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martes, 16 de julio de 2019

DEL OLOR Y LAS EMOCIONES. #loscuentosdeflora


¡Bienvenidos a bordo!

¡Que aire tan fresco se respira a bordo de un barco  cuando navega a vela!  Tan diferente del olor a gas-oil  que emana de la sentina y del escape del motor en otros buques que navegan solo a motor...

¡Que placer respirar! ¡Oler el aire limpio!
A veces tenemos la oportunidad de disfrutar del  olor a salitre en las playas y zonas marítimas aledañas. En las marismas también, aunque el olor es diferente… Somos capaces de discriminar, seleccionar y memorizar un número ingente de olores y sus variables.  Y además el olfato puede  educarse, si tenemos esa capacidad  innata bien desarrollada.  No obstante, olvidamos con frecuencia  que nuestro olfato nos proporciona gran cantidad de información  de nuestro propio cuerpo, ya sea a consecuencia de la evolución hormonal, o de alguna enfermedad que padezcamos; las enfermedades "huelen de manera diferente" y son capaces de modificar el sudor, la orina y la sangre;  eso lo sabemos bien los que nos hemos relacionado estrechamente en el ámbito sanitario con el cuidado de los enfermos.  También huele diferente el medio ambiente en el que estamos en cada momento y las variables que lo modifican.  Frecuentemente  y aunque sea de manera sutil,  el olfato nos hace evocar recuerdos.Y viceversa.  Para recordar, a veces olemos adrede cosas, objetos, ropas, o volvemos a lugares "que huelen a"…   El olfato de una manera contundente, nos alerta ante peligros y agresiones  diseminadas  en el aire, como un escape de gas…

Afortunadamente, la mayoría de las veces, tomamos con-s-ciencia de lo que olemos a consecuencia de una actividad placentera, como impregnarnos con una colonia o un perfume en nuestro cuidado personal. Bien lo saben los agentes de marquetin de las multinacionales de aromas y perfumes.  Los olores crean identidad. Y nos la recuerdan. La nuestra y la de los otros.

Nos gusta  regalarnos el olfato, también con flores, con  un guiso u otro tipo de alimento especial; sobre todo con algunas bebidas cotidianas, que son capaces de  hacernos desear un instante de asueto para poder disfrutarlas, como un buen té… 

¿Quién se resiste al olor de un buen café por la mañana?



Los olores nos han marcado socialmente. Los usamos de manera cotidiana. En la época contemporánea, el olor a limpio del gel de la ducha, el olor del dentífrico, de la gomina, la laca, el desodorante, la colonia o el perfume,  se han catalogado ya como imprescindibles  en nuestra sociedad.

Por otra parte la inclusión de nuevos olores —alejados de las formas naturales y aromáticas con que impregnábamos las estancias y ropas de antaño—,  han apostado por la inclusión de derivados del petróleo en la fabricación de la industria de  los aromas, perfumes, suavizantes,  ambientadores y todo producto al que  se le pretenda conferir  un olor mas intenso y que perdure más  en el tiempo.

Ello nos lleva a estar oliendo  "algo" —constantemente— y de manera contundente.  La intensidad  de los aromas y olores está saturando el aire que respiramos, cargada además de componentes  que pueden generar cierto nivel de toxicidad o intolerancias.

También necesitamos  un respiro al oler.  ¡Aire limpio! Nuestros pulmones, nuestra garganta y nuestro cerebro nos lo agradecerán.

Cada vez es mas frecuente "tapar olores", subiendo la saturación del olor del ambientador de la Oficina o de los vestuarios, otras veces es el intenso perfume que utilizamos,  o el  del desodorante personal; y también y diariamente, el suavizante de la ropa.

Traspasar la frontera de las estanterías en  el sector de limpieza de las grandes superficies, o en la zona de perfumes y maquillajes es impactante. Todo huele a esos productos. Irrita la nariz y la garganta de muchos usuarios. Ni que decir de los fuertísimos ambientadores de cines y lavabos públicos. O de los productos de limpieza en la Cocina, y en la higiene del hogar.

