando complacida cómo desaparecían con el remolino de agua. Y se lavó las manos. 

Un olor a requemado la rescató de su ensimismamiento y le hizo mirar hacia el horno…
—¡Maldita sea! —exclamó con rabia, apretando las mandíbulas.
Una vez apagado el horno, se sentó a contemplar a su difunto marido, convenientemente empaquetado, y dijo indignada y en voz alta:
—¡Ya sabía yo que me ibas a fastidiar la cena!





¡Hasta la próxima entrada!

viernes, 11 de mayo de 2018

Anhelo de sonidos.

¡Bienvenidos  bordo!


          Amenudo,  la vida nos da sorpresas y estamos predispuestos y demasiado habituados a que no sean gratas, pues las malas noticias abundan.  En  ese mar de vida encrespado y turbulento, frecuentemente nos enconamos en luchar contra las olas y su rugir insuperable y, queriendo nadar a contracorriente impulsivamente, nos agotamos y nos desorientamos. Perdemos la perspectiva.

Afortunadamente, a veces por propia decisión  — y en otras ocasiones de forma fortuita—, ocurre que nos sumergimos bajo  la superficie y entonces apreciamos que  cerca del fondo marino hay mas calma y el estruendo pasa a ser un sonido en off…. El buceo a pulmón libre nos permite deslizarnos suavemente por las aguas  y   observar que la tormenta  quedó allá arriba.  Las aguas nos conducen por sus corrientes y nos mecen con el vaivén de la resaca, menos violenta que las olas, aunque es imprescindible alejarse de escollos, rocas y acantilados.

El  sonido bajo el agua nos adentra en otro mundo. Lo podemos comprobar en una piscina en la que estemos nadando en soledad.  Nadar bajo el agua resulta ser un mundo fascinante, aunque sea por un breve lapso de tiempo—acaso un par de minutos, en que el tiempo adquiere otra dimensión—, en la que  la visión y el oído resultan ser  las percepciones muy intensas, aunque por supuesto, es  la consciencia de nuestra respiración la mas importante, puesto que  nos traslada al aquí y ahora por fuerza, — ya que hemos de controlar la apnea y la espiración dosificada en cada instante—, esos en los que  el silencio y a veces el murmullo, son los que predominan bajo el mar  y que acaparan nuestra atención.   

Nuestra respiración cobra pues un  protagonismo contundente. Vital. Y el sonido y la visión se coordinan, pero en modo fantástico. Nos hechiza.  Sin embargo, sin el sonido, se produce un resultado  diferente.  Podéis probarlo quitando el sonido al siguiente vídeo, si estáis en completo silencio.  El sonido bajo el agua nos relaja  y relaciona con ese medio, sumergiéndonos en una especie de burbuja, que nos aisla del mundo exterior, integrándonos en el medio acuático.




No es de extrañar pues, que los buceadores en una inmersión prolongada— además del aturdimiento que a veces sufren por la proporción del gas de las bombonas de oxigeno y el CO2—, se emborrachen con ese mundo misterioso que está ahí abajo y no quieran abandonarlo. Probablemente  porque al subir a la superficie   habrán de enfrentarse a las olas bravas y volver a rutina diaria, y la segunda— que es la mas cautivadora y habitual—,  es que los atrapa y se quedan embelesados contemplando la belleza intrínseca del mar, sus montañas sumergidas y sus habitantes. Un mundo maravilloso.

Bajo el agua  disfrutamos de sonidos muy específicos, pero sonidos al fin.
Es difícil  vivir, —sin "escuchar el lugar donde estamos"—.  Es difícil vivir sin percibir las señales que — a través de los sonidos, nos alertan e inquietan— o por el contrario,  nos procuran paz...

No obstante, ese murmullo que tanto nos molesta en nuestra vida cotidiana, terrestre y frenética es deseado cuando estamos en una  vasta zona despoblada, donde nos encontramos más vulnerables. Esto nos puede ocurrir en mitad de la montaña perdidos,  o en un desierto, o en medio del mar a merced de las olas.
Es entonces cuando anhelamos escuchar sonidos familiares que nos orienten: voces, campanas, aviones que surquen los cielos, un arroyo de agua,  el canto de una cigarra,  el motor de un vehículo o el ladrido del un perro, o el rumor  de una embarcación. Unos sonidos que nos evocan recuerdos y experiencias. Y nos infunden esperanza.

El sonido nos guía. Nos hace percibir como es y  que es lo que sucede en el mundo que nos rodea.