La casuística es muy amplia y diversa. La cantidad ingente de productos químicos que pasan por nuestra piel, por nuestros pulmones, por nuestro cerebro,  y por  nuestros hogares están colapsando nuestro aire. ¡Y nuestras aguas!
No olvidemos que todos los desagües, van a los ríos y  por tanto, al mar.  Y que tanto producto químico tóxico —y, además, mezclado entre sí—, revierte en la cadena trófica y en la cadena alimentaria.  Los derivados del petróleo alteran las hormonas y afectan a nuestra salud, mas allá de los tubos de escape… Nos estamos envenenando nosotros mismos, porque diariamente utilizamos productos insalubres.

Dicho esto y mas allá de estas  crónicas del día a día de cualquier persona de a pie, en lo que quiero incidir especialmente, es en la importancia del olor en los recuerdos.

Sin lugar a dudas, todos recordamos los malos olores. Los evitamos.  Es lógico.

No obstante, en nuestro cotidiano hacer , ya desde los hogares, tendemos a "borrar olores propios agradables", tendemos a sustituir los olores personalizados  por "olores de marca estandarizados".  Y con ello borramos también el olor de nuestra historia, de nuestros recuerdos.  La sociedad de consumo y la invasión sistemática de nuestros espacios por parte de estas sustancias odoríferas, que cada vez se prolongan más en el tiempo a golpe de derivados del petróleo, actúan de borradores.

El olor a ropa vieja ya no existe. El olor  agradable de las personas se borra...

En un futuro —quizás no tan lejano— ya no podremos decir: huele a Tí. Quizás esta frase solo sea recuperable en novelas  románticas y relatos, aunque  quizás en un futuro, el lector ya no sepa como reproducir un olor que ya no percibe, ni pueda reproducirlo en su mente.  Cosas de escritores. Ya sabéis que tendemos a dramatizar…

[…]

Ana, Balbina y Lourdes recogían el menaje de La Cocina de su madre. Ésta había fallecido  hacía un par de meses y hasta la fecha no habían encontrado ni ánimos, ni tiempo suficientes como para enfrentarse a la dura tarea de deshacerse de las cosas que habían rodeado su vida en aquel  rústico pueblo gallego, distante de la ciudad a mas de una hora en automóvil, pues el bus de línea, solo hacía dos viajes de ida y vuelta al día.

Cogieron la silla de ruedas y su andador, para darlo a la beneficencia. Luego entraron en el aseo y cogieron  las peinetas  negras con las que recogía su moño plateado, acariciándolas y mirándolas con melancolía.  Sus pendientes negros —aquellos que guardaba para los días de luto y entierro— , estaban encima de su tocador. Y el colgante a juego en el joyero, bajo la tapa que alojaba unos  utensilios de manicura que nunca utilizó. Allí guardaba las joyas de la familia, que ahora tendrían que repartirse irremediablemente. En aquella vieja casa de ladrillo y piedra, las tres hermanas rememoraban sus días de juegos y su infancia.

—¿Te acuerdas cuando nos poníamos sus zapatos de tacón? ¿Los que guardaba para las bodas?
—Me encantaban y eso que mis pies cabían solo en la punta…
—¿Alguna de vosotras quiere las peinetas..?—dijo la tercera.
Toc toc...
—¿Quién será a estas horas? Está chovendo—dijo Ana.
— La señora Encarnación, seguramente.  Me dijo que se acercaría para vernos—dijo Balbina. Menos mal que hacían buenas migas… ¡¡Voy!!—gritó dirigiéndose apresuradamente hacia el vestíbulo.
— Pues si. Tantos años de amistad, le hicieron muy bien a madre. Se sintió muy acompañada luego de la muerte de padre—dijo emocionada Lourdes, mientras abría el joyero.
— Gracias a Dios que Encarnación recogió   la casa cuando nos fuimos en la ambulancia. ¡¿Quien iba a pensar que madre estaría tantos días en el hospital?! dijo Ana.
— Salimos corriendo y ni echamos cuenta de lo que quedaba en la nevera. Y encima se estropeó. ¡Que desastre! Me dijo la hija de Encarnación, que  hasta habían gusanos en la carne del cocido y que había moho por toda la nevera.  Menos mal que no abrí yo  la nevera —dijo Lourdes con una mueca de asco—… no quiero ni pensarlo.
—Una suerte que haya limpiado la casa. Tenemos que pagarle la limpieza y las horas que haya echado, además del mes. Se nota que ha limpiado bien. Huele a limpio.
— ¿Donde está?
— Ahora viene, que ha ido a buscar unos guantes que se dejó en el lavadero—dijo Balbina.
—Suerte que aún huele a chimenea. Me consuela llegar a casa y recordar como prendíamos la lumbre y poníamos el pote en el trébede.  ¿Os acordáis el olor de los cocidos que hacía madre? Esta casa nunca a olido a Chinpún Ultramax—dijo Ana— . Se me hace raro.
—¿A que dices que huele?preguntó Lourdes extrañada.
—Es el fregasuelos de moda. En todas las tiendas y bares huele así.

Mientras Balbina iba hacia  el colgador que había tras la puerta, Lourdes abrió el armario ropero. Y lo encontró vacío.
—¡Anda…! Exclamó Lourdes.  ¿Y la ropa?
Lourdes y Ana miraron desconsoladas aquel espacio muerto. Esperaban encontrar los vestidos  de su madre colgados y en los estantes, su ropa interior, sus visos  y toallas bien doblados, con una pastilla de jabón de Flores de Pravia entre las piezas. Su madre colgaba  sus vestidos  entre saquitos de ropa repletos de flores de lavanda que ella misma recolectaba.
—Bueno está. ¡Que ganas tenía de veros!—dijo Encarnación aparcando un carro con dos grandes fardos en el recibidor de la casa y dejando un enorme paraguas—el del pastor, su marido—, dentro de un cubo que había al lado de la puerta. Seguidamente, se anudó el pañuelo negro que llevaba en la cabeza.
—Hola, Encarnación.  Si que andas cargada… ¿Que traes?—preguntó Balbina
Lourdes y Ana  adivinaron el abultado contenido y se miraron temiendo lo peor…
—Pues la ropa. La he lavado todita para que —cuando vinierais— ya estuviera limpia para llevarla a la parroquia. Ahí la dejo, ya vendré a buscar el carro cuando acabéis, que tengo que irme al chamizo de la Bernarda, que va a parir la Canela.

Y desdoblando un papel que tenía unas sumas escritas rudimentariamente con lápiz, señaló el total.
—Son setenta euros. Ya me lo daréis cuando os vaya bien, que no lo digo por cobrarlo hoy.
—No, mujer. Tenga, tenga..—dijo Balbina rebuscando el monedero en el bolso.  Así ya está zanjado, que luego no sabemos cuando podremos volver..
—Gracias niña.  Fregué todo y tiré  unas cáscaras de naranja y unas ramas de menta que colgaban de La Cocina.  Hay un par de bolsas  en el patio. Son para tirar. Me tomé la libertad de recoger las cosas del lavabo  y algunas cosas viejas que encontré sobre la mesilla de la máquina de coser, que me pareció que no valen. Si me hacéis el favor, las tiráis vosotras, que ahora han puesto unos contenedores nuevos abajo, en el cruce  con la general y me queda lejos.
—Tranquila mujer, muchas gracias por todo. Está todo impecable. No se que hubiéramos hecho sin su ayuda. Que vaya bien lo de la Canela. Ya la llamaremos cuando vayamos a venir otra vez, para el verano. Gracias.
—A vosotras. Andad con Dios—dijo mientras se metía los billetes por el escote de su jersey negro.

Balbina cerró la puerta y miró la casa en silencio. Ya no les quedaba nadie. Entonces se dió cuenta de que sus hermanas habían abierto uno de los fardos y tenían cogidas algunas prendas de ropa, estrechándolas contra su pecho. Y las olieron…
— ¡Maldito suavizante! gritó Lourdes con desconsuelo, mientras unas lágrimas resbalaban por sus mejillas.  No la huelo. No huelo a mamá—dijo sollozando.
—Todo está lavado—dijo Ana. Ya no hay remedio..

En silencio, las tres  fueron repartiendo la ropa en varias bolsas y se guardaron algunas piezas  de ganchillo hecho por ella, como recuerdo. Y el joyero.  Luego se acercaron a la parroquia para que  las aprovechara la gente mas necesitada.