En ese sentido,  a veces me siento un poco huérfana de algunos sonidos que  me acompañaron en mi infancia, como el toque de campanas de la iglesia, el canto de los gallos al amanecer, la flauta del afilador, y también las voces de algunos locutores de la radio. La voz  y su entonación tienen un potente efecto sobre nosotros.  También  lo tenían antaño las radionovelas  que nos acompañaban por las tardes, cuando mi abuela no podía, o no estaba para explicarme cuentos y aventuras. También mi madre me contaba historias.  Contar… Tradición oral. Ancestral.
Sabiendo de mi afición por escuchar,  mi madre me proporcionó algunos  cuentos que ponía en una gramola o tocadiscos— no recuerdo bien—  y que eran de vinilo y algunos con vivos  colores.


Mi frágil salud  en aquel entonces, me hacía permanecer largos tiempos de reposo en los que no podía jugar, ni correr. Y escuchar los cuentos radiados o las novelas, era una forma de distracción novedosa, que complementaba mi lectura  habitual.  Mas allá de su contenido y de su calidad narrativa, lo cierto es que las novelas o cuentos que emitían por la radio, o los  cuentos en formato vinilo que escuchaba en el tocadiscos, — además de  la música clásica, los cantantes de la época, las zarzuelas ú óperas, — afición que compartía con mi padre y con mi hermano,  suponían un lapso de tiempo valioso y educativo.
Al igual que para mi, la radio supuso  un fiel  acompañante para viudas, mujeres,  enfermos y niños, en una época en que el único canal de  televisión solo se veía durante un par de horas; el resto era una carta de ajuste y la típica nieve que aparece cuando estaba fuera de emisión.

La esperada musiquilla de la radionovela que anunciaba el siguiente capítulo radiado nos hacía parar, o cambiar de actividad, para poder escucharla. Esperábamos cada día la hora de la emisión de tal o cual programa de  radio. Y por supuesto, el de las radionovelas por la tarde. Aprovechábamos entonces para coser, bordar, planchar, pelar las patatas y limpiar las judías para la cena.  O simplemente nos sentábamos a descansar en un viejo sillón orejero, mientras escuchábamos el toque de  las horas del reloj de pared, aquel que estaba recluido en una caja de madera con la puertecita acristaláda y al que dábamos cuerda cada día con una llave, al mas puro estilo  Harrison. 

Aunque parezca extraño — ya que desde entonces han transcurrido cerca de cincuenta años—,  fue por este  motivo que, cuando me ofrecieron editar  mi libro de Entre-TREN-minientos  en formato Audio, no lo dudé. Y aquí está, colmando mis expectativas  tanto en formato CD, como en Apps para móviles y otros soportes para móviles, tabletas y pc.

¡Y aderezados con bonitas músicas introductórias en cada relato!

Creo que estos formatos, recuperados a día de hoy, colmarán las expectativas de muchos oyentes "especiales" vintage, y modernos también.  Quizás con mayor contundencia a los nostálgicos como yo. Un público al que hemos querido dirigirnos especialmente ha sido para las personas que presentan algún tipo de discapacidad o dificultad:

-Para ancianas o personas maduras que no dominan las aplicaciones de los móviles.
-Quizás para enfermos que han de permanecer en el hospital, enredados con los cables de los sueros, que les dificultan coger un libro con comodidad.
-Para personas que padecen dislexia
-Para las personas que tienen problemas de retina y discapacidades visuales de otra índole.
-Quizás  para los que  tengan alguna discapacidad  de movilidad que les dificulte o impida la lectura…

Entre-tren-imientos Audiolibro, sea en CD, o en Apps para móviles y otros soportes, está confeccionado de manera personalizada y con una agradable voz humana, que narra  en castellano los 30 relatos,  a cargo de Carlos Quintero, una voz muy agradable con la que puedes contar y que ha puesto especial  énfasis en la interpretación  del contenido. De la esencia.

¡Aquí no hay robots!

La narración se ha hecho con esmero y aunque la perfección no existe, el aderezo de músicas diferentes y adecuadas al tono, al matíz  y a la temática  de cada relato, — que se anuncia  antes o insertada en cada título— ,  ha sido  elegida personalmente,  y con el deseo de proporcionar al oyente, —un espacio de tiempo grato que le permita  desconectar del relato anterior para poder iniciarse en una nueva aventura en el  relato siguiente—, pues  los 30 relatos son muy dispares e inconexos, lo cual le confiere a este seguimiento musical exhaustivo,  un valor añadido de autor, tanto de la escritora, como del narrador.

Entre-TREN-imientos Audiolibro ya está grabado para  Apps para Móviles, Tablets y Pcs.  y también en CD.

Sea como fuere,  Carlos, Editorial Sonora y yo, ya estamos ya impacientes  por que finalicen los trámites con las distribuidoras y  que  Entre-TREN-imientos Audiolibro pueda entre-tren-eros en ese espacio de silencio, que por un motivo u otro, anheláis llenar con sonidos agradables e historias inéditas y diversas.

¡Disponible en SONOLIBRO  https://www.sonolibro.com/audiolibros/flora-smith/entretrenimientos

Tambien disponible en STORYTEL y SPOTIFY  si estáis suscritos, podéis escucharlos como relatos independientes o canciones numeradas.



¡Hasta pronto!

martes, 18 de abril de 2017

Shakespeare, Cervantes y el Dragón. #loscuentosdeflora

¡Bienvenidos  de nuevo!


Faltan pocos días para el 23 de abril  yen estas latitudes  celebraremos la festividad de Sant Jordi — el día de la rosa—. También se conmemora la muerte de Shakespeare y paradójicamente la del Dragón, pues la de Cervantes se adelantó por unas horas y data del 22 de abril. Afortunadamente sus obras   y también la leyenda han permanecido a través de los siglos, por lo que  que en esta semana con tantas ofertas literarias navegaremos por un océano palabras y emociones.

Mas allá de aquellos genios de la literatura, la vida  del resto de los mortales sigue fluyendo y los Jordis, Jorges y Jordinas celebran su onomástica. Hay paradas de libros por todas las calles, especialmente en la zona centro de las ciudades y de los pueblos. Las librerías  rebosan actividad: están repletas de gentes que abren y hojean las páginas  y el reverso de los ejemplares expuestos.

He  de explicar para los que visitáis este blog desde el ámbito internacional,   que este es un día  festivo en Cataluña (España), especialmente dedicado a los libros y  a la cultura, en el que tenemos por  costumbre  intercambiarnos un regalo:  un libro que  regalamos las mujeres y los hombres nos obsequian con una rosa acompañada por una espiga de trigo. Esto obedece a una leyenda.

[La leyenda de Sant Jordi, cuenta que  un dragón asedió  el castillo del rey y también el poblado albergado  dentro de sus murallas, exigiendo dos corderos diarios, so pena de comerse a todos sus habitantes de un atracón.  Transcurrieron algunos días, y  se acabaron los animales. Entonces  decidieron que había que ofrecerle dos personas cada día, elegidas a suertes, para satisfacer la exigencia del dragón y salvar así al resto, en espera de que ocurriera algún milagro que les librara de tal pesadilla. Y un día, le tocó a la princesa. El rey muy angustiado, quiso hacer prevalecer sus privilegios, pero la gente se rebeló y  la princesa fue librada al monstruo, como cualquiera de ellos.

Pero apareció San Jorge:  un caballero armado que defendió a la princesa y luchó con el dragón,  clavándole su espada en el corazón. Donde cayó la sangre, brotó un rosal de rosas rojas. Por ello desde ese día  la rosa, la princesa, San Jorge y el dragón, quedaron entrelazados en un mar de historias…]

Sant Jordi es una festividad muy especial. ¡Un día mágico!


Los autores firman  sus libros  a los lectores, que hojean curiosos las páginas de libros mil  en Las Ramblas, en el Paseo de Gracia de Barcelona, y en las plazas de los barrios,  donde se diseminan puestos y paradas donde se fomenta  el comercio de libros y de rosas al aire libre, con sol o con lluvia.   Hay multitud de gente yendo y viniendo por estas emblemáticas avenidas, jaspeando la calle de colorido gracias a las bonitas flores que todos llevan cogidas.


¡Se respira  alegría!


Escritores y lectores comparten algunos eventos literarios; también se organizan talleres de escritura en algunos jardines de la ciudad o en dependencias de interés social y cultural.

Hoy día, tanto  rosas como libros se  los regalan  las personas entre sí, algo muy gratificante, pues la cultura y los conocimientos se propagan en el marco de la diversidad y según el deseo de cada individuo, más allá de su género. Y no me refiero al de los libros.

También ha cambiado el formato de edición, que ahora es mas diverso. Algunas personas en vez de libros impresos en papel,  regalan una tarjeta regalo  para que la persona agasajada obtenga  su  
e-Book en las  librerías virtuales de Internet.  Otros regalan el  propio soporte para el libro electrónico. O una versión en audio,  descargado de las plataformas que tienen los audiolibros. Es otra forma de disfrutar de la literatura que además supone una ventaja cuando hay dificultades en la movilidad, las dislexias, o simplemente porque gusta hacer manualidades o quizás  porque exista alguna discapacidad.  Los más golosos regalan  además, la rosa  sobre un pastel  dulce de hojaldre, simulando un libro de mil hojas.   ¡Hay para todos los gustos!