Iban hacia el coche, cuando repararon en que no habían cogido las basuras.
Entraron a la casa las tres, para revisar que no hubieran olvidado algo mas, pues estaban tristes y despistadas. Cogieron las bolsas. Y súbitamente, un olor familiar les llegó. En el fondo de la bolsa había un manojo de cabellos enredados en un viejo cepillo. ¡Y la vieja botella de plástico  azul con la colonia que utilizaba su madre.


También rescataron tres  viejos pañuelos planchados y amarilleados por el transcurso del tiempo, con unas franjas de vainica, que olían a ella.  Las tres hermanas, olieron aquella agua de colonia. Una colonia casera, hecha por su madre, con la que solía refrescarse y de la que también solía verter algunas gotas en pañuelos y ropas de cama. Pusieron  cada una su pañuelo, en un tarro de cristal,  de los que guardaba para las conservas, para gozar de su recuerdo.

Aquella noche,  evocaron su presencia. Aquel olor les hizo soñar con el amoroso abrazo con que su madre solía recibirlas cuando iban a verla. Siempre tenía preparada una botellita de esencia de flores para cada una de ellas...




¡Hasta la próxima entrada!



miércoles, 18 de octubre de 2017

El valor de la escritura. #loscuentosdeflora

¡Bienvenidos de nuevo!





























Tras estos días aciagos de conflictos políticos, incendios, desgracias  y despropósitos, quiero abrir una ventana agradable y  ofreceros un respiro…

Hoy comparto con vosotros una de mis fuentes de inspiración. La música.
Ese halo invisible que nos llega al corazón.  Y también  al cerebro; a ese recóndito lugar,  donde  los sentimientos, el  pensamiento  y  el  ánimo son capaces de resurgir, con la fuerza que la música nos transmite:  — evocando emociones,  donde fracasaron las palabras—.   
Música y escritura, frecuentemente compañeras de un mismo origen que las posibilita: los árboles.



Un valioso ser de la naturaleza cuya madera  moldeamos a placer, para obtener los tesoros que esconden bajo la burda apariencia de su corteza, esa que protege la savia  y que nutre las hojas verdes de las que mana el oxígeno, fuente de vida para la humanidad. Solo por ello merecen nuestro respeto, nuestros cuidados y nuestra gratitud.    

La celebración del día de las escritoras, el pasado día dieciséis de octubre, se hizo a modo de  homenaje a las mujeres escritoras —algunas con seudónimos de hombre para no levantar sospechas—, pero también para el reconocimiento de las mujeres tenaces y  emprendedoras  que ha habido en la historia; también la reciente.  Esta celebración me hizo evocar un cuento que escribí hace algún tiempo y del que he querido compartir un fragmento que está contenido en  mi volumen de relatos EntreTRENimientos.  

Pero la inspiración de este relato, no fue la música. Está basado en las experiencias que mi abuela materna me había contado, pues era de las pocas afortunadas que sabía escribir y con una caligrafía muy bonita. También sabía componer rimas y poemas y le gustaba enseñarme a hacer pareados cuando  me quedaba en su casa a merendar pan con vino y azúcar o pan con chocolate.  Fue en aquellas tardes otoñales, mientras yo reseguia   con fruición las letras punteadas en los cuadernos de caligrafía, cuando me contaba que muchas de sus conocidas y parientes no sabían escribir. 
A pesar de mi corta edad, entendí que aquello que me decía mi abuela con cariño — mientras tutelaba  con su mano el lápiz que yo sujetaba entre los dedos— , era muy  importante. Un hecho que yo misma pude comprobar en los años siguientes al observar a  algunos familiares de mis amigas y compañeras de clase: algunas de sus madres no sabían leer ni escribir.  Eran mis amigas las que les leían las cartas de sus parientes y las que repasaban las cuentas de la compra. Y eran mis compañeras las que las acompañaban a sus madres cuando tenían que ir al centro de Barcelona, porque no sabían leer las paradas del metro  y que, sintiéndose inseguras temían perderse.   Era la década comprendida entre  mil novecientos sesenta y setenta. No hace tanto de eso. Y por ello quise refrendar algunos de estos hechos en mis escritos.                 



























A cal y canto.  (fragmento)