Os agradezco desde aquí, a vosotros—lectores anónimos de mi blog—,vuestro interés.  Quiero deciros que estoy  gratamente sorprendida porque seguís este blog desde muchos puntos del planeta que nunca hubiera imaginado.

España, EEUU, Australia, Argentina, Chile, Brasil, México,  Colombia, Malta, Grecia, Turquía, Bielorrusia, Italia, Países Bajos, Finlandia,  Alemania, Francia, Reino Unido, Bosnia-Herzegovina, Egipto, Filipinas, Bélgica….

¡Muchas gracias a todos!

He actualizado los enlaces disponibles, por si preferís utilizarlos desde aquí para mayor comodidad. ¡Gracias!

➽ LIBRO PAPEL📚

 📚   EQUILIBRO www.libreria.editorialcronos.com



Consulta en @florasmithbcn y Facebook  Flora Smith Barcelona, las actividades literarias.


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AUDIOLIBRO
                                                                                                                                                                    
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                                                                *******

Este año reedito esta entrada para Sant Jordi, con un relato  acorde con la temática que nos ocupa, por si os apetece leer:

(Cuando me pongo a escribir,  suelo disfrutar de la habitual compañía sosegada de mis perros que se acomodan junto a mi, al lado o debajo del escritorio
y allí permanecen todo el tiempo que dedico a la escritura, sumergida en mis mundos y navegando en mis sueños. Creo que a mis perros les arrulla el  ritmo del tecleo de la  vieja máquina de escribir, pues se pasan horas dormitando tumbados cerca de mis pies y cuando paro de teclear, mueven las orejas y suspiran. Quizás  sueñan o se imaginan historias…¡Quien sabe!


RELATO 

Todo ocurrió súbitamente  ayer  por la tarde, mientras  escribía. Mis perros dieron un respingo y salieron corriendo y ladrando insistentemente hacia la puerta. Olfatearon  la rendija que hay entre la puerta y el suelo — por la que  se filtraban algunos hilillos  desmadejados de  humo negro—. Gus y Yak gemían nerviosos de pura desazón, arañando la puerta con las patas y ladrando con ansiedad. Pensé que había un incendio y me alarmé.  Pero unos fuertes golpes—como de algo metálico—,  resonaron tras la puerta, en el rellano de la escalera. Y deduje  que, o ya habían llegado los bomberos y estaban intentando descerrajar la puerta del vecino—, o bien que ocurría algo extraño y misterioso.

Como no oía voces ni sirena alguna, me dispuse a indagar lo que ocurría—eso sí, muerta de miedo—. Asustada ante aquellos extraños golpes, cogí una espada de mano que tenía colgada en la pared—que era un recuerdo de mi padre, pues había sido herrero—  y seguidamente destrabé el cerrojo y me puse en guardia, levantando la espada aunque me temblaban las piernas;   armándome de valor, ordené a los perros que se apartaran mientras metía el pie en la abertura y con un gesto decidido abrí la puerta con él.

Cual fue mi sorpresa al descubrir que, tras las volutas de humo había un pequeño  y tímido dragón, con unos grandes ojos llorosos. Con mirada suplicante y con expresión asustada, se protegía  con sus patitas tras el escudo de su atacante, que lo empujaba contra la pared. El animalito gemía desconsolado enroscando su cola, mientras unas diminutas llamas humeantes salían de su naricilla. Frente a él, agrediéndole ensimismado, había un apuesto caballero  vestido con una armadura tiznada, que lucía un conocido blasón. Blandía su espada bastarda muy obcecado, cortando el aire a diestro y siniestro  y  no con buenas intenciones, a la vista de lo que contemplaban mis ojos.
—¡Ven aquí, monstruo! ¡Bestia inmunda! —gritó  con rabia. ¡Pelea!
—¡Basta ya! —grité con ganas.

Sorprendido ante mi súbita entrada en escena, el caballero se  quedó atónito; paralizado. A modo de cómic podía describirse así:   caballero  chamuscado;  inmóvil; con la espada levantada y boquiabierto, con los ojos  salidos de sus órbitas,  asomando por fuera de su yelmo.  La espada en alto pesa mucho y  vence con su peso el equilibrio del caballero, que da un traspiés y  cae hacia atrás. Fin de la escena.

Entonces, reconocí quien era. Y  reaccioné  con  un grito para llamar su atención:
—¡Eh..!  ¡Tú! ¿Pero se puede saber que estás haciendo?
—Cumplo con mi cometido…— contestó con voz  grave y  con porte muy ufano— .
—Ya... ¡Ya  se lo que pretendes! ¡Cada año lo mismo! ¡Bruto! ¡Desalmado! Anda—dije apoyando mi espada en el mueble de la entrada del piso. ¡Toma!  ¡A ver si te atreves con esto!—grité retándolo—, mientras le lanzaba el montón de libros que tenía apilados sobre la mesilla del recibidor para devolverlos a la biblioteca.

Viéndome tan cabreada,  aquel hombre vestido de hierro reaccionó instintivamente y soltó la espada para coger los libros  que  le había tirado a la altura de su cara, —seguramente  para protegerse  del peso de tanto conocimiento—.

Mientras, el pequeño dragón pasó por mi lado como una exhalación  humeante y se refugió en mi casa. Los perros  ladraban  ansiosos ante todo lo que ocurría sin saber que hacer,  cuando de pronto, el  maldito escudo resbaló escaleras abajo armando un estruendo colosal, dando tumbos de peldaño en peldaño; los canes se  asustaron y también corrieron al interior de la casa para refugiarse con la cola entre las patas.  Los vecinos ni se atrevieron a salir a ver que pasaba. Pero seguro que  mas de uno debía estar fisgoneando en silencio por la mirilla de la puerta.

Con los brazos en jarras, miré  al apuesto caballero de la cabeza a los pies y le dije:
-¡Pero bueeeeno! ¿Te das cuenta de la que estás liando? Seguro que suben la derrama de la comunidad con tal estropicio.
—Pero si yo no…
¡Ahh!…—Veo que en el fondo valoras los libros, puesto que has soltado la espada, en vez de cortarlos por la mitad. No sé porqué te da vergüenza  reconocerlo. ¿Qué pasa, que no hay otra manera de solucionar los conflictos que a golpe de espada? ¡Qué desastre!  Anda, toma —dije ya más  calmada, dándole unas monedas—, ¡que seguro que no llevas bolsillo donde llevar dinero en esas  mallas!

(Y dicho esto,  ví que le sentaban la mar de bien.)

El caballero aguantó estoicamente el chaparrón en silencio. Seguramente porque le había quedado trabado el barbote del yelmo, del cual tiraba con fuerza  para poder zafarse de él.  Entonces le dije:

—Ve a la floristería que hay en la esquina  y cómprale una rosa al dragón, que el libro ya se lo regalo yo—añadí muy resuelta. Al fin y al cabo también es un personaje relevante en esta historia. ¿No crees?
—Bien mirado, tiene razón mi señora—dijo el caballero—, quitándose por fin el yelmo y atusándose los largos cabellos negros que  ahora enmarcaban su cara sudorosa.¡Que sería de mí sin él!

(¡La verdad que era guapo el puñetero…! ¡Qué ojazos!)

— Voy a ver como está el dragoncito ¡No tardes!
— Pero si me permite, yo …
—¿A qué estás esperando...? ¡Corre, que van a cerrar! Voy a prepararte una tila y un tentempié para cuando vuelvas, a ver si te calmas, que seguro que no has comido nada.

El caso es que Jorge no se atrevió a decir nada más  y traspasó el dintel cargado con los libros; los dejó sobre el recibidor y bajó corriendo las escaleras de tres en tres, diciendo:
-Esperadme bella dama, que no he de tardar…

Una cascada de sonidos metálicos  como de quincalla, delató un fortuito traspiés  con su emblemático escudo, pues la luz de la escalera se había apagado  inoportunamente. Cerré la puerta resoplando y arremangándome el jersey,  pues todo esto me había puesto de los nervios y últimamente enseguida me acaloro.
—¡Cada año igual!  (murmuré contrariada).
Y me fui  a ver por donde andaba el pequeño dragón. Lo busqué aquí y allá y no estaba en las habitaciones ni la cocina.  Y los perros tampoco. Intuí lo que ocurría y me dirigí  hacia mi dormitorio donde vi la puerta entreabierta y allí afuera, en el balcón,  estaban los tres.  Llamas—que así  se llamaba el tímido dragón—,  estaba acurrucado junto a mis perros, implorándome con su mirada que lo dejara refugiarse allí.  Me agaché a acariciarlo y se tranquilizó.  En esto, que una nube luminiscente nos envolvió...

……….



¡Ding, dong!