Ana descolgó los vestidos del armario de su madre y los olió. Olían a ella, más allá del aroma de las pastillas de jabón  que guardaba entre las sábanas y el fuerte tufo de la naftalina que desprendía el abrigo negro de astracán que asomaba por la puerta contigua del armario del dormitorio.
Alzó los brazos y suspendiendo las perchas en el aire, los miró pensativa — y bamboleó aquellos vestidos rameados en azul, y negro, o en colores grises y malva en su mayoría—, intentando recordar en que momentos de su vida los había llevado su madre. Luego seleccionó algunos que querían conservar. Puso algunos a la derecha sobre la cama, y otros a la izquierda, sobre la única butaca del dormitorio de su madre, en el que se respiraba un gran vacío, debido a su irremediable ausencia;  un silencio atronador que llenaba todos los rincones de la casa. Aunque por otra parte, le parecía que iba a aparecer de un momento a otro por la puerta de la cocina. Incluso le parecía escuchar  sus pasos y el renquear de su bastón por el pasillo.

Estas sensaciones tan encontradas entre sí, solo eran posibles por el impacto de una muerte reciente y ella lo sabía, ya que Ana conocía de cerca a la muerte. Y sabía que el tiempo se encargaría de fraguar la certeza y de aligerar el dolor de la ausencia con el paso de los días. Que no el olvido.
—¿Te ayudo? —le dijo su amiga Carmen.
—Enseguida acabo. Este montón es para la Hermana Concepción —que se va a la misión del Congo dentro de quince días—, pues me ha dicho que les falta de todo para las mujeres, abuelos y niños, y quiere llevarse todo lo que pueda.
—Vale, pues me lo llevo y se lo dejo en la parroquia y así vamos acabando.
—De acuerdo. Llévate también los zapatos y las mantas que están en el fardo, en el recibidor. Cuando llegue mi hermana que acabe de escoger, y lo que quede, ya lo llevaré yo misma a la parroquia.
—Hasta luego pues. Me voy corriendo que tengo que ponerle la comida a mi Enrique
—Adiós Carmen. Y gracias.
—No hay de qué.