— Ya voy, ya voy — dijo mientras iba apresuradamente hacia la puerta. ¡Hola  Jordi, que sorpresa!
— Toma,  es para ti — dijo su apuesto vecino ofreciéndole un rosa roja—. ¿Puedo pasar? —preguntó mientras se quitaba las gafas y se atusaba el largo cabello oscuro, esperando impaciente en el dintel.

—¡Muchas gracias…! Que sorpresa, chico! ¡ Uy, disculpa!  Pasa, pasa, que estoy un poco atontada. Llevo toda la tarde escribiendo y ni siquiera me he levantado para tomar un café—dijo—recogién-dose el cabello y arremangándose el jersey, pues últimamente se acaloraba por nada. Espera un momento que ahora  tomamos un trozo de pastel si te apetece. ¿O te apetece mejor  una cerveza y algo salado?
—Mejor algo dulce a estas horas…
—Vale, pero antes  voy a apagar el ordenador, que está ardiendo —dijo con la rosa aún en su mano.

Jordi entró  en el piso, y siguió los pasos de su vecina, por la que suspiraba desde hacía tiempo.  Mientras,  el joven contempló fascinado la cantidad  ingente de libros que había las estanterías del salón. Y se puso a hojear algunos. A su lado había una máquina de escribir antigua: la carcasa era negra  con el teclado redondo y  con un reborde metálico—ese que fue la pesadilla de los dedos de los escritores noveles de antaño—,  que descansaba sobre una mesa de madera tallada, también antigua.
—Tu biblioteca parece un museo —dijo en voz alta. No me había fijado. ¡Que barbaridad!
Mmmm...
— Espera,  que no se qué dices. Estoy guardando lo último en el disco externo, no sea caso que lo pierda si se me estropea. ¡Que llevo un día, que ni te cuento!
— Cuenta, cuenta..¿que  novela estás escribiendo ahora? —preguntó acercándose  a su  voluptuosa vecina.

La joven se hallaba inclinada, apoyada sobre la mesa. Sus caderas  atrapaban como un imán la mirada de Jordi, al que le salían sus ojos de las órbitas.
—Sigo con  aquella historia  de la Orden de los Caballero— contestó ella. Pero hoy estoy liada con un relato sobre la festividad, para relajarme un poco. Bueno, ¡ya está!  Ven, que voy a ponerla en agua.

Y el la siguió  en  silencio. Musa puso el tallo de la rosa  entre sus labios, mientras llenaba un jarrón con agua en la cocina. Y haciendo equilibrios para que no rebosara el agua, anduvo lentamente y dejó el jarrón sobre la mesilla de su dormitorio, sobre un posavasos.

—¿Una historia de Caballeros con yelmo y armadura? —dijo  Jordi emulando  a un caballero, con su espada imaginaria cortando el aire a diestro y siniestro, siguiéndola hasta  la puerta del dormitorio.
—Si, claro.
¡Ejem!
 —¿Puedo pasar? -preguntó Jordi  mientras andaba  hacia ella.

Y quitándose por fin su armadura,  se puso trás  aquella muchacha que le había encandilado desde que llegara a vivir en aquel viejo edificio, a pie de playa;  y acarició sus cabellos con delicadeza y en silencio, recogiéndolos con sus dedos.  Y entonces la besó  en la mejilla. El espejo del tocador mostraba la escena de la muchacha sonriendo  con la rosa en la mano, mientras  Jordi recorría el cuello de la muchacha  lentamente con sus labios, rodeando con sus brazos  el talle de la muchacha desde atrás. Ella permaneció en silencio.  Entonces  Jordi levantó la mirada y la contempló en el espejo.
—Pues si —dijo la muchacha mirándolo a su vez.  Puedes pasar, aunque lo preguntas un poco tarde —contestó— mientras sonreía satisfecha-.

Y se giró, mirándolo embelesada. Entonces con la rosa recorrió lentamente  los  labios de su apuesto vecino.
—Me gustaría leer algún capítulo…—dijo  él  en un susurro y con una mirada más que sugerente.
—Puedes leer el libro entero si quieres —dijo Musa. Y entonces lo besó en los labios, dejando caer la rosa al suelo.

De hecho, aquella tarde comenzó  una nueva historia.


A la mañana siguiente,  los restos de un delicioso desayuno salpicaban la bandeja  que había sobre el tocador.  Y los pétalos de  la rosa, yacían sobre la cama. Musa, envuelta en un salto de cama transparente, cepilló su cabello ante el espejo del tocador haciendo tiempo.  Jordi abrió la puerta que daba al balcón del dormitorio y contempló el mar  mientras apuraba el café de su taza.  La muchacha se acercó  a él y lo abrazó con ternura. Luego lo cogió de  la mano y ambos regresaron al interior de la alcoba. Al lado de la puerta, sobre unas esteras, dormitaban Gus y Yak. A  su lado había una  curiosa figura  petrificada:  un pequeño y tímido dragón, que solo cobra vida cada veintitrés de abril, desde hace siglos...
…………….

La leyenda se ha conjurado con este cuento, en que  por fortuna nadie  ha resultado herido.


Hoy os recomiendo un libro de armas tomar:

El caballero de la armadura oxidada, de Robert Fisher.  (The Knight in Rusty Armor)

Amenizo esta entrada con una  inolvidable canción que parece hecha a propósito…

*****Os esperamos en Sant Jordi, de 10 a 20 h en la parada del Aula de Escritores de Barcelona 
@aula_de_escritores  y de la Editorial Cronos, @editorial_cronos,  en la plaza de La Revolución, 9 en El Barrio de Gracia. Barcelona.

¡Hasta pronto!












domingo, 19 de marzo de 2017

Recalada en isla EntreTRENimientos. ENLACES


 ¡Bienvenidos de nuevo!

Hoy  tengo algo extra que compartir con vosotros  y por ello reedito esta  entrada. Fondearemos  en la bahía, frente al  puerto, para  disfrutar de  unos días de ocio.











                                                  Landscape - Vista panorámica   

Ya me imagino tumbada en una hamaca o sentada en un banco, disfrutando del calor del sol y  de la brisa del mar.  Y aunque sea una evocación mental para la mayoría de nosotros,  es grato disfrutar por unos instantes de ello, pues supone un respiro ante el estrés.

¡Distraerse es saludable!

El entretenimiento  y la diversión nos ayudan  a evadirnos  durante un lapso de tiempo de las dificultades del día a día y esto nos proporciona descanso y nos relaja.  Así pues, el protagonista de esta entrada de hoy  es  "el tiempo muerto", ese que empleamos  cuando  viajamos en los medios de transporte cotidianos, o  como pasajeros en el Bus, en aviones, trenes o barcos y en viajes de largas distancias.

Las grandes ciudades y el ritmo de vida  que  nos exigen, frecuentemente nos impone  tediosos trayectos interurbanos cotidianos entre  la casa, el trabajo, los colegios,  el hospital, las consultas médicas, los cursos de formación y incluso  soportar largas colas en la oficina de empleo; un lapso importante  de tiempo en el  que muchas veces entramos en un estado  apático, mientras miramos el suelo del vagón donde vamos, -o  miramos sin ver- , a la multitud de gente apiñada que nos rodea entre el track, track...y los vaivenes del convoy.  O por el contrario, aprovechamos para hacer un agotador repaso mental  de las  mil cosas pendientes del día a día.

Muchas personas  solo leen en el  trayecto que hacen en el metro o en el tren, porque luego no disponen de tiempo.  Por ello decidí confeccionar excepcionalmente  un  libro con relatos dispares;  y digo excepcionalmente porque  suelo escribir novelas, cuyas temáticas son de fantasía,  de  temas  marítimos... y algunos otros,  que ya os contaré mas adelante. 

<Entre-TREN-imientos, relatos para el trayecto> ..., alberga un  amplio  abanico de cuentos  que discurren entre la  media página y las treinta.

Esta obra,

< Te ofrece un viaje por diferentes épocas y un retrato atemporal de la naturaleza humana>.
    (Ana Marín. Editorial Cronos).


He querido publicarlo en todos  formatos:

-PAPEL
-E-BOOK
-AUDIOLIBRO

para responder a las necesidades y preferencias de algunos lectores que abandonaron la lectura por la dificultad que tenían al leer, ya fuera por problemas de visión, por dislexias o por problemas en la movilidad de las manos.  Así pues, con los tres formatos, espero poder complacer a la mayoría de lectores y oyentes.

El contenido de cada cuento no tiene que ver con el resto y abarca diversos temas: desde anécdotas de nuestros adolescentes, -donde he querido hacer un  énfasis tanto en el  vocabulario como en las expresiones verbales y los intereses de  éstos-, hasta otros relatos que se desarrollan en el ámbito rural, con algunas expresiones intrínsecas a las formas de vida  y a utensilios que hoy día están en desuso y que han estado vigentes en un pasado no tan lejano.