Se oyó la llave en la puerta. Francisquita, su hermana pequeña, entró azorada por el largo pasillo, y dirigiéndose a ella, la abrazo con gran sentimiento, tras lo cual se retocó el moño mientras le decía:
—No he podido llegar antes.
—Ya me lo he supuesto. Anda siéntate y descansa, que vienes sofocada ¿Y la niña?
—La dejé con Gemma. La recogerá Luis cuando venga de trabajar. ¡Anda, te has cortado el pelo! ¡Qué guapa estás!
—Sí,  así voy más cómoda dijo Ana. Mira ven, todavía no he mirado en la otra puerta del armario, la del espejo. Te estaba esperando. ¿Te acuerdas cuando nos disfrazábamos y veníamos corriendo para mirarnos en él? Nos encantaba ponernos los zapatos de tacón de madre, y sus sombreros y chales. ¡Qué elegante que vestía cuando salía!
—Sí, cuando salía. ¡Pero salía tan poco! —dijo con pena Francisquita. Todavía me parece verla sentada en la butaca con sus libros, cartas y cuadernos. O andando renqueando con su bastón.
—Pues sí. Pero qué bien que nos lo pasábamos de pequeñas. ¿Te acuerdas? A veces, cuando entrábamos corriendo atolondradas de la calle, madre nos reñía.
—Es que, éramos como un terremoto…—dijo Francisquita.
—Pero luego nos hacía aquellos postres tan ricos y nos comía a besos y abrazos. Y nos planchaba y almidonaba los vestidos y faldas plisadas… ¿te acuerdas de aquel blanco con el Can Can, que llevábamos el día de Navidad para ir a casa de la yaya?
Y tanto. Mira que éramos presumidas — dijo Francisquita mientras se pasaba la mano por el talle, alisando las arrugas de su jersey.
¡Qué bien nos lo pasábamos con todos los primos! Lástima que duró poco. Las peleas de los mayores nos arruinaron aquella bonita época. Tú ya eras más grande, seguro que te acuerdas.
—Sí fue una lástima —dijo Ana pensativa. A madre le afectaron mucho las peleas entre sus hermanos, a pesar de que ella no mantuvo actitudes intransigentes ni se ponía a la greña con nadie.
—Tenía un talante pacífico y sabía mantener la serenidad.  A veces se iba a comprar o a pasear con alguna amiga. Solo tenía dos. Y se le murió una, la Antonia. ¿Te acuerdas?
—Sí. Entonces fue cuando se dedicó más a escribir y a bordar sábanas;  y a hacer vestidos por encargo, sentada ahí, con su lámpara de pie, junto aquel cesto que utilizaba como costurero y para las agujas y la lana —dijo, señalando hacia una vieja butaca de color rojo, desgastada por el uso.
—¡Ay, sí! recuerdo que ponía las telas sobre la mesa del comedor, y marcaba con la tiza las plantillas de los patrones…
— ¿Te acuerdas de aquellas pedrerías y filigranas que cosió en el vestido de gala de la mujer del alcalde? —mencionó Ana con nostalgia.
—¡Qué bonito era! Es que madre tenía unas manos…  Lo que sé, me lo enseñó ella —dijo Francisquita acariciando las puntillas del embozo de un juego de sábanas del armario—.
—Sí, lástima que padre no supo apreciar esas cualidades. Siempre estaba sola. Y él en la taberna. 
—Tengo recuerdos de padre, de cuando yo era muy pequeña,  de cuando me sentaba en sus piernas y me hacía saltar al borriquito. O me llevaba a pasear los domingos que no trabajaba, luego de misa. Era el día que se ponía aquel traje gris oscuro. Nunca le vi ninguna prenda de color. Qué tiempos aquellos ¿no? Todo en blanco y negro.
—Nunca lo recuerdo sonriendo— dijo Ana— . Siempre tenía un semblante serio. Me acuerdo de que a veces me acurrucaba con él en el sillón y luego me llevaba a la cama, y que siempre me hacía comer el puchero del plato, y lo peor es que me lo ponía a rebosar, pues me decía que me iba a quedar canija.
—Me da mucha pena pensar en ellos, no sé si fueron felices, con lo buenos que eran los dos. Cada cual a su manera. Madre fue una mujer diferente, más abierta a todo lo nuevo. Y padre muy tradicional y absoluto dijo con añoranza Francisquita.
—Lo que me costó a mí, por ser la mayor y la que abrió camino — llevar la falda, tan solo por la rodilla. No veas cómo se puso papá. Y cuando me corté la trenza, un disgusto. Y como era la mayor y la que reclamaba que quería vivir más como el resto del mundo, estaba más pendiente de lo que yo hacía — recordó Ana. A ti te consentía mas porque eras la pequeña. 
—Madre siempre en casa y a ocuparse de nosotras, de la cocina, la plancha y la limpieza; siempre arañando tiempo para poder hacer sus bordados y sus escritos. Pero madre nunca fue sumisa.
—Prudente sí. Sabía esperar el momento oportuno para conseguir lo que quería. No hablaba mucho, pero siempre nos sonreía. 
—Pero, ¿qué escribía madre? —preguntó a su hermana mayor. Yo era pequeña entonces.
—No lo sé. Sabes que a padre no le gustaba que escribiera ni leyera, —que eso no era para las mujeres, decía—. Y en cuanto él entraba en casa, ella se apresuraba a esconder su cuaderno bajo las lanas del costurero; para evitar…
—¡Qué barbaridad!
—Hasta eso tenía que ocultarle, para hacer lo que ella quería—dijo Ana.
—¿Es que le ocultaba algo más? — preguntó extrañada Francisquita.
—Sí, claro. 
—No me acuerdo casi de  nada. Yo era demasiado pequeña. Se ve que no me enteraba. ¿De qué me hablas Ana? Cuéntame.
—Cuando nos íbamos al colegio, algunos días iba a fregar, a coser y a cuidar a la mujer del alcalde, una mujer joven muy culta, que nos quería mucho, pues no podía tener hijos. Y muchas veces íbamos con madre a merendar allí.  Y aprovechaba para enseñarnos a escribir. ¿Te acuerdas?
—Ahh, sí que me acuerdo de aquella casa…— dijo Francisquita. ¡Me encantaba correr por el pasillo!
—Fue cuando Caridad se rompió la pierna y como apreciaba mucho a madre, le pidió que fuera a las horas que a ella le fuera bien a hacerle compañía, pues sabía que padre le habría puesto mala cara. — —De eso me acuerdo — dijo Francisquita
—Un día me dijo que el dinero que ganaba en casa del alcalde, lo escondería bajo la baldosa que está junto a la esquina del zócalo, debajo del armario. Vaya ocurrencias ¿No lo sabías?
—No. Ser la pequeña también tiene sus inconvenientes, ¿sabes? Y tú te fuiste tan pronto de casa…
—Mira, ahí está su joyero. Los pendientes de la yaya dijo que fueran para ti. Y para mí su anillo, pero no tengo inconveniente en cambiarlo si tu quieres, dijo poniéndoselo en el dedo.
—Me da igual, Ana, lo que quiero es algo suyo como recuerdo; y tu y yo no nos vamos a pelear como hicieron sus hermanos. Se lo prometimos. Ni madre ni nosotras somos como eran ellos.
—¿Y esta caja? ¿Qué es? —dijo Ana cogiendo una cajita metálica que en el pasado había contenido dulce de membrillo. Está sellada con lacre. Y pone para Ana y Francisquita.
—¿No es la caja de la yaya?
—Ahora que lo dices. Sí. Sí que lo es. Hace años que no la veía. Pensaba que madre la habría tirado. Ábrela, anda.