Con este libro he pretendido mostrar las diferentes culturas y realidades  ciñéndome a la cultura de nuestro país, de las  que doy una breve pincelada  de sus  formas de expresión, que se corresponden a  algunas regiones que he tenido el privilegio de conocer  y que he querido compartir con el lector,  siempre basándome  en el respeto  y  en la riqueza que ofrece la diversidad y  las circunstancias de la vida cotidiana en algunas ocasiones y otras, las aventuras propias que inspiran los viajes a otros países...

Por otra parte,  las personas nacidas en la segunda mitad del siglo XX  somos  quizás, un eslabón que conecta algunas culturas y maneras de vivir  simples y humildes de antaño que sufrieron el analfabetismo,  ya que muchas de nuestras abuelas…— y lo digo en femenino expresamente— , no sabían leer ni escribir,  aunque muchos de nuestros abuelos tampoco.  He querido  hacer hincapié de ello en algunos relatos.

El arrollador avance de las nuevas tecnologías, — por otra parte apasionantes y que nos facilitan más la vida y la comunicación— ,  nos están  pasando, no obstante, una factura importante  a todos y en especial a los jóvenes.  Desde mi subjetivo punto de vista, creo que contribuyen a  magnificar  unas vivencias virtuales -donde todo es posible y es creíble por definición-, y  que se transmite a una velocidad vertiginosa por las redes; y no siempre es positivo. Estas conductas reiteradas estimulan en el individuo la exigencia de la inmediatez y el apremio compulsivo porque todo sea cuando queremos,  y   desbancan a menudo la paciencia, la reflexión, el pensamiento y el sosiego,  unos valores con peso específico con los que he pretendido impregnar mis escritos, que en algunos casos relatan la velocidad slow, de los tiempos pasados.


Fruto de la ironía y de una pincelada de humor  fue que nació el enrevesado título. He publicado el libro  también en formato AUDIOLIBRO, pues es compatible con las personas que padecen alguna discapacidad grave en su movilidad en brazos o en su desplazamiento; tambien para las personas que están hospitalizadas y necesitan aislarse de los ruidos murmullo hospitalarios, escuchando música o alguna relato que les ayuda a evadirse de su claustro; el audiolibro es muy adecuado para las personas con dislexia, o simplemente a los audiolovers, que disfrutan escuchando.

Como el  blog estará fondeado por unos días,  y por si decidierais   hacer una incursión al puerto de isla EntreTRENimientos,  os dejo amarrada  un esquife   para que podáis  remar  hasta  el muelle.

Una vez allí,  podéis buscar este libro en las redes…. También podéis encontrar algunos comentarios y fotografías en mi pagina de Facebook:  Flora Smith  Barcelona.  Y en Instagram @florasmithbcn

Como decía Jose Luis Borges:

["El verbo leer, como el verbo amar y el verbo soñar, no soporta el modo imperativo"]


Os facilito aquí  la portada y el índice de los relatos. 



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AUDIOLIBRO






LIBRO EN PAPEL  PORTADA BRILLANTE
📚😎también  podéis  adquirirlo online  en la nueva librería virtual del Aula de Escritores, inaugurada recientemente, en papel 






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 ÍNDICE


1.  - CRÓNICA DE UNA MUERTE POSTERGADA 
2.  - ¡¡AAATXCHUÚ!!
3.  - PIEL DE OVEJA, DIENTE DE LOBO
4.  - UN DÍA DIFERENTE
5.  - REVOLTILLO
6.   -DOS ERAN DEMASIADO
7.  - UN DÍA CUALQUIERA DE VERANO.
8.  - LA VIUDA DE HICKOT
9.  - UN MEDALLON DE ARMAS TOMAR
10. -EL ÚLTIMO VIAJE A LAS ESTRELLAS
11. - ÁNGEL
12. - ¿SUERTE, O DESGRACIA?...
13. - HECHIZO
14. - LA LUNA ENAMORADA.
15. - PECADOS INCONFESABLES
16. - OBJETO DE DESEO
17. - LA GOTA
18. - CUADRILATERO
19. - AMOR BRUJO Y DUENDE EN LAS MARISMAS
20. - EL TORNAVIAJE
21. - LOS ULTRAMARINOS. VIDRIO, PAPEL Y CESTA.
22. - S.I.G.L.A.S.
23. - COMPROMISO
24. - FASHION
25. - SALVADO POR LOS PELOS
26. - LOS TRIGALES: LA PIEL DE LA MESETA
27. - CHISMES DE BARRIO
28. - A CAL Y CANTO
29. - TIEMPO MODERNO.
30 - LA MASÍA DEL MONTSERRAT






¡Gracias y que lo disfrutéis!

¡Hasta la próxima entrada!