En su interior había tres libros. Dos eran iguales, con las tapas encuadernados en tela color granate y curiosamente estaban dedicados para cada una de ellas. Había otro más grande, con la portada verde que se titulaba El Talento de los Silentes.
—Anda. Yo tengo este libro en casa. ¿Lo has leído? A mí me gustó mucho. Nos lo regaló la mujer del alcalde —dijo Francisquita.
—Sí, ya me acuerdo. Yo también lo tengo. Recuerdo que nos dijo que lo conserváramos como un recuerdo. Lo encontré interesante. Es una historia muy entrañable de la época de la yaya. Lo tengo en la biblioteca. No recuerdo como se llama el autor. Mira, a ver...
—Antonio Puerta, pone aquí.
—Sí. Ese es —dijo Ana ¿Por qué lo guardaría madre en esta caja?
—Seguramente para que padre no se lo tirara.
—Pues no sé. A veces cuando se hacen mayores, cogen manías que no tienen explicación —dijo Ana con tristeza.

Entre las hojas de aquel libro, había una carta plegada, que se deslizó y cayó al suelo.
Era de su madre y estaba dirigida a las dos:

Queridas hijas,
A escondidas tuve que escribirlo, a escondidas tuve que guardar el dinero y también el reconocimiento que nunca pude disfrutar. Fue mi orgullo y mi condena, pues vuestro padre en un arrebato, un día que volvió de la taberna, rompió lo que había escrito,—pues enajenado por el alcohol, no sabía lo que hacía—. Pero no pudo borrar el sentimiento con el que lo escribí. Y volví a escribirlo en casa de Caridad, a la que siempre le estuve muy agradecida. Fuimos buenas amigas y siempre nos ayudamos la una a la otra.
Vuestro padre fue un buen hombre, pero demasiado impregnado de la rígida educación que recibió. Demasiado preocupado por el qué dirán y por las costumbres arcaicas heredadas. Además su alcoholismo, aunque moderado, le acabó de arruinar su vida. Nos quisimos mucho a nuestra manera — más a la suya que a la mía—, pero a vosotras os quisimos en cuerpo y alma. Los dos. 
Por vosotras trabajó muy duro en la mina. Esto no lo olvidéis. El destino se lo ha llevado antes que yo muera, quizás para proporcionarle el descanso que no tuvo en vida. Y también a mi me ha regalado un poco de  sosiego. Esta soledad forzada me ha permitido disfrutar de vosotras con más libertad un poco más de tiempo, apenas un suspiro cuando habéis venido a verme. Ésta época de soledad la he vivido con intensidad y incluso me ha permitido escribir un último libro. Esto ha sido como un regalo para mí. Pero la enfermedad me consume y el médico me ha dicho que este mal que me aqueja, solo durará unos pocos meses más. A Dios gracias. Estoy cansada de vivir así….  (…)




Mi recomendación literaria de hoy es: Mujeres en el mar, de David Cordingly

¡Hasta la próxima entrada!